La tentación de Cayo Hueso

Cada viaje a Miami supone para mí dos tentaciones: Una: comer bocas de cangrejos de Florida en el Stone Crab Joe´s, en Miami Beach; dos: ir un día, y una vez más a Cayo Hueso. Esta vez, tras hablar en la FIL de literatura, América, Europa, el mundo, el demonio y la carne, volé a Cayo Hueso en una avioneta que bailaba en al aire al más ligero soplo del viento. El piloto evitaba las nubes, o eso me parecía a mí, y los cuatro pasajeros del avión (solo cuatro asientos tenía la avioneta) nos mirábamos y sonreíamos: ¡qué destreza la de este hombre blanco para sortear la mañana de nubes que ese día cubría el cielo de Florida. En realidad, Cayo Hueso es hoy una colonia internacional de gais, hombres y mujeres, de toda religión y juegos. Las primeras veces que vine al cayo fue a recoger material para escribir algunos de los episodios de mi novela “Así en La Habana como en el cielo”, episodios que tienen lugar en ese pequeño territorio a noventa millas exactas de Cuba. Dicen los más viejos del lugar que, en los días muy claros, se ve la isla de Cuba con total precisión. Aquí, en Cayo Hueso, estuvo en el exilio José Martí, a quien Fidel Castro se cogió para él y el oprobioso sistema que ha montado en la isla en este medio siglo último. Aquí vivió mucho tiempo Ernest Hemingway, uno de mis novelistas favoritos, y uno de los personajes centrales de “Así en La Habana como en el cielo”. Vivió aquí, en Cayo Hueso, escribiendo y retirado de aventuras africanas y mundanas. Para eso le regalaron la casa (un tío de su mujer, Pauline Pfeiffer), para que estuviera tranquilo y escribiera. Y el hombre lo hizo. Yo vine a buscarlo aquí, a su casa, y me bebí cientos de alcoholes en su bar preferido, el Sloopy Joe´s, donde el Gran Viejo se sentaba durante horas en un taburete con las manos sobre la barra entonces de madera y pensando en las historias que tenía que ponerse a escribir. Quienes dicen que Hemingway era un aventurero y un bravucón, y se quedan ahí, no dicen nada. El Gran Viejo trabajaba todos los días, antes de dedicarse al baño en su piscina y a jugar con sus gatos. Escribía con la obsesión de un gran escritor. Y lo era: ahí están sus novelas, sus artículos y sus crónicas, que no dejan lugar a dudas del trabajo del hombre. Mis viaje a Cayo Hueso ya son muchos, ni siquiera llevo la cuenta, pero esta vez me he sentado como si yo mis o fuera el viejo Hemingway, en un taburete del Sloopy a tomar whisky seco y a mirar el entorno del bar, además de asomarme a ver el mar de vez en cuanto. El mundo de Hemingway, durante un tiempo de su vida, fue esta geografía, un rincón de los Estados Unidos que se adentra cuatrocientas millas en el mar a través de una carretera que hay que atravesar si no se va en avión o avioneta. Un día en Cayo Hueso es para mí una tentación y una delicia. Todos los años se celebra en estos lares una reunión de imitadores físicos de Hemingway. Estuve un año por pura curiosidad intelectual y no me equivoqué: llegaron aquí cientos de Hemingway que se empeñaban en ocupar unos centímetros de la barra del Sloopy y dar gritos al aire como, según parece, los daba Papa Hemingway delirante y borracho. No me lo creo del todo, pero esa es, junto a otras muchas de las leyendas del Gran Viejo. Recuerdo que uno de los viajes que hice a Cayo Hueso fue para escribir cinco breves historias sobre Hemingway que acompañarían como textos literarios a cinco grabados de un pintor entonces amigo mío y que se titulaban “Las islas, el viejo y el mar”, o algo así. Ahora he venido una vez más para cumplir con el peregrinaje a Hemingway. Todo está como estaba la última vez: en el lugar de los recuerdos, los viejos tiempos buenos y la melancolía, que es lo que suele quedar detrás de todo y si uno mismo puede contarlo. Veo el mar de Hemingway, hasta la línea del horizonte donde se aventuraba a entrar como Ulises en el Mediterráneo, a enfrentarse con los dioses submarinos y a gustar el placer de la Naturaleza profunda. Hemingway era un panteísta, un hedonista, un Macho Alfa de la literatura y la vida. Me sonrío cuando oído decir a alguien verdaderamente indocumentado que en el fondo el Gran Viejo era un homosexual contenido en un escenario en el que trabajaba como domador de leones, cazador de elefantes y escritor de novelas. En fin, como siempre, hay para todo en la villa del Señor. Como en la botica.

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