O’ Toole

No me gustan las necrológicas, sobre todo si estamos hablando de un dios. De un dios en el escenario. Ese dios se llamaba Peter O´Toole y fue el mejor intérprete del “Hamlet” eterno, tras Lawrence Olivier. En mi primera novela hay un pianista de la “lost generation” a quien acompaña una diva de la misma edad. Él es Peter O´Toole o se le parece mucho. Lo sé porque los vi tocar y cantar a los dos en un viejo galeón español convertido en “boite” al final de un pantalán en la playa de New Port, en Los Angeles, la primera vez que fue a esa ciudad, junto a la playa, en una noche llena de estrellas y tan limpia que a veces daba miedo. Cuando vi “Lawrence de Arabia” ya no tuve dudas: estaba ante un actor descomunal, un actor de escenario teatral, un actor digno de Shakespeare, un actor que además se adaptaba al cine como si ese espacio fuera para él un guante a su medida.
Aquiles Tuero, el viejo sabio de la música clásica española, que vive en el Hotel Saint Maurice, en Manhattan, frente al Central Park, desde hace más de cuarenta años, me relató una vez una anécdota que marca la historia de O´Toole como uno de los grandes actores de teatro del siglo XX. Se estrenaba “Camelot” en un teatro de verano, a la intemperie, en New York. El intérprete central era Richard Burton, de quien tampoco vamos a dudar a estas alturas: su interpretación del protagonista borracho en la obra de Edwards Albee “¿Quién teme a Virginia Woolf?”, junto a quien por dos veces fuera su mujer, la gran Elizabeth Taylor despeja cualquier discusión. Pero en ese estreno Burton salió bastante borracho a escena. A veces se tropezaba con las palabras, que se le quedaban dentro de la garganta. Su verbalidad era pastosa, su mirada perdida a veces llegaba al cielo, pero no a los espectadores. En suma, ocurrió la tragedia. A mitad de la obra, una parte importante del público empezó a silbarle y a gritarle. Burton siguió declamando su papel en la obra, hasta que se cansó, se detuvo en el centro del escenario, miró para el público, hizo un corte de mangas y se marcho para siempre, dejando la obra a medias y al público gritando sin parar. Unos minutos después de la gran protesta, salió un “speeker” a dar explicaciones por la borrachera de Burton, a pedir excusas al público y a decirles que no tenían por qué preocuparse porque al día siguiente se repetiría la obra con todas las garantías. Dijo que la compañía había contratado a un gran actor joven que haría las maravillas de todos los auditorios. Ese actor, me contó, Aquiles Tuero, era Peter O´Toole y, en efecto, fascinó al público que lo aplaudió a rabiar en su consagración en el teatro de verano de New York.
Los dioses son los dueños del teatro, Broadway es el séptimo cielo de esos dioses que se consagran encima de un escenario ejecutando papeles inverosímiles y muy difíciles, hasta el punto de que ya no podemos separar nuestra visión física del actor de la del papel que hace en escena. Pasó en todas las ocasiones con Marlon Brando, cuyo rostro impenetrable es capaz de aguantar un primer plano de la cámara durante más de treinta segundos de silencio sin que la cara se le queme ni un milímetro. Pasó con muchos actores, ya lo sé. Pero pasó también con O´Toole. Una vez lo vi entrar en el Ritz de Londres con su mirada tímida y una extraña altivez al caminar y me pareció un dios rubio e inalcanzable. Me acordé entonces del domingo aquel de invierno en que el poeta español Ángel González y yo estábamos en el Village de Manhattan tomándonos unos tratos matutinos. Hacía sol, viento y frío. Y, de repente, de detrás un portón de hierro inmenso que se abrió para que saliera su diminuta figura humana, salió un dios único, Al Pacino, enteramente vestido de negro con un abrigo negro que volaba al viento hasta parecer dos alas, un abrigo que le llegaba hasta los pies y rozaba con el asfalto de la acera. Se tambaleaba, pero era un dios. Como Burton, como O´Toole. Me hubiera gustado ver al rubio interpretar “Hamlet” en una de esas tardes londinenses en las que el teatro, al final de la representación, se venía abajo con aplausos como truenos en medio de la tormenta del éxito del actor. O´Toole, todo un dios en el escenario, se ha ido al cielo. No me gustan las necrológicas. Lo que escribí aquí lo podía haber escrito igual con el dios todavía vivo y encima del escenario.

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