Hugo Chávez, el Mesías bolivariano

Se creyó, desde muy joven, la reencarnación de Simón Bolívar, cuyo féretro terminó por abrir con la excusa de investigar si el Libertador había sido envenenado. Fue el Libertador quien envenenó a cuanto ser viviente estuvo presente en esa extraña operación: uno a uno fue muriendo de enfermedades repentinas. Y Hugo Chávez, el Mesías bolivariano no fue una excepción. Desde joven, destacó entre sus compañeros por sus cualidades de mando y su carisma: era un militar llamado a ser historia y el Macho Alfa lo dejaba claro por donde iba pasando. Cuando llegó el momento de la redención, Hugo Rafael Chávez Frías se sublevó en Maracay contra el gobierno corrupto del último Carlos Andrés Pérez. El jefe adeco dio una orden que no se cumplió. “Denle un tiro en la cabeza”, dijo. Pero nadie le hizo caso. De la cárcel, donde esperó con paciencia su momento, lo sacó el último presidente venezolano del Pacto de Punto Fijo, el mismo que lo indultó y el mismo ante quien juró, “sobre esta moribunda Constitución” cambiar el país del petróleo de arriba abajo sin dejar títere con cabeza. Las urnas lo habían convertido en presidente y él convertiría Venezuela en un país nuevo, bolivariano, feliz y celestial, que no tendría nada que ver con el miserable sistema político en el que había vivido hasta entonces.
Mientras tanto, ya era castrista. Mientras tanto, ya había convertido a Fidel Castro en su “padrino” de gobierno. Mientras tanto, el barril de petróleo subía y subía, y el Mesías bolivariano iba por su país y por el mundo enseñando su doctrina a la que llamó, basándose en las teorías de un oscuro profesor en Estados Unidos (donde vivía el diablo Bush hecho de azufre), el “socialismo del siglo XXI”. Todo el mundo tendría escuela, todo el mundo tendría médico, todo el mundo tendría casa, todo el mundo tendría carro, todo el mundo tendría su propia existencia feliz. Bolívar se lo había dicho: que pusiera en práctica y sin tardanza su revolución pendiente.
Detrás, pues, del Mesías, Bolívar el Libertador y, en segundo lugar, el segundo libertador de América: el Comandante Fidel Castro, entrado ya en su última e interminable vejentud. En La Habana cuentan el chiste. Están hablando Fidel Castro y Hugo Chávez de la revolución en el Palacio de la Revolución y llega la muerte a visitarlos. “¿Quién es Fidel Castro?”, pregunta la Sayona, llena de autoridad. “Entonces Castro, con el dedo índice de la mano derecha, señala a Hugo Chávez: “Él”, dice el Comandante. A los pocos meses, Chávez confiesa que tiene un cáncer agresivo en la pelvis. Un cáncer maligno que no puede parar todo el petróleo del mundo. Pero la revolución debe continuar en medio del melodrama que se avecina sobre el nuevo tiempo bolivariano. Todo está en marcha para que Venezuela vaya poco a poco cubanizándose, castrificándose. Miles de soldados, médicos, técnicos, “cooperantes” y policías llegan a Venezuela al mando de un viejo asesino, Ramiro Valdés, cuya secreta ambición es suceder en el tiempo a los dos Castros interminables. Pero, mientras tanto, trabaja en la construcción del bolivarianismo en Caracas y en todo el continente. El Mesías, enfermo, ha dejado de viajar por el mundo en su costoso avión, comprado expresamente para ganarse al universo. El pueblo llora porque sospecha que el Caudillo bolivariano morirá pronto. Chávez será, después un santo subito, un espíritu inextinguible que brilla en todos los murales de Caracas y del interior. Es obvio que no murió en Caracas, sino en La Habana, en plenas navidades del año pasado, 2012, pero oficialmente la fecha de su ascensión al cielo y a los alteres bolivarianos es la del 5 de marzo de 2013. Vivió en la mentira y murió en el embuste. Su revolución es una inutilidad perversa que hizo ricos a algunos happy few de nuevo cuño y destruyó a la pujante clase media venezolana. Quiso cambiar la Historia de su país, el país del Libertador; quiso ser el mismo el nuevo Libertador, en realidad un tirano ladrón con un chorro de petróleo interminable. Creó un cuento de falsas hadas al que tituló el ALBA, un púlpito donde hablaba interminablemente y en el que lo seguían sus acólitos, Ortega, Correa y Morales, además del peronismo rampante, una nueva élite de caudillitos de andar por casa que celebran cada día la desgracia de que sus países no se hayan dado cuenta de su demagogia y su latrocinio. San Hugo Chávez los ayudó a todos, los llenó de abajo arriba de petróleo, los aplaudió y aconsejó. Mientras tanto, la Sayona proclamaba, imperturbable, su inmediata muerte. Ni siquiera el Santo Bolívar, San Simón de la Crueldad, pudo salvarlo. En su lugar quedó un esperpento, un tal Nicolás Maduro, miembro del Partido Comunista Cubano, analfabeto integral, advenedizo e iletrado. Venezuela, Venezuela, despedirme no quisiera porque no encuentro manera. A Chávez se le aparecía Bolívar en sus noches de insomnio; a Maduro se le aparece Chávez hasta el en el metro del que de joven fue conductor. Venezuela, Venezuela, aparta de ti ese cáliz, la mentira del llamado Socialismo del Siglo XXI. Y que el Mesías descanse en paz.

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