El jazz, el humo, la vida

Ya sé que el tabaco mata, aunque el fumador no se trague el humo. Ya sé que es recomendable cuidarse, sobre todo de mayor, cuando cualquier elemento del organismo necesita cuidados especiales para no oxidarse. Sé eso y a lo largo de mis ya muchos años he aprendido que hay gente que se muere de cáncer de pulmón sin haber fumado nunca en su vida y que Santiago Carrillo, durante mucho tiempo un mito del comunismo español y europeo, se fumaba más de dos cajetillas de cigarrillos al día y murió con 91 años y con una sonrisa en los labios, como un ángel que no hubiera roto un plato en su vida. Lo sé, como sé que no puedo concebir, por mucho que lo pretenda, el jazz que tanto me gusta sin el humo y sin el alcohol. Al menos sin esas dos cosas: humo y alcohol. Para mí, al menos, el jazz es inseparable de un ambiente cerrado y cargado de humo, alcohol, aplausos y música de negros, aunque la toquen los blancos. Dicho lo cual, añadiré que es la música que más que gusta y que esta Navidad que está pasando entre fiestas y crisis estoy escuchando música de jazz, incluidos los dos CD de Danilo Pérez. Música de jazz, en mi casa, claro, donde puedo fumarme mis habanos sin que nadie me venga a llamar la atención; y donde puedo llenar de humo y ron la estancia que llamo domésticamente el confesionario, donde veo llegar las horas amarillas de la tarde a punto de nevar en Madrid, aunque casi nunca nieve. Noto en el jazz melancolía y vida, al mismo tiempo, música de humo y alcoholes, por lo menos eso, cuando no drogas más duras que han terminado muy pronto con la vida de genios que se quemaron antes de tiempo.
En Tokio había hasta hace poco tiempo un local de jazz donde dejaban fumar en cuanto la madrugada se metía dentro de la música y las trompetas, baterías, bajos y saxofones hacían su juego de malabarismo mientras el sonido se convertía interminablemente en una caravana sensacional. Allí iba yo todas las noches, con mi tabaco cubano, y me pedía mi whisky japonés como primer vaso de la fiesta. Ahora, no hay más remedio que hacerlo en casa, si quieres tener humo y ron cubano a la mano mientras uno mismo, embelesado, oye la música que se expande por todo el confesionario, ni más ni menos que un salón de casa cualquiera que yo uso como si fuera un local de jazz en las tardes melancólicas del invierno madrileño, cansado de viajes por el mundo y a punto de terminar el año.
Escucho esta tarde sobre todo a Miles Davis y Telonius Monk; oigo a Aretha Franklin, Mahalia Jackson, Roberta Flack, Nina Simone y Etta Cameron. Y, a Paquito d´Rivera, que es para mí no sólo un amigo sino el mejor saxofonista del mundo. Tuvimos en Nueva York, en su casa de New Jersey, una conversación en la que él se comprometió a hacer la música de la hipotética película “Así en La Habana como en el cielo”, cinta cinematográfica que finalmente el productor español, Juan Gona, no se atrevió a hacer y que iba a dirigir Manuel Gutiérrez Aragón, ahora dedicado a la literatura de ficción.
También en Tokio, que es el lugar del mundo donde más jazz se oye, se compra y se vende, adquirí yo un CD fantástico en el que algunas orquestas de jazz tocan e interpretan las lecciones musicales de Los Beatles, los escarabajos con los que la generación de mi padre afirmaba aturdida que se iba a a acabar la música. Y luego me dedico un rato a los pianistas de jazz, esos personajes únicos que se sacan del cielo de la imaginación cada nota que van repentizando hasta conseguir, redonda, la música divina del jazz. Por eso también, en todo este año de 2013, no he dejado de leer y oír el jazz que aparece en “Rayuela” de Cortázar, con Sachmo a la cabeza y todos los demás que elevan el espíritu al humo sagrado de fumar uno, dos o tres purazos cubanos mientras uno escucha a los dioses. Es una manera personal de ser feliz y encontrarme conmigo mismo, que es la mejor manera de no estar solo, cuando hoy lo que más atrae a la gente es el abismo de la soledad, de cuyo filo muy pocas personas suelen salir sin daño alguno. Frente al jazz me siento transportado a un mundo mejor, libre de los impuestos tenaces que marca la vida, entregado al placer de fumar, al caer las horas amarillas, con un ron de vez en cuando raspando la garganta ya vieja del escritor que soy.

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