Memoria de la cubanía

Llevaba el nombre de su tatarabuelo, Carlos Manuel de Céspedes, “padre de la patria cubana”, con la prestancia y la hidalguía de su memoria. Hablaba de Fernando Ortiz, Alejo Carpentier, Alba de Céspedes, Lezama Lima, Lydia Cabrera, Nicolás Guillén o Dulce María Loynaz con la cercanía doméstica de la complicidad familiar. Era élite y, al mismo tiempo, pueblo cubano, el tercer sacerdote católico en la historia de Cuba que entró en la Academia de la Lengua. Estudioso de Félix Varela, diplomático, escritor, ameno, educado y sinceramente humano, Monseñor Céspedes gustaba de un par de copas de jerez antes de comer y una larga sobremesa amistosa, a veces con un cigarrillo, en la que podía desgranar de memoria episodios de la historia de Cuba, de la historia secreta, de la historia privada y de la pública. Era además un nada secreto amigo de las religiones negras de Cuba y asistía vestido de blanco, a título personal, a rituales de aquellas creencias, sin olvidarse de las suyas católicas.
La primera vez que lo visité en el Arzobispado de Cuba, en Habana Vieja, había en los rincones de su despacho algunos cachivaches que luego identifiqué como “santos” afrocubanos. Cuando me notó la cara de sorpresa, me dijo: “Al fin y al cabo, se trata de lo mismo: el alma”, y sonrió. Otra vez en el Paseo del Prado, mientras almorzábamos en un restaurante italiano, me dijo que el dueño de aquel establecimiento era el cocinero de Juan Pablo II, que “se había quedado en Cuba una temporada”. Luego me habló del asesinato del llamado en toda La Habana como El Niño de Luto, un abogado catolicón y homosexual que llevaba tras de sí una leyenda de riquezas guardadas en su casa del barrio de Lawton.
De repente, cuando oyó mi silencio extraño (mi atención toda puesta en cuanto me contaba el Monseñor), detuvo su voz y me dijo: ¡Vas a contar lo que te estoy diciendo…!”. “Todo, Carlos Manuel, lo voy a contar todo”, le dije ante su asombro. El cuento está echado en “El Niño de Luto y el cocinero del Papa”, donde Carlos Manuel de Céspedes aparece como uno de los conocedores más grandes de ópera en toda la historia de Cuba. En Madrid, Pio E. Serrano le publicó en “Verbum” la novela “Érase una vez en La Habana”, cuyo original yo saqué de Cuba en uno de mis entonces frecuentes viajes. Otra vez que lo vi en Madrid, con un par de tragos de whisky entre los dos, me echó en cara que hubiera dejado de ir a Cuba por el mero hecho de que Fidel Castro no se había muerto todavía. “Cumplo con mi palabra, Carlos Manuel”. Y todavía no he ido y no iré hasta que se muera el dinosaurio de la Coronela, el mismo que en el aeropuerto Rancho Boyeros, minutos antes de la llegada del Papa Juan Pablo II a Cuba, y mientras saludaba uno a uno a los jefes de la Iglesia Católica, se detuvo más de lo normal a hablar con uno de ellos, precisamente Carlos Manuel de Céspedes, mi amigo y, según parece, el suyo. “Cuando hablamos, que es pocas veces, hablamos del alma”, me dijo una vez con ironía Monseñor Céspedes. Una leyenda urbana corrió por toda Cuba cuando Jaime Ortega fue nombrado cardenal de la Iglesia Católica en lugar del intelectual ilustrado Carlos Manuel de Céspedes. “El dinosaurio no lo hubiera soportado, ¿tú sabes lo que es un jefe de la iglesia católica vestido de rojo todo el día como si fuera un “santo”? La gente aquí sabe lo que es el símbolo. “¡Un tipo vestido con ropajes rojos sagrados y que se llama Carlos Manuel de Céspedes, qué vaaa!”, me dijo una vez entre trago y trago de ron en La Mina, Habana Vieja, uno de mis letraheridos amigos cubanos. Siguen muchos ahí, pero otros se van, como Carlos Manuel de Céspedes, con quien una vez atravesé la calle principal de un barrio lleno de negros abakwas, la secta negra más agresiva y clandestina de toda Cuba: el barrio de Pogolotti. Carlos Manuel saludaba desde el centro de calle, vestido con su clergyman. Yo iba a su izquierda, con una pinta de diplomático gringo que se me caía la cara de vergüenza. Los negros me miraban con desconfianza, hasta que Céspedes les hacía una seña de complicidad y sus caras se volvían sonrientes y cariñosas. En, fin, Carlos Manuel de Céspedes era un intérprete de aquel país, que también es el mío, entre otras cosas gracias a él, a su cercanía y a su manera de hacer que aquel mundo alucinante e inextricable se volviera amable, cotidiano, cercano.
Hace más de doce años que no voy a Cuba, luego de haber ido a la isla más de veintitrés veces. La echo de menos porque allí viven todavía muchos de mis amigos más queridos. Pero algunos otros se van del aire, de repente o avisándonos del viaje que están a punto de hacer para siempre. Carlos Manuel de Céspedes era un verdadero amigo. Aprendí a amar a Cuba gracias a él, y ahora lo recuerdo, en sus mejores momentos, cuando yo le hacía chistes de Fidel Castro y él estallaba en una carcajada sin fin. Era un gran tipo, cubanía completa, memoria hidalga, Cuba eterna.

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