La proximidad de las tumbas

El Cementerio de los Reyes es un hermoso camposanto situado en el 10 Rue des Rois, barrio de Plainpalais, en el centro de Ginebra, Suiza, donde descansan los ilustres ciudadanos que dejaron en vida su huella en la ciudad. Es un jardín bellísimo lleno de tumbas fantásticas cuyo orden, entre familiar y azaroso, ha provocado más de un debate en Ginebra y donde finalmente se ha impuesto un aparente y curioso azar que parece hacer justicia a más de uno de los allí enterrados.
La tarde era para mí fría, soleada, apacible y coñac, camino del Cementerio de los Reyes, mientras los ginebrinos celebraban la fiesta de La Escalada, el día que los aguerridos soldados de su ejército defendieron la ciudad del asalto de los franceses. El peregrinaje al Cementerio de los Reyes es de obligado cumplimiento para un escritor en lengua española que pase por Ginebra: Jorge Luis Borges, argentino hasta la muerte, gran escritor a quien le cabe el honor de que un sectario de la izquierda caviar sueca, Artur Lundkvist, le negara el Nobel de Literatura para toda la eternidad, está enterrado en ese jardín, exactamente en la tumba número 435. Delante de su tumba, estética, austera, llena de palabras en lenguas nórdicas, estuve meditando más de una hora y terminé por recitarme con placer su “Fundación de Buenos Aires”. Para Borges, Ginebra es la ciudad del mundo que reúne más condiciones para “ser feliz”, y así lo dejó expresamente escrito en una lápida en la que puede leerse su amor por la ciudad que lo llevó, una vez fallecido, a ser enterrado junto a los hombres y mujeres ilustres de Ginebra.
Unos metros más allá, muy próxima a la de Borges, está la tumba de Juan Calvino, el gran reformador de la ciudad y de sus costumbres, el hombre austero en la historia de Ginebra: Calvino está en las fachadas de las mansiones de las grandes familias hasta las de las más humildes; desde las calles más transitadas a las plazas e iglesias más visitadas por los ciudadanos. Toda Ginebra respira el aire austero (al menos en apariencia), rígido y educado que eran las normas irreductibles de Calvino. Esa misma tenacidad por lo simplemente elemental la llevó también a su tumba. Al principio, lo único que indicaba que allí descansaba un héroe eran dos iniciales: J.C. Todo el mundo en Ginebra y en el mundo sabían que esas J.C. correspondían a Juan Calvino. Más tarde, la Municipalidad buscó adecentar aquella pobreza de la tumba y le puso una preciosa lápida de mármol negro. Pero siguen las iniciales y sólo las iniciales: J.C.
Lo que sucede es siempre matemático, también en los cementerios y sus tumbas: el orden de las tumbas, aunque parezca azaroso, es el resultado de una serie de operaciones matemáticas y secretas, intrincadamente sofisticada, sumas de tiempos, vidas, accidentes y casualidades que dan la ubicación exacta de los muertos en la eternidad de los camposantos. Así es también en el Cementerio de los Reyes: entre la tumba de Borges -a dos pasos de la del escritor- y la de Calvino está la tumba número 445, que corresponde a una mujer excepcional: Griselidis Real, “escritora, pintora y prostituta”, nacida en Lausana el 11 de agosto de 1929 y muerta en Ginebra el 31 de mayo de 2005. Su infancia la pasó con su padre en Egipto (Alejandría) y Grecia (Atenas), pero volvió pronto a sus estudios de arte en Zurich, hasta que en 1961 decide pasar a la más grande de sus ofensivas vitales: se convierte en la prostituta más valorada de Ginebra y de toda Europa.
Quiere, entonces, que en su documento de identidad figure su profesión: “peripatética” (para ella, meretriz) y funda Aspasia, organización todavía existente que defiende la profesión de la prostitución y sus benéficos resultados para la sociedad. Escribió mucho y bien, “Escrituras”; la novela autobiográfica, hiperrealista, descarnada y escatológica “El negro es un color”, y “El turno imaginario”, entre otros títulos y, después de estar en la cárcel en Alemania por vender a un soldado americano un tocho de marihuana, paseó su fama cuanto quiso por los grandes salones de París y regresó a Ginebra, donde murió en primavera del 2005. Primero la enterraron en un cementerio municipal, pero más tarde sacaron su cuerpo de la nada y lo elevaron a la eternidad de los ilustres en el Cementerio de los Reyes: su tumba es, en realidad, un altar con dos caracolas eróticas, en medio de las cuales alguien depositó un bolígrafo hace poco tiempo, junto a unas flores que jamás se marchitan. Digo lo que digo y no me retracto: la eternidad tiene lecciones que le tiempo no comprende y ni siquiera entiende.

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