Escritor de crónicas

Escribir crónicas no es nada fácil. Salvador Garmendia, el escritor venezolano que se pasó a la escritura de las telenovelas, tenía en la boca una boutade peligrosa: “Escribir bien es fácil, lo difícil es escribir mal”, decía. Lo que es fácil, cuando se tienen unos ciertos conocimientos de gramática y un poco de oficio de tinieblas, es redactar, que es lo que hacen muchos escritores de postín. Pero escribir, lo que se dice escribir, es muy difícil aunque el tiempo del oficio vaya paliando poco a poco los errores que cometemos. Uno de esos escritores fantásticos, que escribe unas crónicas fascinantes, se llama Alberto Salcedo Ramos. Lo conocí en Valencia, Venezuela, una mañana desayunando en el hotel en que nos alojábamos. Lo oí hablar cuando sólo había leído del hombre unas cuantas crónicas en El Malpensante o en Gatopardo, revistas literarias y periodísticas en cuya lectura me regocijo con frecuencia. Entonces le pregunté a Salcedo Ramos cuánto tiempo tardaba en escribir una de sus crónicas. Regularmente, una semana, me contestó. Sucede que la perfección fantástica de su escritura es puro periodismo, o periodismo puro, fotográfico, pegado al campo, a ras del mismo suelo, de modo que no es raro que cause furor en sus lectores y, sobre todo, lectoras. Ante mi asombro y envidia, al final de aquel desayuno valenciano, llegaban a verlo y a hablar con él muchachas caraqueñas. Llegaban por pares, cuando no en grupo, y Salcedo Ramos las reconocía a cada una por su nombre y apellido. ¡Tremendo tipo! Después leí el libro sobre Kid Pambelé, “El oro y la oscuridad”, propio de Talese, sin duda, y “La eterna parranda”, que toma el título de una de sus mejores crónicas publicadas hasta el momento: “La eterna parranda de Diomedes Díaz”, un legendario cantante de vallenatos colombianos que, según su mitología biográfica, regó de hijos todo el país, huyó casi siempre de la Justicia, aparecía cuando menos se lo esperaba para ser aplaudido por la gente en una fiesta de canción interminable y era capaz de interesar con toda la pasión a más población en un concierto que todos los políticos colombianos juntos en un mitin.
Alberto Salcedo Ramos escribió esta crónica de la vida de nómada selvático de Diomedes Díaz, además de otras maravillas literarias, con un cuidado extraordinario, escogiendo la palabra flaubertiana, la palabra exacta, como si fuera un genio de la literatura. ¿Lo es? Los integrantes de “La Cueva”, sabían que García Márquez era un genio antes de que fuera conocido lejos de Colombia. Lo sabían porque lo leían, lo oían en las tertulias comunes y conocían sus instintos de escritor fuera de serie. Tengo que decir que leer a Alberto Salcedo Ramos me hace festejar y aplaudir no sólo su escritura periodística, exquisita y bien tramada, sino la elección literaria de los asuntos a tratar y a escribir, y finalmente el mecanismo exacto para que la crónica sea, en definitiva, una obra mayor.
Estuve hablando con él hace unos días, los dos encima del escenario del Hay Festival, en la espléndida ciudad de Cartagena de Indias, mágico territorio que resulta distinto a todos los demás. Hablamos de nuestros negociados: de la realidad de una crónica y la ficción en la escritura. Y resulta que Salcedo Ramos, en la teórica, en el discurso intelectual sobre el periodismo, la crónica en el periodismo y el periodismo crónico, es tan completo como en la misma escritura de sus crónicas, largos poemas en prosa que van subiendo el diapasón con unas técnicas de escritura que parecen llovidas del cielo ¿Isabel viendo llover en Macondo? No lo sé, pero después de conocer más cercanamente a Salcedo Ramos, después de haber leído con detalle y cuidado sus libros de crónicas, me queda la alegría de tener un escritor, un periodista más, al que leer. Un periodista, quiero decir, literario, no un escritor periodista de la pequeña y sórdida crónica consuetudinaria, que no dice nada pero habla de casi todo. No, un periodista de los que salen pocos de una camada. Un escritor, sin duda, internacional que pronto, si no ya, alcanzará el triunfo popular que se merece.
Es, además, amigo de sus amigos, incapaz de la traición o de la deslealtad. Alguien amigo mío me preguntó en Cartagena de Indias quién era Salcedo Ramos. Se lo señalé. ¿Merece la pena leerlo?, me preguntó con desparpajo de consumado lector. Más que eso, le contesté, yo no los he leído a todos, pero creo que estamos ante el mejor cronista actual de América Latina. Lo que a estas alturas, en la agonía del periodismo, no deja de ser un milagro.

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