“Cabeza de chorlito” en el Mar Negro

Escribo de nuevo desde París. He paseado estos días por las calles y los cafés que frecuentaba Jorge Semprún. Estoy en su mismo barrio, en la Plaza del Odeón, cerca de la Rue Université, donde él vivía. He hojeado ya el libro “La aventura comunista de Jorge Semprún”, de Felipe Nieto, y recuerdo aquel viaje que hicimos juntos hasta Neptun, en la orilla del Mar Negro, el lugar donde los jerifaltes comunistas tenían sus dachas de descanso. Curioso: a Jorge y a mí nos dieron una de esas dachas enormes; la de la izquierda, mirando al mar, era la suya, y desde sus ventanas se veían las dachas que un día habían ocupado Pasionaria, que lo llamaba “Cabeza de chorlito”, Santiago Carrillo o Rafael Alberti; a mí me dieron la parte derecha de la dacha, desde cuyas ventanas podía ver el cercano y siniestro palacio de verano de Ceaucescu. Por las noches, después de cenar, Semprún y yo nos íbamos al salón destartalado de su dacha y nos sentábamos a hablar hasta la madrugada. De Felipe González, de Alfonso Guerra (que era uno de sus “monstruos preferidos”), de España, de Francia; a veces interrumpía su charla y me pedía el móvil. Llamaba a París a Colette, se tranquilizaba y volvía a la batalla de las palabras. De Manuel Azcátare se reía a carcajadas; aquel era un tiempo en que, por razones coyunturales, se había distanciado de Enrique Múgica y el ex-ministro de Justicia felipista también alcanzó lo suyo. Hablamos de Pepe Esteban, a quien Semprún le había ordenado que metiera a Eva Forest y a Alfonso Sastre en el PCE. Hubo que pagar 500.000 pesetas de la época, las deudas de la pareja con una tienda de delicatessen, para que ingresaran a la “familia comunista”, como le gustaba decir a Jorge Semprún.
Una de aquellas noches gloriosas me contó que, en una ocasión, Pasionaria lo llamó a París y le ordenó que tomara un tren hasta Moscú. Cuando Semprún llegó a Moscú, Pasionaria estaba a punto de salir para el balneario del Mar Negro y le dijo a Jorge que viniera con ella en el tren. París-Moscú-Neptun, de un golpe. En todo el trayecto de Moscú a aquel rincón de Rumanía, Semprún no dejó de hablarle a Pasionaria: un informe completo del PCE en España, y en el resto del mundo, para que no quedaran dudas. Por fin, tras muchas horas de trabajo y de viaje, llegaron al balneario del Mar Negro, a la ciudad de Constanza, donde Augusto desterró hasta la muerte a Ovidio, que escribió allí sus “Tristes y Pónticas”. Pasionaria tomó un coche que la estaba esperando y Jorge Semprún, que tenía verdaderos sentimientos filiales por ella, subió también al coche que los condujo hasta la dacha de Pasionaria en Neptun. Entonces, Ibarruri le dijo a Semprún que no se bajara del coche, que volviera a tomar el tren de Constanza a Moscú y regresara a París desde allí. ¡Todo por el Partido, nada sin el Partido! Semprún se desesperaba contándome el episodio y el enorme cansancio que sintió en la última parte del viaje, llegando a París. Otro de esos días, Jorge se empeñó en ir a ver el Danubio. Le dije que yo no iba de excursión con tanta gente: toda la expedición de escritores que estábamos en el congreso aquel. Me tocaron en la puerta de mi dacha a las seis de la mañana, insistentemente. Ni me moví: como si no estuviera allí dentro. A las diez de la mañana, cuanto todos se habían ido al Danubio, desayuné, compré una caja entera de cerveza llena de hielo, cogí de mis cosas una caja de Cohíba Lanceros y bajé una hamaca desde mi dacha a la orilla del Mar Negro. Allí, metido en el agua, sentado en la hamaca, bajo aquel sol de justicia y un mar sin olas, pasé la mañana y parte de la tarde cantando como una cigarra, sin dejar de fumar y beber cerveza. ¿Qué hubiera dicho Pasionaria? ¡Cabeza de chorlito! Ese fue el apelativo que le dio Pasionaria a Jorge Semprún cuando llegó el momento de la ruptura con el PCE, en la primera parte de los años 60. Semprún recoge el asunto en la “Autobiografía de Federico Sánchez”. Carrillo decía que Semprún era un traidor. Semprún decía que Carrillo era un criminal. Se decían de todo. Esa mañana de sol y playa en el Mar Negro yo recordaba todo eso y más, mis primeras cercanías al PCE en la Universidad Complutense (año 1968 exactamente), como lo recuerdo ahora, caminando por las calles de París que eran las preferidas de Jorge Semprún, alias “Cabeza de chorlito”.

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