La construcción de Europa

Se trata de la construcción de Europa. Cuando al final de la II Guerra Mundial se puso sobre la mesa el Tratado de Roma, los fundadores sabían las dificultades por las que Europa atravesaría para no tropezar tres veces en la misma piedra: que las luchas entre sus naciones no dieran más al traste con el proyecto europeo de una civilización supranacional. ¿Al estilo de los Estados Unidos de América? Al modo europeo, en ciertas cosas, manteniendo las fronteras nacionales a pesar de los pesares; a la manera americana, con una moneda única en un mercado único. Dijeron de aquellos padres fundadores (y lo dijeron también desde Estados Unidos) que eran unos idealistas, unos soñadores que no conocían los caminos de la Historia y que, al mismo tiempo, elucubraban con una conspiración sin sentido, que no iba a ninguna parte.
Entre obstáculos y dificultades, no fue así: la Comunidad Europea creció durante estas últimas décadas y llegó a la conclusión de la moneda única, el euros, toda una consecuencia de la conciencia de unión. Y ahora, después de la fiesta de esa unión de naciones, crece la crisis económica, se debilita el europeismo y decrece, por tantas dificultades, el proyecto de unificación europea. Merkel, la canciller alemana lo ha dicho más claro y alto que nadie: las naciones tradicionales tienen que ceder soberanía a la Comunidad; una política común económica es necesario para el reclutamiento del euro; una política exterior común es la voz que Europa necesita fuera de sus fronteras y sin ninguna confusión.
¿Es mucho pedir a las naciones que cedan parte de su soberanía nacional a la soberanía europea? Cuando las cosas van bien, las armaduras están aceitadas y los motores corren exactamente en su cilindrada, no hay problemas. Todo el mundo se declara europeista, todo el mundo quiere ser Europa, nosotros los primeros, los españoles. Pero cuando las cosas se tuercen y llega la crisis, muchos europeos, con sus gobiernos al frente, miran para otro lado. Da un poco de vergüenza verlos (vernos) negar lo que ayer aplaudíamos con pasión. Encima, Escocia tendrá su suerte de harakiri: un referéndum. A ver si se independizan de Gran Bretaña. Un contrasentido dentro de Europa, cuyos tratados dicen bien a las claras que las fronteras políticas de sus miembros son y serán inamovibles. Parece que no aprendemos de las guerras del pasaos, del iluminismo estéril de los años que nos matamos unos a otros creyendo que unos eran diferentes a los otros, tan diferentes como superiores.

Volver a las andadas es de incivilizados. No atender ahora a las llamadas que conducen al futuro confederado de Europa es un error que pagaríamos con el tiempo, en nuestro corazón y en nuestra bolsillo, en nuestra sangre, sudor y lágrimas. Salta a la vista que no soy nada nacionalista; que creo que el nacionalismo es una rémora política donde tiene cabida toda la canallada del mundo y que, en fin, el nacionalismo es la enfermedad infantil de Europa, ahora que la canciller Merkel, en plena crisis, ha vuelto a poner el dedo en la llaga y la palabra Europa por encima de la soberanía nacional de sus miembros.

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Una respuesta a La construcción de Europa

  1. Entre obstáculos y dificultades, no fue así: la Comunidad Europea creció durante estas últimas décadas y llegó a la conclusión de la moneda única, el euros, toda una consecuencia de la conciencia de unión.

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