Los viejos tiempos buenos

Aunque no los veo ya casi nunca, recuerdo mucho a los Martín Prieto. Las fiestas en su casa de la calle de Niño Jesús, barrio de Retiro, Madrid, eran inenarrables. Acababan a altas horas de de la madrugada después de que el dueño de casa enviara a varios taxis a buscar para sus invitados la primera edición de los periódicos de Madrid del día que habíamos iniciado en la fiesta. Una vez vi en la cocina de la casa a Jerónimo Saavedra, ministro de un gobierno felipismo, intrigando durante horas con Luis María Anson, mientras devoraban, con orden y concierto vaticanistas, una gran bandeja de salmón ahumado recién llegado de Canadá. Otra vez, cuando entró Luis Yáñez a una de las fiestas, un camarero resbaló al instante y se cayó al suelo con el estrépito de la bandeja de plata que rodó por todo el salón regando de suculentas delicatessen el suelo de madera de la casa. Una noche de esas fiestas, que lo era en homenaje a los Vargas Llosa, los Martín Prieto habían contratado a Carlos Acuña, un cantante de tantos que imitaba a Carlos Gardel, un tipo que tenía mil años y se teñía el pelo de color rubio ridículo. Él sabía que la fiesta era para los Vargas Llosa y entró en la casa cantando “Volver”. Todos le aplaudimos al final de la pieza. Entonces, el triunfador preguntó quién era Vargas Llosa. Yo, que estaba sentado en un sofá junto a José Oneto, le dije: “Aquí lo tiene”, y le señalé al periodista gaditano. Recordaba que Acuña había sido novio de Pilar Franco, la hermana díscola del dictador, y habían entrado una noche los dos juntos en un cabaré del barrio de Guanarteme de Las Palmas de Gran Canaria, donde estábamos celebrando en la barra nuestra amistad el poeta Ángel González, Caballero Bonald y yo. Cuando la pareja entró en el cabaré bajando por una escalera como si lo hicieran por una alfombra roja, Ángel González aplaudió repetidas veces mientras gritaba al paso de los novios: “¡Viva España, arriba Franco!”. Yo me acordé de aquella fiesta en Guanarteme durante la fiesta de los Martín Prieto, mientras Oneto se había pasar por Mario Vargas y el tanguista le hablaba de las veces que había visitado triunfalmente el Perú. Los Vargas Llosa llegaron a la fiesta un poco más tarde y, entonces, José Oneto los presentó a Acuña como “los Oneto, unos amigos”. El entuerto siguió hasta el final ante el regocijo de todo el personal invitado. En otra fiesta, ésta para el que había sido presidente argentino Raúl Alfonsín, mientras el político radical iba explicando las razones de su vida y los golpes de Estado sucesivos que le habían montado los militares y los sindicatos peronistas durante su mandato presidencial, Álvaro Vargas Llosa interrumpió tres veces su discurso. Alfonsín, visiblemente irritado, miró al periodista y le dijo: “Debería usted, joven, seguir el ejemplo de su señor padre y ser un hombre muy bien educado”. Ante esa propuesta, Álvaro, insaciable, no dejó de atacar retóricamente al argentino hasta que la tensión se diluyó en medio de la fiesta. Eran los tiempos en los que el socialismo lo era casi todo en España y los felipistas se creyeron que el país era de ellos para siempre. Otra noche, el propio Leguina ilustró uno de los mejores cuadros que muchos recordamos de aquellas fiestas de Cristina y José Luis Martín Prieto. Casi de rodillas, adorándola, Leguina le ponía en la boca a Charo López, bellísima, cucharaditas de caviar iraní que salían de una ensaladera inmensa llena de las exquisitas huevas del esturión persa. Una maravilla. De esa fiesta surgió el rumor de un idilio del que no supimos sino chismes sin constatar, después de que nuestra Ava Gardner española, de la que todos estuvimos enamorados alguna vez en nuestras vidas, se marchara como la Cenicienta, pero sin perder ningún zapato, a las doce en punto de la noche porque tenía que “grabar desde las seis de la mañana” del mismo día en cuya madrugada nosotros seguíamos festejando la gloria de la vida y la amistad. Hay muchas anécdotas de estas fiestas, y las recojo todas en la parte de mis memorias escritas que tienen que ver con aquellos tiempos buenos y viejos en los que fuimos tan felices luchando a brazo partido contra “la corrupción socialista”. ¡Ojos que te vieron ir por esas mares adentro, cuando quiero nadar no puedo y a veces nado sin querer! Aquellas fiestas de antaño fueron inolvidables. Recuerdo que en todas ellas el dueño de la casa, en un determinado momento salía del salón y se iba a un patio a fumar interminablemente. Si alguien le preguntaba qué había allí contestaba: “Vigilo el paisaje de la M-30”.

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