Manías persecutorias

Mason Currey ha escrito un libro muy curioso. Se titula “Rituales cotidianos” y su texto nos descubre las “costumbres” diarias y necesarias de 160 artistas de todo género, incluidos -claro está- los escritores. Esas manías que Currey nos desvela en su libro las puede tener cualquier persona, no sólo los artistas: hasta un taxista y un ama de casa pueden tener manías con las que conviven apenas sin darse cuenta, como si fueran acompañantes necesarios de la existencia de todos los seres humanos. Currey, como es lógico, no recoge mi caso porque no soy un artistas de la eternidad ni alguien que figura en el máximo Parnaso artístico de la Humanidad. Pero soy un escritor con manías: la primera de ellas, huir a toda velocidad de esas mismas. Puedo escribir en cualquier parte, y de hecho donde mejor escribo es en la habitación de un hotel cualquiera de París, Tokio, Tegucigalpa (ahí con un poco más de cuidado), Barcelona o Nueva York. El silencio y la asepsia de una habitación de hotel sin leyenda es lo que más me gusta para sentarme a escribir, que es además lo que más me gusta en el mundo, más que el chocolate, las drogas y el sexo (aunque esto último me ha abandonado definitivamente desde hace años para mi felicidad total). García Márquez se hizo la leyenda de la disciplina al escribir. Y es verdad que, en las largas temporadas en las que estaba escribiendo una novela o un cuento, no bebía nada de alcohol. Su disciplina diaria se volvía marcial. Pero en las temporadas de sequía literaria se bañaba por dentro y por fuera con ron de caña, aunque no fuera de su propia tierra. Dicen que todas las mañanas, cuando entraba a su estudio para escribir, debía encontrar una rosa amarilla fresca para poder escribir, pero tal vez eso forma parte de la leyenda que se fabrican escritores y artistas para pasar a la conversación diaria de la gente. He conocido, por el contrario, a escritores en los que el alcohol ha funcionado como un acicate para su creación literaria. Y cuando no bebían, se mostraban mustios, tristes y estériles. Yo, sin embargo, no puedo escribir si me he tomado el más mínimo trago, y por eso ahora, en la práctica y salvo una botella de vino bueno en las comidas (y algún trago de Abuelo panameño de vez en cuando), no bebo nada: porque escribo todo el tiempo. Como no quiero más que divertirme en lo que me resta de vida, y lo que más me divierte es escribir, eso es lo que hado mañana, tarde y noche, en cualquier rincón del día o cuando ya las luces de la ciudad han dado el día por muerto y el músculo de cualquiera descansa dormido hasta mañana.
El recién fallecido poeta Leopoldo María Panero vivió los últimos treinta años de su vida en un manicomio. Yo, que lo conocí bastante y lo leí mucho más, creo que nunca estuvo loco. Se había “metido” de todo desde que era un niño, pero antes de drogarse ya era como fue toda la vida: alguien que escribía todo el tiempo sabiéndose maldito para el resto del mundo y tal vez feliz de serlo. Una vez, en Canarias, donde vivió los últimos años de su vida en un frenopático, me lo encontré tendido en la cubierta de un barco varado en el muelle deportivo de la ciudad en la que nací. Estuve observándolo durante más de una hora sin que él se diera cuenta. Hablaba solo, o eso creí yo que hacía el poeta loco, hasta que una hora más tarde se levantó, sacó un papel de su bolsillo y un bolígrafo y escribió como un poseso todo lo que había pensado en esa hora tendido al sol en un barco africano que ya no servía para navegar. Entonces me hice ver y le pregunté que hacía allí, así, medio desnudo. “Yo escribo así, son mis manías”, me dijo con aquella boca casi sin dientes porque se lo habían tirado a golpes de mano todos los años de su vida, en pendencias y borracheras inacabables. “Rubio” (así me llamaba siempre), “préstame cien euros”, me pedía. Tenía esa manía persecutoria que desgraciadamente “tiene” mucha gente en el mundo: jamás tenía dinero. Y pedía. Y yo le daba, no cien, pero casi siempre cincuenta.
Un día le pregunté por el director de su manicomio, un psiquiatra de mucho renombre que había sido compañero mío en los jesuitas, cuando éramos tan jóvenes como indocumentados. “¿Inglott? ¡El horror, el horror!”, me dijo citando a Conrad en “El corazón de las tinieblas”. Tenía tantas referencias literarias que hablaba como lo que era: un poeta con locura lúcida, capaz de escribir los versos más horribles cualquier noche y a la noche siguiente, y como contrapartida, escribir los mejores de su vida. Creo que esa es la manía esencial de los escritores, la manía máxima de cualquiera que se sienta escritor de verdad: escribir cada vez mejor, aunque a veces consigamos lo contrario, casi siempre sin darnos cuenta.Sucede que el escritor, el artista en general, no tiene perspectiva de lo que hace. Se exige a sí mismo lo mejor, pero su ego es tan grande que no le permite ver los errores que comete (que cometemos), aunque los tengamos delante de los ojos. Esa es la mejor y la peor de la manía de los creadores: el propio ego, nuestra gran vanidad persecutoria.

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