Adiós, Miami

Termina mi estancia en la FIL de Miami. Me he divertido, he tomado el sol, he hablado con viejos y nuevos amigos, he saludo a muy buenos escritores y, finalmente, he dormido muy bien. Hablé ayer un rato, en mi muy deficiente inglés, con Paul Auster. Le dije que yo había sido uno de los miembros del jurado que le otorgó el Príncipe de Asturias de las Letras y me dio un abrazo enorme. Hablamos de libros, de novelas, de editores y de islas: él me habló de Manhattan y yo de Salbago, la isla de mis novelas. Un rato después, en el hotel, me enteré de que habían llegado a mi casa algunos libros nuevos de viejos enemigos a los que no leo desde hace años y no volveré a leer jamás. No porque sean enemigos, sino porque son muy malos; es decir, son enemigos porque son muy malos escritores y aunque el enano se vista de mono enano se queda. Sé que lo hacen con buenas intenciones: me envían un presente de buena voluntad, de “coleguillas” o compinches. Para ellos, la buena voluntad es conveniencia en un momento determinado, y no tendrán obstáculo alguno en clavar por la espalda la estocada necesaria, con buena voluntad, si así fuera conveniente. De modo, que abandonen esa mala costumbre los enemigos (constatados) de enviarme sus libros para que loe lea o, en su defecto, para que yo me entere de que siguen vivos y escribiendo mal. Para mí no existen, de modo que de perdidos al río, haber estudiado más.
Me despido de Miami con una larga tomada de sol de tres horas pensando en las musarañas- Vilas y sus bombones negros han desaparecido de mi vista desde hace un par y yo vago solo por el paraíso, entre turistas brasileños y norteamericanos que los fines de semanas copan los hoteles, por lo menos aquí en Miami y, según me cuentan, en todo el estado de Florida. Qué bien.
En este adiós a Miami hay siempre un simple hasta luego. Miami para mí, ya lo he dicho, es siempre un lugar provisional, pero es una ciudad en la que me encuentro en mí mismo, pleno y completo, e incluso encuentro zonas y horas de placidez conmigo mismo o con amigos y amigos, esos que siempre esperan a uno en cualquier sitio del mundo para divertirnos y querernos. No como los enemigos que me mandan libros a mi casa, que se creen que todo el monte es orgasmo, que tanto da un beso en la boca como una puñalada por la espalda, y cosas así. De modo que estoy seguro que, a la vuelta de la esquina, se presentará otra ocasión para venir a Miami, bañarme en sus playas, comer en sus restaurantes, hablar en sus púlpitos públicos y divertirme. Porque, cuando uno ha llegado a viejo, se da cuenta de que el verdadero placer es que no te duela nada, la ausencia total de dolor y la inexistencia de grandes preocupaciones que se vienen a la cabeza más de la cuenta. Uno encuentra cierta placidez real, nada virtual, en haber encontrado esa verdad que espero que siga alimentando mi vida y mi paranoia controlada. Uno de esos enemigos que me mandan libros a mi casa, incluso dedicados de puño y letra, decía en ciertas reuniones editoriales donde mis libros iban a ser editados y necesitaban ser juzgados, que yo era un paranoico completo. ¡Qué tendrá que ver esa estupidez con que uno sea buen o mal escritor, y con que tus novelas sean buenas o malas! Estos falsos psiquiatras creen que la vida es la que ellos viven y que los demás estamos siempre asustados mirando por el retrovisor para que no nos peguen un golpe por la espalda. Pero, que conste, el retrovisor existe y los perseguidores también, ya lo decía el padre de Renzi en “Respiración artificial”, creo que así. se llamaba la novela. En fin, Miami y adiós: palabras las de hoy para una despedida que escribo ya casi rumbo a México, a Puebla, primero, y a Guadalajara, después.

Esta entrada fue publicada en Articulos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *