En el bar del Hilton DownTown

Anoche, en el bar del Hilton, apareció Angela Davis, o alguien que se parecía mucho a ella: elegancia, mirada altiva, pelo afro, cintura fantástica, armonía en el color de su piel y en la vestimenta. Pidió un trago y se sentó entre hombres blancos muy semejantes los unos a los otros: inelegantes, llenos de tatuajes ridículos, enseñando los bíceps como si fuera su único miembro sexual, con botas de montar o chancletas de playa o piscina, una decadencia ilimitada e imparable en todos sus gestos. Un asco. La negra los miraba con una sonrisa incipiente donde podía adivinarse, sin herir a nadie, una superioridad intelectual de diez a uno. La negra, como es natural, se hizo la dueña del escenario sin esfuerza aparente alguno, mientras los blancos, como polluelos machos que todavía no se han dado cuenta de lo inútiles que son, revoloteaban a su alrededor para ver quizá quien ganaba la partida. Supe de antemano que ninguno de esos palurdos iba a poder con Angela, de quien me enamoré en unos segundos y todavía me acuerdo. Yo estaba sentado en un cómodo sofá del bar, con dos amigas con las que me hice un par de fotografías (para escándalo del ejército enemigo, a ninguno de cuyos mandos leo desde hace por lo menos cuatro años, síntoma de buena salud mental, me dicen mis médicos), pero seguía la peripecia de los polluelos blancos y la altivez superior de la negra con una mirada cercana. Como esto siga así en los Estados Unidos los blancos van a tener una decadencia terrible y ante sus ojos aparecerá ese espectro que tanto han temido: el fin de su mundo, el fin de sus vulgaridades, la llegada de la elegancia mestiza. O negra y sin complejos.
Esta mañana, en la piscina, se lo conté a una de las escritoras con las que más amistad tengo en todo el territorio de La Mancha, en versión de Carlos Fuentes. Ella es una diosa surgida del mar que escribe y es famosa por lo que escribe y la elegancia blanca que despide a cada paso. Pero no voy a decir su nombre: no quiero que el ejército enemigo sepa quién es Atenea ni quién es aquí el verdadero Odiseo. Prefiero recorrer mi Mediterráneo de ahora con absoluta libertad y ni me permito darle tres cuartos al pregonero ni confundo ya soplar con hacer botellas, como cuando era joven e insensible a la elegancia.
Me ha pesado la tarde en le Hospitality Room de la Feria del libro, en un piso muy alto del Hilton, viendo cómo caían mantas de agua sobre el sky-line del Bayside y del ámbito geográfico de la FIL. La tarde, mientras venía la oscuridad, se puso gris en el mar y, de repente, la manta de agua se acercó a la ventana y nos borró todo el paisaje cercano. Sólo algunas luces parecían luchar contra el agua, ¡cuánta agua en sólo unos minutos! He pasado un día perfecto, de los que le gustaban a Bioy Casares cuando tenía la misma edad que yo tengo ahora: sesenta y siete de día y veinte de noche. Es decir, ochenta y siete en total. Y tan campante. Y lo siento por el ejército enemigo, pero at this moment no me duela nada, ni siquiera las rodillas y mucho menos las piernas. Por la mañana, escritura. Después piscina. Luego, pescado gato a la brasa en Los Ranchos, un restaurante nicaragüense que siempre visito cuando vengo a Miami, y un buen Montecristo, mirando al mar en el Bayside hasta que comenzó a oscurecer. Todo acompañado por mis amigas, las de la fotografías que tanto han escandalizado al ejército enemigo. Después del largo y perfecto final del día en el Hospitality Room de la Feria, con café y copa, estoy ahora en mi habitación, escribiendo y, de vez en cuando, mirando por la cristalera enorme de mi cuarto de hotel, la lluvia sobre la US. One que, a estas alturas de Miami, se llama Biscayne Bouvelard. Después, en cuanto escampe, bajaré a fumarme otro Montecristo en la terraza del Hilton. Y, al final, a leer un par de capítulos de “Contarlo todo”, de Jeremías Gamboa. Advierto al enemigo, y tómenlo como un rasgo de honradez y buena voluntad, que Gamboa es un novelista de primer orden, llamado a molestar a muchos idiotas y a gustar pasionalmente a la mayoría de sus lectores.

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