Tras el esplendor en la yerba

Los agoreros que pronosticamos, de una u otra manera, que la fiesta colectiva de los 90 y los primeros años del siglo XXI era excesiva, duraba demasiado y ya se estaba acabando, teníamos varias razones para hacerlo. Primero, una cierta sospecha de que todo el mundo andaba en el baile disfrutando de la fiesta sin tener en cuenta que la cuenta, precisamente, hay que pagarla al final del goce. Segundo, porque, mientras tanto, en los barrios financieros se frotaban las manos: durante la diversión colectiva, que empezaba un lunes y acababa al lunes siguiente para volver a empezar sin descansar, algunos estaban aprovechando los resquicios del sistema financiero para quedarse con la mejor parte del tesoro que la fiesta producía sin parar: proliferaron los ladrones. Nadie haca nada por evitarlo o, lo que es lo mismo, todo el mundo hacía lo que le daba la gana. Mientras tanto, la fiesta generalizada continuaba sin vigilancia ninguna. Nos gastábamos lo que no teníamos en el presente, lo que nunca tuvimos en el pasado y lo que no tendríamos en el futuro. Nos gastamos el mundo. Y Cuando alguien llamaba la atención del despilfarro, le caía encima una pedrada de los que más se divertían con el esplendor en la yerba. Ese título de una película extraordinaria es un verso que describe románticamente y menos cómo de la riqueza y de la juventud se puede pasar a la ruina y a la vejez con la dureza que el tiempo provoca más temprano que tarde.
Ahora, el mundo se observa a sí mismo perplejo, cansado, sin mucha fe en lo que está pasando, pero sin aquel esplendor de la fiesta en la yerba cuando todos fuimos jóvenes, felices e indocumentados. El resultado de aquella fiesta interminable es una ruina en la que van quedando, día tras, día, cadáveres en el campo de batalla, los restos dl naufragio de un sistema que nos han robado quienes debían haber velado por él mientras la mayoría celebraba su propia fiesta interminable.

Ahora hay que pagar lo que se debe, el recuerdo romántico de aquel esplendor se vuelve deuda, esfuerzo, sangre, sudor y lágrimas. La crisis no sólo no afloja, sino que nos atenaza hasta casi dejarnos sin apenas aire que respirar. Todos los días la noticia es un revuelo, un sobresalto, una desesperanza. ¿Qué hacer, hacia dónde dirigirse en esta guerra sin cuartel, dónde está el enemigo?
La fiesta queda en la memoria como una temporada de ángeles en la que hicimos tanto por divertirnos que no hicimos nada por nosotros mismos; perdimos los sentidos en la incivilizada desplacer exagerado, de la avaricia, del lujo innecesario: ahora somos mucho más pobres de lo que podemos imaginarnos, además de la miseria moral a la que nos está sometiendo este tiempo tan raro sin esplendor y sin yerba que llevarnos a los labios. Y mientras dejamos pasar el tiempo, también pasa la vida, como si no fuera con nosotros: hoy por ti y mañana por mí. Pero nadie parece darse cuenta de que esta dedada larga e interminable, como aquella fiesta de antes, tenemos que pagarla todos y cada uno de nosotros. Todos, menos lo que estaban robando mientras en el Titanic se bailaba sin parar, desenfrenadamente.

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Una respuesta a Tras el esplendor en la yerba

  1. Ahora hay que pagar lo que se debe, el recuerdo romántico de aquel esplendor se vuelve deuda, esfuerzo, sangre, sudor y lágrimas. La crisis no sólo no afloja, sino que nos atenaza hasta casi dejarnos sin apenas aire que respirar. Todos los días la noticia es un revuelo, un sobresalto, una desesperanza. ¿Qué hacer, hacia dónde dirigirse en esta guerra sin cuartel, dónde está el enemigo?

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