Los candidatos interiores

Todos los años, cada patria se inventa candidatos interiores para el Nobel de Literatura. Antaño, el venezolano Blanco Fombona buscaba entre los escritores de su tribu firmas para que le otorgaran el Nobel. Consiguió que Cansinos Assens lo consignara en sus textos: “Ahí viene el pesado de Blanco Fombona a pedirme la firma para su Nobel”. En su momento, Manuel Scorza, novelista peruano, se nombraba candidato al Nobel todos los años. Lo publicaba en una agencia de noticias que había fundado ad hoc, sólo para ser candidato al Nobel. Como todos los años “perdía”, se encerraba a llorar en el Hotel Palace y amenazaba a algunos amigos con suicidarse. Peores casos se han visto: el poeta español (lagarto, lagarto…) que fue e recoger el Nobel de Aleixandre en su momento, con argucias y mentiras (todo el mundo sabe que tenía que haberlo recogido Carlos Bousoño), llegó a decirle a uno de sus amoríos pasajeros que tenía que sentirse la mujer más honrada del mundo porque su “amor” iba a ser el único escritor en la historia que iba a recoger dos premios Nobel, el de Aleixandre y el suyo. Su capacidad estaba sólo en la influencia que poseía sobre Arthur Lunkvist, Premio Lenin, que le dio el Nobel a Neruda, García Márquez y al propio Aleixandre, y se lo negó hasta su muerte a Borges y a Vargas Llosa. Sic transit gloria mundi. Hace años, me enredé en una polémica con Javier Marías, que escribió que Cela era nuestro inventado candidato interior. Le respondí con datos, y Cela ganó el Nobel al año siguiente. O sea, que no hay caso. Pero es verdad que nos inventamos candidatos interiores. Y hacemos, cada uno, una clasificación que no se acerca casi nunca a la verdad de la verdad y tampoco a la verdad de las mentiras, ni “vicervesa”, como diría Bryce Echenique. En España, todos los años surgen nombres de poetas longevos y de novelistas recios que están a punto de ganar el Nobel de Literatura. Nunca lo ganan. Ahora mismo corren nombres que, según mi información, ni siquiera figuran en la hipótesis lejana de los muchos nombres, cuanto menos en la llamada “short list”.
Por ejemplo, he visto a veces, años atrás, los nombres de Luis Goytisolo y Álvaro Pombo. Sigo oyendo el de Muñoz Molina y Javier Marías. A veces escuché el de Gamoneda. O Juan Goytisolo, que no está precisamente lejos. ¿Son candidatos interiores, o sólo un pensamiento desiderativo de la tribu crítica? Según mis lejanas informaciones, ser académico de la propia lengua ayuda a ganar el Nobel, lo que no quiere decir que por ser académico se acceda a la lista de posibles. Ayuda desde luego estar traducido a muchas lenguas y ser conocido, pero lo que realmente hace puntos es la traducción al sueco, al resto de las lenguas nórdicas, al francés (lengua literaria por antonomasia) y al inglés. Y, claro, tener padrinos. Según parece, los padrinos de la lengua y las literaturas españolas ya no viven: Cela tuvo al llamado Don Canuto, pero Vargas Llosa ganó sin ningún padrino conocido. De todos los nombres que se barajan en España para un hipotético Premio Nobel de Literatura sólo el de Javier Marías tiene acceso de legalidad. ¿Y César Aira? Carlos Fuentes le devolvió la broma de su novela del congreso en Mérida (donde Fuentes es clonado para bien de la literatura de lengua española) proclamando que el próximo Nobel de lengua española sería el novelista argentino. Pero otro, Ricardo Piglia, también está en la línea de los posibles candidatos del futuro. No hay muchos más. Además, en el Nobel el tiempo engaña: se pasa el momento de algún fulgor y se acabó el nombre del favorito. Fuese y no hubo nada. Parece que eso fue lo que le pasó al poeta de los dos Nobel de Literatura: que, de momento, se ha quedado en el Aleixandre. Lo suyo, aunque tiene que hacérselo mirar por un psiquiatra que a la vez sea otorrinolaringólogo, va para largo. Si es que va. El resto es silencio. Algunos escritores españoles parecen ajenos a la ambición del Nobel. Eso es bueno. Una vez le preguntaron a Álvaro Pombo por el Nobel y él contestó, afablemente: ¿¡Y a quién le interesa el Nobel!? A casi todos los escritores les trae sin cuidado: un pequeño pudor y reconocimiento del propio valor, a pesar del ego, los mantiene al margen de esta eternidad de periódicos y editoriales. Pero otros suspiran todos los días por tal galardón. Sueñan, se imaginan en la gloria de Estocolmo. Se ven ricos y famosos, como si fueran estrellas. Si ahora me preguntarán a mí quién es el candidato más colocado para este año, daría sin dudar un nombre: Bob Dylan. Es mi candidato interior.

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