Los dueños de las palabras

Alan Turing fue un matemático genial que se adueñó de las palabras, a pesar de que éstas estaban encerradas en un código secreto alemán. Escribimos hoy donde escribimos, en ordenadores y otros bichos electrónicos, gracias a la magia de Turing, y a su inteligencia matemática e intuitiva. Le debemos parte de lo que hoy es este mundo, para bien o para mal. Es el mismo universo que vio otro matemático que se ocultaba a su vez bajo un pseudónimo literario y que descubrió, en ecuaciones muy complicadas que sólo él fue capaz de plantear y resolver, el futuro de la ciencia. Cuando descubrió el futuro electrónico cuyos principios Turing habría de ordenar, no le quedó más remedio que dárselo al mundo en forma de metáfora literaria. Lo título “Alicia en el país de las maravillas”, en cuyas páginas también había un dueño de las palabras que sabía que el poder cambia el sentido de las mismas según le interesa en cada momento. El servicio de Lewis Carroll y de Alan Turing a la Humanidad es tan importante como el de Darwin, de cuyas teorías todavía seguimos dudando en algunos puntos tan claros que dan vértigo. Mientras Carroll se dedicó a disfrazar y esconder los números de sus ecuaciones en hermosas palabras literarias que dedicaba a los niños (parte del disfraz para escapar de la feroz justicia victoriana), Turing pasó su vida descifrando códigos secretos. No sólo de los alemanes, sino de un enemigo desconocido: el futuro. Carroll, pues, es un poeta de la palabra que viene de las matemáticas (y el mundo que propone lo es), mientras que Turing es un poeta que se aplica a descubrir los códigos del ejército enemigo inventándose hipótesis que, no muchos años más tarde, nos llevarán a la luna matemáticamente: convierte los números en palabras y las palabras en convicción.
Se sabe que una encuesta realizada en manicomios con “Los libros de Alicia” hace más cincuenta años dio un resultado asombroso: la mayoría de los enfermos contestaba al ser preguntados por el libro más importante que habían leído en su vida que era “Alicia en el país de las maravillas”, un aparente juego para seres infantiles que profetizaba en enigmáticos personajes el futuro del mundo. La leyenda literaria sostiene que Carroll estaba horrorizado con sus visiones del futuro y endulzaba con la maravilla de Alicia la profecía que nos estaba regalando escondida en un libro. Se sabe que Alan Turing era un tipo raro a quien su tiempo, sus amigos, sus muchos enemigos y la misma Graciosa Majestad inglesa no le perdonaron su homosexualidad. Muchos años más tarde, en estos tiempos de restricciones de todo tipo (desde el aborto terapéutico a la seguridad civil; desde la economía a la libertad; desde la moral a la ética), a Alan Turing se le levanta la condena que lo llevó, tal vez, a la tumba en el mejor momento de su carrera: su homosexualidad. “O tempora, o mores!”. Casi cuatrocientas especies de animales y plantas nos demuestran que la homosexualidad es tan natural como la heterosexualidad y, sin embargo, el ser humano, recalcitrante y retrógrado por naturaleza y siempre por posición de poder, descubre delitos donde no hay más que libertades que la civilización y la lucha del mismo ser humano sobre la tierra y el tiempo han conseguido a fuerza de sacrificios y penalidades. Se sabe que Alan Turing se suicidó, quizá llevado por una timidez excesiva en su manera de ser y estar en la vida, aunque es seguro que influiría el horror de descubrir lo que el ser humano haría con ese bicho que hoy llamamos ordenador personal: utilizarlo, como todo progreso, para hacerse el dueño del poder, de la palabra y del mundo, a golpe de muerte y miedo. Leí hace tiempo “Alicia en el país de las maravillas” y me pareció una epifanía más que literaria. En cuanto a los papeles de Alan Turing, sus pensamientos y su obra, los tengo presentes en mi biblioteca, así como los episodios de su vida que lo hace un héroe novelesco del siglo XX. Fue un personaje esencial que nos enseñó que los números son palabras y viceversa. Y que lo que parece casualidad, azar o accidente, son características de la vida matemática en la que andamos metidos sin darnos cuenta de uno de los principios esenciales de esa misma vida: que nada pasa por casualidad, aunque lo parezca. Y lo parece porque no tenemos todavía todos los números del mundo en la cabeza y, por tanto, aunque podamos conocer las semánticas de cuantas palabras no sabemos el orden de todas ella. Hay que preguntarle a la física cuántica.

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