Machado en el Hospicio Cabañas

Siempre que vengo a Guadalajara, Jalisco, México, lo hago por razones literarias. La FIL es el mayor punto de reunión de escritores de la lengua española y de otros ámbitos culturales que hayan visto nunca los cielos. Ese secreto, bien guardado, lo tiene Raúl Padilla, el que inventó el juego que tan bien funciona. Todos los años, un país invitado. Este, Israel; el año que viene, Argentina. Pero, entre otras escapadas, una irremisible a Taclepaque con mi amigo el novelista mexicano Hernán Lara Zabala, al que me une una amistad de viejos tiempos, borracheras, novelas y mezcales, me voy a ver una vez más el Instituto Cabañas, el llamado Instituto Cultural Cabañas, conocido por el Hospicio Cabañas. Las cúpulas interiores de la iglesia son de Orozco y no me canso de verlas. Pensar que la rehabilitación de este centro extraordinario de cultura la llevó a cabo, durante años de trabajo intenso, mi amigo el pintor Emilio Machado me llena de orgullo. También tengo amigos que trabajan y Machado es uno de ellos. Casi con ochenta años de edad se pasa encerrado todo el día en su casa de Santa Cruz de Tenerife. “Pinto todo el día, y cada vez mejor”, me dice siempre que hablamos por teléfono. Resulta que Machado había recorrido el mundo como el hijo pródigo que es y, finalmente, después de Guadalajara, había escogido Manhattan para pasar pintando todo el resto de su vida. Pero su padre, el gran arquitecto Tomás Machado, murió un día cualquiera y le dejó un gran regalo envenenado: una casa inmensa, con un gran jardín, estilo canario en el mismo Santa Cruz de Tenerife, con maderas inglesas y una construcción de las que ya no se hacen. Y Machado tuvo que regresar, dejar atrás sus sueños maduros de vivir en Manhattan y reingresar en la geografía del Trópico de Cáncer con todas sus consecuencias. He visitado de nuevo el Hospicio Cabañas, en el centro de la ciudad de Guadalajara, ojos tapatíos, para admirar sus proporciones arquitectónicas, sus piedras, su armonía y sus cúpulas, Orozco y sus colores grises y negros, sus apocalipsis y condenas. Una maravilla. Y todo esto lo rehabilitó un artista de la más alta condición: Emilio Machado. “No salgo a la calle”, me dice sarcástico, “porque en cuanto llego a las Ramblas, detrás de cada palmera me sale un premio Canarias a saludarme. Y ya no tengo años para esos gritos”. De modo que vive acompañado por sus más grandes amores: Isabel, su mujer, brasileira espléndida, y la pintura.El libro que acaba de editar sobre México, antecede a otro, en el que ya trabaja, sobre Manhattan, y así es la vida y la vaina: este gran artista no tiene todavía el Premio Canarias de Arte, y tal vez ni se le espera en esos lares. El último día que estuve en su casa en Santa Cruz de Tenerife, cantamos a dúo una canción que habíamos compuesto los dos en los primeros años 7o, en Barcelona, en la masía que tiene el escultor Xavier Corberó en Esplugues de Llobregat. Ese poema cantado, al que Machado puso música de balada, lo fue para uno de los amores de mi vida, a quien yo nombro Nathalie en los únicos poemas -de gran juventud- que me atreví a escribir a lo largo de toda mi vida. Nathalie murió una mañana gris de Madrid, hace un par de años, y su última voluntad fue que nadie estuviera delante de ella cuando expirara. La recuerdo y lloro. Pero vuelvo a la vida: Guadalajara, el Hospicio Cabañas, el libro que Machado acaba de publicar sobre México. Es un artista que no cesa. Vivió en Barcelona, en París, hizo casas extrañas y fantásticas en Santa Cruz, pintó de negro la fachada de un edificio de la Avenida de Anaga, en un contexto en el que todas las fachadas de todos los edificios son blancas. Es un poeta, un tipo creativo. Como dice Aquiles Tuero, su amigo asturiano de Nueva York, “es un genio”. Tengo en mi casa de Madrid varios cuadros de Machado, de diferentes épocas. Y me paso horas de la tarde estudiando el titulado “El árbol del bien y del mal”, que tengo situado en una pared del salón junto a un guache de Manolo Millares. ¿Quiénes son los dos mejores pintores de Canarias?, le pregunto a Machado por teléfono cada vez que hablo con él. “Manolo y yo”, dice sin pudor y muerto de la risa. Ahora que estoy en el lobby del Hilton de Guadalajara, en plena feria festiva, brindo con un tequila y sangrita por mi amigo Emilio Machado, un artista de verdad, de los que viven pintando toda su vida, sin dejar resquicio alguno por pintar.

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