Maneras de escribir

Cada escritor tiene su forma de trabajar. Yo tengo la mía. Creí, hasta hace poco, que era única, pero resulta que es mucho más común de lo que me imaginaba. El público interesado en los escritores y sus escrituras cree, por regla general, que un escritor comienza una novela o un relato y no lo deja de hacer hasta que la termina. En mi caso no es así. Trabajo con cuatro o cinco novelas a la vez. Cuatro o cinco proyectos de novela que avanzan aparentemente de una forma aleatoria. Avanzan o se quedan atrás en esa carrera de la escritura que para un escritor como yo es pura alegría de vivir. De modo que un día estoy en Panamá escribiendo unos párrafos de “Boulevard Balboa” y otro día estoy escribiendo un texto todavía confuso que se titula, en principio, “El ejército enemigo”; un día estoy en un capítulo de “La playa” y al día siguiente estoy en la India, escribiendo parte de la novela “La luna llena en la terraza del sultán”; un día ando en “Cuatro veces mariposa” y al día siguiente estoy en un capítulo de “Las noches del Oliver”. Esos títulos lo son de algunas novelas que escribo al unísono, hasta que llega un día en que no sé sabe por qué motivos extraños, una de ellas coge carrerilla y deja atrás a las demás. Entonces, me dedico exclusivamente a ella, hasta que la termino. Y luego vuelta a empezar con las que se quedaron atrás. Mientras escribía “La noche que Bolívar traicionó a Miranda”, de repente se me vino a la cabeza que Fidel Castro se iba a morir al día siguiente y yo no tenía escrita la novela de sus funerales. ¡Qué ingenuidad! Pero esa obsesión repentina me hizo ponerme al día siguiente a escribir “Réquiem habanero por Fidel”, que saldrá a las librerías españolas el 30 de abril próximo en la editorial Alfaguara. En cuanto a “Boulevard Balboa”, y por esas maneras de escribir que cuanto aquí, camina lentamente hacia adelante. Siento que entre mis muchos amigos panameños hay bastante interés por que la termine y pase a manos de los lectores, pero la lentitud en la escritura no es precisamente un defecto, sobre todo en mí y otros escritores que tenemos la facilidad del oficio a flor de piel. Lo que, en muchas ocasiones, también resulta muy peligroso, porque se dicen muchas cosas y a lo mejor no se escribe nada. Lo peor de estas maneras de escribir es que se levantan siempre más expectativas que las que luego se esconden en los resultados, y por eso mucha gente se decepciona de lo que lee cuando lo lee: ha esperado tanto de la novela que le sabe a poco o a nada. Es un problema, pero -como otros en la vida- hay que cargar con él. Durante esta breve estancia en Panamá, camino del Hay Festival de Cartagena de Indias, he podido de nuevo hablar con mis amigos escritores, en la misma Academia de la Lengua Panameña, donde me hicieron entrega del diploma como académico correspondiente de esa ilustre institución, y después, entre tragos y corvinas fantásticas, conversaciones llenas de amistad que luego, en la distancia del recuerdo, crecen y se quedan para siempre en mi memoria. Siento mucho no tener a mano otra manera de trabajar que la que les he contado aquí y que muchos lectores panameños y de otros países (no se cuántos, aunque no sean muchos vale la pena) tengan que esperar pacientemente que termine “Boulevard Balboa” para que entren en sus páginas con el interés que parece que ha despertado de antemano.
Al fin y al cabo, el único miedo que me mueve en la vida a estas alturas es perder pie, caer en una enfermedad o en un accidente, y no poder seguir escribiendo todos los días como hago ahora. Sentarme a escribir y que salte de repente en mi cabeza un timbre que diga que hoy le toca a tal novela y no a otra cualquiera de las que están en curso de escritura, es un misterio que me llena de gozo y de tranquilidad. Porque el gran problema de un escritor es lo que José Donoso llamaba “la seca”: no tener tema, no saber qué escribir, no saber en fin para donde tira la escritura, sino quedarse ahí, en la nada, en “la seca”, sin escribir nada, esperando no se sabe qué santo o maldito advenimiento que lo saque de ese estado indeseable. Mejor que sobre que falte. Un escritor sabe que está vivo cuando los asuntos novelescos lo buscan y lo enloquecen hasta la obsesión. Un escritor sabe que está muerto en vida cuando, de repente, se da cuenta de que está seco y no tiene más que escribir.

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