La egoficción

Decir ego y decir escritor es lo mismo. Los escritores y nuestro ego son casi la misma cosa, incluso en aquellos que disimulan su vanidad llamando humildad a su falsa timidez. Tengo para mí que los escritores más abominables son aquellos que no reparan en gastos. Son capaces de escribir lo que algunos llaman autoficción pasándose cuarenta pueblos. Como si fueran legendarios gatos con botas de siete leguas. No sólo hablan de sí mismos, lo que no parece mal si tienen algo serio que decir, sino de sus vidas secretas. De secretos que deben guardar por respeto a aquellas mujeres que los han acompañado, pública o clandestinamente, en sus amores y amoríos. Muchos escritores escribimos con la memoria y recordamos amoríos o amores cambiándoles nombres, profesión y ciertas circunstancias visibles y conocidas a hombres o mujeres que forman parte de nuestras vidas secretas. Otros, no. Otros aprovechan cualquier oportunidad para reclamar la atención machista sobre sus hazañas eróticas señalando verbalmente a aquellos o aquellas amantes que han formado parte de lo que, sin ningún pudor, llaman “mi colección”. Conocí un día a un escritor de best-seller, de cuyo nombre no quiero ni acordarme,que no dudaba en poner encima de la mesa, en cualquier reunión, cena o almuerzo, sus batallas amorosas con actrices, mujeres conocidas y, siempre, bellas. Una noche de premios se lo otorgaron a uno de sus enemigos predilectos. El tipo se ensañó en primer lugar con el ganador del galardón y, después y doblando la esquina, ante el asombro de los y las comensales, desgranó historias secretas con señoras conocidas con un desparpajo digno de Espartaco Santoni. Las señoras estaban incómodas, pero el editor del premio, que presidía la mesa principal de la fiesta, contenía su inmensa indignación con una mirada fija hacia el escritor, una de las estrellas de su editorial. Ese editor, al final de la recepción, llamó aparte al fantasmón ególatra y le dijo taxativamente: “Quiero que sepas que mientras yo sea el jefe en esta editorial, tú no vas a publicar un libro tuyo más en esta casa. Por maleducado. Y por fantoche”. Hasta el momento presente aquel escritor que había vendido tantos millones de ejemplares no ha vuelto a publicar en la editorial, Plaza y Janés. Este cultivador irrefrenable de la egoficción verbal ha venido poco a poco a menos, hasta desaparecer de las olimpiadas y las listas de los libros más vendidos. También hace rato que conocí a un mindundi egoficcional al que le encantaba escribir sobre sí mismo, su epopeya de haber sido pobre y ya no serlo, mientras nombraba con su nombre propio y sus características públicas y privadas a muchas de las mujeres que había tenido en alguna ocasión o durante una temporada en su cama. Repito, escribía con pelos (sí, sí, están leyendo bien), con plumas y con todo género de elementos descriptivos de sus amores o amoríos, que lo fueron en su mayoría por la privilegiada situación que vivió unos años el escritor de egoficción al que me refiero.
No engaño si les recuerdo que yo mismo, en más de una ocasión, he escrito sobre algunos buenos recuerdos de mujeres amadas que aparecen en mis novelas y artículos literarios con nombres de ficción, con otra nacionalidad distinta a la que en realidad poseen, y desde luego con otras características físicas y profesionales que nada tienen que ver con las que en la realidad tienen y ejercen esas inteligentes y bellas mujeres, que son lo mejor de mis recuerdos. Pero ni siquiera en la escritura de mis memorias se me ha pasado por la cabeza citar expresamente amores pasados o presentes que permanecen en el secreto total o que conocen muy pocos e íntimos amigos y amigas. Lo que me sorprende con los caraduras y fanáticos de la egoficción como los que aquí relato es que no haya más editores como aquel de Plaza y Janés de hace unos años que echen del paraíso editorial a quienes, sin dignidad alguna, se rasgan las vestiduras cuando se les crítica su actitud y su escritura con cierta benevolencia. Merecen, sin duda, el silencio pero no el olvido. He leído unos capítulos del libro de David Reiff, titulado “Contra la memoria”, y lo escuché en Cartagena de Indias decir en público que prefiere La Paz a la justicia (bastante gente le aplaudió está afirmación. Bueno, me pregunto, ¿es de verdad la paz una paz sin justicia?
Claro que no. Una cosa es ceder para llegar a acuerdos y otro olvidarnos del todo de las víctimas y de la injusticia que significa imponer el olvido. Por eso sugiero ejercicios gimnásticos cotidianos con la memoria, ese músculo por el cual sabemos todo lo que sabemos, desde nuestras vidas secretas hasta cómo nos llamamos.

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