La muerte en Cancún

“Gabriela, llévame al hospital, que tengo un frío muy raro en la garganta”. Parece el principio de una novela, y podría serlo en el futuro porque el personaje la merece, pero fueron las últimas palabras pronunciadas por Paco de Lucía, el mejor guitarrista del mundo. Nos conocimos cuando teníamos apenas veinticinco años. Yo era un escritor en ciernes que quería ser escritor de verdad y el era un joven guitarrista de flamenco, el mismo del que me había hablado mi maestro y amigo José Manuel Caballero Bonald, gran poeta, gran escritor, muy conocedor del flamenco. “Para ea un genio del flamenco”, me dijo cuando iba yo a conocerlo, en la Venta de Don Jaime, en pleno centro de Madrid, en el bulevar de Alberto Aguilera, muy cerca de la calle Princesa. Nos hicimos amigos desde el principio, entre risas y aplausos: yo aplaudía agradecido las maravillas que Paco de Lucía, que parecía todavía un niño de pelo muy largo, nos tocaba y él se reía. Después, en los años siguientes, nos vimos varias veces en la Venta de Don Jaime, y en la Venta de Vargas, en San Fernando, Cádiz, donde tocaba algunas veces y cantaba con su amigo Camarón de la Isla. Finalmente lo seguí durante un tiempo por España, en los conciertos, en los que iba creciendo como artista descomunal y asombrando a la gente, que llegó a pensar que Paco tocaba a la misma vez con dos guitarras y que en cada mano de las suyas había seis dedos. Tal era su maestría tocando flamenco. Tan genial era que introdujo sin mayor problema la esencia misma del flamenco en el jazz, y cuando a Keith Richards le llamaron una vez genio, el propio guitarrista contestó: “Me llamáis genio y no tenéis ni idea. Corred a ver tocar la guitarra a Paco de Lucía”. Verlos tocar a los dos juntos en un concierto, improvisando cada una de las notas y sin desentonar ni una era algo de dioses, y para nosotros un privilegio al que sólo llegaban muy pocos mortales.
De jóvenes, nos íbamos de juerga hasta la amanecida. Yo bebía sin parar y Paco fumaba un cigarro detrás de otro. Era tan vital y le gustaba tanto la vida que yo no podía imaginar entonces ni ahora mismo que la guadaña de la muerte lo estuviera acechando en una plaza de Cancún, un lugar fantástico que había escogido para retirarse del mundo mientras descansaba y, al mismo tiempo, afinaba la guitarra en nuevas interpretaciones. Una vez coincidimos en el mismo avión y nos dimos un abrazo grande, lleno de afecto y recuerdos. A los quince minutos de vuelo -estábamos sentados el uno al lado del otro- nos miramos y comenzamos a reírnos a carcajadas y sin poder pararnos. Habíamos estado pensando, cada uno por su lado, cada uno en su mente, en una de aquellas juergas legendarias en las que, en plena juventud, nos habíamos hecho amigos. Yo, antes, me perdí en los recuerdos de El Bosque, un inmenso restaurante de Madrid, donde alguna vez nos reunimos con el gran Juan Carlos Onetti y los poetas Luis Rosales y Félix Grande, este último gran amigo de Paco de Lucía y gran experto en flamenco. Allí, en medio de la amistad, el de Lucía se lucía como nunca tocando su guitarra entre amigos Ahí le escuché yo por primera vez notas de lo que luego sería “Entre dos aguas”, una melodía flamenca que está entre las primeras canciones del mundo en el siglo XX. Íbamos, pues, en el avión y nos acordamos, decía, de la misma juerga, en Canarias, rodeados de mujeres bellas un grupo de amigos y Paco de Lucía tocando la guitarra. Jamón de Jabugo, licores, cervezas, amistad, vida, flamenco, guitarra, y un genio absoluto demostrando con sus manos que el hombre es capaz de hacer las maravillas más grandes del universo si realmente se lo propone.
Jugaba al fútbol con su hijo, en una playa de Cancún. Tenía 66 años y aparentaba una salud de hierro. El tabaco, el buceo y las carreras del fútbol lo mataron en un par de segundos, sin ninguna compasión. Yo sufrí una pena enorme, un vacío, cuando me enteré de la noticia. No quise escribir ninguna necrológica: detesto ese subgénero periodístico por menor y necrófilo. He dejado que hayan pasado unos días interminables para escribir estas notas desde París, donde estoy en estos momentos. Lo hago como un remedo de “Entre dos aguas”, y con el recuerdo de Paco de Lucía joven y saco tocando la guitarra mientras Camarón de la Isla cantaba y doña María, la de la Venta de Vargas, tocaba las palmas. Me parece atroz la frase repetida de que se van antes los mejores. Pero en este caso cruel no tengo dudas de que es una verdad absoluta.

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