República del Este

En los años 7o, con los restos de El Techo de la Ballena, algunos borrachos, escritores e intelectuales venezolanos decidieron crear la República del Este, precisamente al Este de Caracas, por oposición geográfica al palacio presidencial de Miraflores. El poeta Caupolicán Ovalles fue nombrado “Padre de la Patria”. Por muy asombroso que parezca, Caupolicán tenía un hermano por nombre Lautaro, y ejercía de gran presidente de la República del Este indistintamente en tres bares de primera categoría, que formaban el llamado Triángulo de las Bermudas: El Vecchio Moulino, el Franco´s y el Camilo´s. Le llamaban el Triángulo de las Bermudas porque una vez dentro de un bar sólo se podía girar sobre los otros dos vértices. Al final del día, siempre brillante y lleno de caña en la garganta, dábamos una vuelta por la Librería Suma y nos íbamos al Juan Sebastián Bar a seguir hablando de política y literatura. Era una troupe asombrosa: Salvador Garmendia y su mujer, “La Negra”, Mary Carrillo, Adriano González León, que lloraba recitando poesía, David Alizo, experto en mitologías clásicas y en gamberros de barrio, el pintor Carlos Altamirano, el gran cuentista Pancho Maciani. el profesor Manuel Alfredo Rodríguez, un gigantón de Ciudad Bolívar cuya voz telúrica rebotaba con eco en las mismas paredes de toda la República del Este… De vez en cuando llegaba el poeta García Morales, presidente del Conac (a quien Ángel Rama llama en sus Diario “el jefe de los borrachitos del Conac”), el embajador José Vicente Gervasi, el historiador Guillermo Morón, mi amigo del alma, el poeta Luis Pastori, Jaime Lusinchi, un médico sinvergüenza que llegó a presidente de Venezuela en lance electoral con Luis Piñerúa Ordaz, Piñita. Lusinchi, adeco (AD), se robó el país y escapó a Miami. La gente pedía su regreso a la prisión de El Junquito, pero él se quedó en su estruendosa casa de Miami y la bautizó sarcásticamente con el mismo nombre que el de la prisión en que pedían meterlo: El Junquito. Llegaba a veces El Puma, José Luis Rodríguez, cargado de mujeres espléndidas. Y llegaba un loco genial, Vinicio Romero, que luego se presentaría a presidente de la República con un éxito histórico: siete mil votos. Un mes antes de las elecciones, me dijo que iba subiendo y que sería presidente venezolano en treinta días. Un mes después de las elecciones, me dijo que no se podía quejar: que lo que yo tenía que hacer es ponerle muchos ceros a esos siete mil; que habían sido siete millones de votos, pero que le habían hecho trampa. Escribió un libro sobre Páez y una novela titulada “El rey zamuro”, era maracucho y hablaba como tal. Cantaba gaitas todo el tiempo. A mí se me pegó una que parece el título de una novela: “El Zulia por las noches relampaguea”. ¡Ah, la Venezuela saudí! Todos los escritores tenía una chamba pegada a la literatura institucional, y yo me hice amigo de una cónsul (o consulesa) de un país latinoamericano. En una de esas juergas saudíes me la había presentado uno de los dos Amables que había conocido en Caracas: Amable Spina. Como ven su nombre era un oximoron inescrutable. El otro fue Amable Rosales, que me decía una y otra vez que estaba escribiendo un ensayo para demostrar que, a partir del alimento nacional, la arepa, era imposible que en Venezuela pudiera florecer ninguna cultura interesante. “Con arepas, no hay cultura que valga, J.J.”. A veces aparecía por el Triángulo de las Bermudas Miguel Otero, dueño y director del diario El Nacional, loco porque alguien diera parte para que su nombre estuviera para siempre en la Enciclopedia Soviética. La República del Este tenía, además, una revista semanal, que era la voz de su disparatada expresión alcohólica, una revista que financiaba un tipo, cuyo nombre no recuerdo, que se había hecho rico montando tanatorios en todo el territorio venezolano. Denzil Romero, el novelista vestido de Francisco de Miranda, llegaba contando las hazañas del Generalísimo sobre el que estaba escribiendo una pentalogía, nada menos que cinco novelas, que se quedaron a medias porque el alcohol y la mala suerte se lo llevaron por delante. A mi consulesa, que vestía siempre con largos vestidos estampados de flores, la hice embajadora de todos los mulatos (ella lo era) y, en compensación, ella me prometió casarse pronto conmigo, asunto que me llenaba de terror en las amanecidas alcohólicas del Tamanaco, cuando me acercaba a la boite de ese gran hotel para escuchar los boleros de Olga Guillot y para ver bailar como una negra a una blanca puertorriqueña sin parangón, Iris Chacón, La Terremoto del Caribe, personaje central de “La guaracha del Macho Camacho”, la novela de Luis Rafael Sánchez.
Años de recuerdos venezolanos: un libro entero y secreto, tal vez para más adelante…

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