En la Palafoxiana

Puebla es una ciudad espléndida: no echa de menos ninguna de las cosas de las ciudades enormes, como el Distrito Federal de México, la seguridad ciudadana es magnífica, la gente pacífica y el clima ideal. Y la comida, excelente. Claro, es una ciudad que atrae al turismo, no faltaba más, y en ella vive una gente que te ayuda a descubrir los grandes tesoros que tienen a la mano. Uno de esos tesoros es, sin duda, el retablo barroco de la iglesia de Santo Domingo, único y grandioso, el ejemplo mayor del barroco en México. Entrar a la iglesia, donde siempre hay gente rezando, y sentarse un rato en uno de los bancos para ver el retablo es inolvidable. Aquí, en el interior de esta iglesia de Santo Domingo hay magia, algo que tiene que ver con la religión pero que va más allá, directamente al más allá en donde se le ocurra estar al más allá. El mismo retablo es mágico y examinarlo con calma durante unos pocos minutos de una vida lo convierte en un recuerdo eterno. Vale la pena ver la fe de la gente en esta iglesia, que yo creo por encima de toda superstición. El segundo tesoro, que tiene que ver más con mi negociado vital, es la Capilla Palafoxiana, donde el Virrey Don Juan de Palafox y Mendoza dejó para los siglos toda su biblioteca, traída de España, de Burgo de Osma, y mantenida aquí durante trescientos años. Siguiendo la lógica de la época, la biblioteca está ordenada por materias y asombra el cuidado con el que sus ejemplares únicos, incunables en muchos casos, reposan en sus cubículos con una perfección de otro tiempo. Vine aquí, por primera vez, en febrero de 1982, hace ya un rato, y quedé para siempre enamorado de Puebla por la Capilla Palafoxiana. Después de aquella fecha, he regresado a Puebla en más de diez ocasiones y siempre he encontrado como si estuviera nueva, y fuera la primera vez que la visitara, ese lugar del alma que es la Palafoxiana. El Virrey Palafox merece, sin duda, una novela histórica de las grandes, porque fue un personaje extraordinario y su obra en México fue enorme. Al final, creyó que nunca volvería a España, pero el Rey (y la misma Iglesia) lo hicieron volver, aunque aquí dejó para siempre la siembra de su sabiduría y la huella de su humanismo. La Palafoxiana sirve ahora de lugar para oradores ilustrados, y yo me creo un héroe cada vez que me invitan, como en esta ocasión camino de la FIL de Guadalajara, a hablar aquí. Esta mañana de miércoles hablé, cómo no, de literatura. Dije que no me gustaba utilizar la etiqueta de la denominación de origen (peruana, panameña, española, mexicana) para definir y encerrar dentro de sus fronteras políticas a literaturas que son más amplias. Recordé la sentencia de Alfonso Reyes, que no me deja lugar a dudas: si la literatura mexicana ha de pasar a la Historia, tendrá que pasar por ser literatura antes que por ser mexicana. Antes, dije, la literatura. La denominación de origen es propia de los vinos, y no de las literaturas cuyas fronteras se extienden hasta el fondo del último lugar donde se hable la lengua en la que se escribe esa misma literatura. Hablar de literatura mexicana o de simple literatura española me parece, eso dije, empequeñecer, apocopar y negar el interés grande de la literatura de la lengua. Carlos Fuentes, fanático del Quijote y de Cervantes, acuñó el modismo “Territorio de La Mancha” para hablar de la literatura de la lengua, de manera que a él también parece que le molestaban un poco las literaturas nacionales. Y hablamos en la Palafoxiana de esas cosas y otras más, en una mañana luminosa y tranquila en la que me reencontré con las maravillas que guarda la Capilla en sus anaqueles. Después, al salir de la Palafoxiana, fuimos a un restaurante donde nos celebramos a nosotros mismos y nuestra forma de defender la fiesta que estamos viviendo en la literatura de la lengua. Fíjense qué tesoro: volví a comer langosta de mar en mole poblano, una maravilla única de esta gastronomía que es una de las más elevadas culturas que conozco. La clase, la elaboración y el cuidado que los poblanos ponen en su cocina natural es digno de alabanza. Yo, que no separo la literatura de mi vida, ni mi vida de la gastronomía, no podía perderme ese platillo que no he probado más que en un restaurante de Puebla, la Casa de los Muñecos. ¿Cacao con langosta da mar? ¡Imposible! Pues, no, rotundamente no. Es un plato perfecto, exquisito al máximo e inolvidable. Estos días nuevos de Puebla, camino de Guadalajara, son ya parte de mi memoria. El Virrey Palafox y el poeta Gutierre de Cetina, que murió aquí, hace siglos, asesinado en un callejón sin que nunca más se encontrara su cuerpo, mueven sus fantasmas exclusivos por estas calles donde se nota que España es también Iberoamérica.

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