El héroe de la Albatros

En el número 6 de la Rue Charles Humbert, en el barrio ginebrino de Plainpalais, se encuentra ubicada la pequeña Librería Albatros. Está regentada por un héroe discreto, de poco más de cuarenta años, que le compró a sus entonces propietarios chilenos la librería en la que trabajaba por horas y de la que ahora se siente orgullosamente dueño y señor. Se llama Rodrigo Díaz y, para colmo, es peruano de Lima. Rodrigo Díaz es un caso de integración completa (no confundir con asimilación…). Viajó de Lima a Rusia, lo llevaron a Siberia a trabajar, ahí trancó una bronconeumonía brutal al salir a la intemperie de -30º de temperatura. Se curó a duras penas en un hospital, con inyecciones de penicilina, grandes tragos de vodka y clandestinos tachos de marihuana. “Pude matarme, pero todo eso me hizo más fuerte”, me dice muerto de risa en el Central Perk, un antro fantástico, parisino, situado a media cuadra de su Albatros, la librería cuyo nombre es un guiño secreto al aventurero y escritor Conrad. Además, publica (edita) libros con ese sello, Albatros, y se siente orgulloso de tener muchos amigos escritores, sobre todo de América Latina, hasta el punto de que todo el que pasa por Europa recala unos días en Albatros a hablar de sus libros, del mundo, pero sobre todo a gozar de la simpatía y la amistad del anfitrión, un gran lector que lo sabe todo, y más allá, de la literatura latinoamericana contemporánea. Esa humilde librería es un bastión intelectual que se levanta en medio de un universo al que sólo le interesa el espectáculo más lamentable de las televisiones y las comedias de barrio. De modo que no dudo en otorgarle a Rodrigo Díaz la categoría de paladín resistente, una suerte de partisano de los libros en un territorio y un tiempo hostiles al objeto sacral que forma parte esencial de nuestras pasiones vitales. Me pregunta, bastante preocupado, por el libro electrónico y el libro en papel. Le digo que a mi parecer el libro electrónico es una moda de unos años; que no es el ordenador y otros apoyos tecnológicos, sino un negocio añadido que dará durante algunos años preocupaciones a los editores y escritores y que será, a lo largo de esos mismos años, un tal vez pingüe negocio para sus fabricantes. De manera que no tengo, le dije, temor por la desaparición del libro impreso en papel a manos del tecnológico, entre otras cosas porque el tecnológico no tiene ámbito sacral alguno, no hace más lectores ni más libreros, ni más impresores, ni más bibliotecas. No crea adicción, como el libro, y no se convierte en necesidad. Además, carece se la sensualidad del papel, de la tinta, de la estética personal del libro, del juego de manías individuales que rodea a un simple ejemplar de un libro cualquiera frente a la edición completa de ese mismo libro. Si en todas las ciudades del mundo, como ahora en Ginebra, me encontrara yo con un héroe resistente como tú, le dije a Rodrigo Díaz, sabría de antemano que el libro impreso no corre peligro alguno. Se le llenan los ojos de ilusión, le brillan, aplaude, le gusta al héroe discreto lo que le digo. Un secreto más: me asombró, en principio, el horario aparentemente arbitrario de la librería. Un día abría por la mañana, otro por la tarde, un día a unas horas determinadas que no coincidían con las horas de los otros días. Hasta que me enteré de todo por boca del propio Díaz: “Es que trabajo de acomodador en el Victoria Hall, aquí al lado, para mantener la librería abierta el resto del tiempo”, me dijo. De forma que así se ha convertido también en un experto melómano que se conoce de memoria todas las óperas del mundo. En Albatros no estamos sólo en una librería, sino que nos sentimos tan bien que parece que estamos en una biblioteca personal, que también es, en cierto sentido, nuestra. Me senté toda una tarde entera en el banco de madera de la Librería Albatros a hablar de literatura y de libros con Rodrigo Díaz y la profesora Hortensia Cid, mi hada madrina, junto al propio Rodrigo, por las calles y los monumentos de Ginebra. Fue una tarde espléndida, llena de juegos de palabras y de intercambio de conocimiento de autores y libros. Una tarde tan satisfactoria que pienso volver a repetirla cuanto antes, en Ginebra, en el bastión intelectual de Albatros, en Plainpalais, en la misma ciudad, con la misma gente, rodeado de libros de todos los colores. Ya lo saben ustedes, el hombre es libre, la mujer es libre, ¡y viva la Librería Albatros!

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