Bloody Miami

Tuvo su momento Chicago y todavía quedan restos. De vez en cuando se encienden historias crueles y trágicas en Miami, un lugar de encuentro y reunión, un sitio donde llegaban y llegan gentes de todas partes del mundo hispánico, desde Cuba hasta Argentina y Chile, huyendo de dictaduras, miseria y hambre. “Bloody Miami” (Anagrama) es parte de esa crónica negra, y a veces melodramática y hasta humorística (hasta el sarcasmo y más), que un rejuvenecido Tom Wolfe se ha atrevido a escribir. “Miami Vice” fue televisión y “Blooy Miami” es literatura con pretensiones cinematográficas. Para el cine, Miami tiene el paisaje, lleno de venecianos canales que se pierden en los Everglades y que, desde el avión, parecen un laberinto sin salida. Al poeta Padilla no le gustaba vivir en Miami. No le gustaban los gringos. Un día, en Manhattan, habíamos bebido lo nuestro y caminábamos de madrugada por Quinta Avenida. “Ven acá, toca aquí, esto no es más que cartón-piedra”, me dijo tocando una y otra vez las paredes exteriores de la Catedral de San Patricio. Creía que en los Estados Unidos todo era falso. Otro día, en Miami, donde fue enterrado en un triste sepelio tras morir en Georgia, lo invité a subir a una avioneta de cuatro plazas para volar a Cayo Hueso. Yo iba tras las huellas de Hemingway y Padilla, que había conocido al Nobel, no se explicaba mucho mi pasión. En el vuelo íbamos mi mujer, el poeta, un negro con los ojos muy abiertos y yo. Cada vez que la avioneta hacía un sugerente visaje en el aire y daba un coletazo a las nubes, el negro con los ojos abiertos abría mucho más los ojos, entre asombrado, admirado y asustado. Yo también iba asustado. He visitado Miami muchas veces, y cada vez encuentro ese territorio más hispanizado. Más latino, si ustedes quieren. Hay multitud de establecimientos que en uno de sus escaparates más visibles cuelgan un cartel antaño imposible: “Aquí también se habla inglés”. Y si no se mete uno en el bosque, como si fuera Caperucita la tonta, no pasa nada: en Miami, como en otro lugar del mundo, puede ocurrir cualquier cosa, pero no es lo que hace décadas, que se te pinchaba una rueda del coche y te podías dar por jodido hasta la mañana siguiente, atracado y robado, cuando no vejado y violado. Así era la vaina, pero ya no es tan bloody la ciudad de Miami. Ahora es un enorme reducto donde se habla español, un español reconocible si bien recalcitrantemente retorcido con anglicismos que ya viene de origen, Puerto Rico, República Dominicana, Perú, Venezuela. Ahora, gracias a Chávez, los venezolanos se han mudado a Miami: ahí hay, como en la Torre de David, en Caracas, una novela. O dos o tres. Hay que estar aquí para observarla, para descubrirla, yo estoy de paso, una semana en la FIL, junto a amigos como Carmen Posadas o Jorge Edwards. El lunes pasado, el todavía embajador de Chile en París y yo salimos juntos en taxi (el chófer, haitiano, como casi todos) camino del Stone Crab Joe´s, el primer y mejor establecimiento de carne de cangrejo de Florida del mundo, un lugar único como espectáculo y como garantía gastronómica. Nos bailamos un par de órdenes de bocas de cangrejos espectaculares, con un par de botellas de vino blanco californiano. Así es como hay que vivir cuando nos dejan. Hemingway hoy hubiera hecho lo mismo: venir a una FIL, soltar, hablar, pasearse, sonreír y, finalmente, escaparse al Stone Crab a darse un homenaje.
Yo leo en Miami, durante estos días, la novela de Tom Wolfe: entretenida, informativa, documentada, bien hecha por un profesional de la crónica y de la novela, una mezcla de elementos que consiguen centrar el interés de un lector activo y que renueva la creencia en aquella cosa que se llamó Nuevo Periodismo y que no era otro asunto que una literatura periodística escrita con dignidad y talento. Wolfe, Capote, Talese. Hoy en Colombia está el mejor cronista de todos los que escriben en español, a mi saber y entender no dogmático ni mucho menos, Alberto Salcedo Ramos, una maravilla de escritor que, seguro, habría sabido escribir con el Miami actual una crónica extraordinaria. Porque Miami está vivo, ya no cuela aquella vaina absurda de la “gusanera” y otras farsas del discurso retórico de la izquierda europea, tan caviar a veces, tan folklórica siempre. Ahora ya es un centro cultural de magnitudes universales, donde se celebran congresos, exposiciones, reuniones musicales de primer orden y donde hay una ristra muy notable de escritores en lengua española que están, sin duda, escribiendo las crónicas y las novelas que debemos conocer de este Miami en el que hoy estamos.

Esta entrada fue publicada en Articulos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *