Mailer en la piscina del Hilton

Ayer en la mañana, tras escribir un rato en mi habitación, en el Hilton, subí a la piscina a tomar un poco el sol y a fumarme un par de “señoritas”, mis puritos preferidos de los últimos tiempos. Al rato, apareció un tipo que era exactamente igual que Norman Mailer: estatura aguerrida, cara de cascarrabias, pelo blanco ensortijado y de emperador romano en pleno poderío. Se sentó al otro lado de la la piscina y empezó a leer un libro, luego de quitarse la ropa y quedarse en bañador. Yo lo miraba una y otra vez y me decía a mí mismo que era Norman Mailer, el mismo que yo había visto en un par de ocasiones tomando café en el bar inglés del Algonquin, en Manhattan, cuando todavía no lo habían modernizado. Ahí se reunían intelectuales, escritores y cineastas a proyectar sus anhelos y a criticar al ejército enemigo. Y aquel Mailer que estaba ayer en la piscina del Hilton, en el Downtown de Miami City, era exacto al Mailer que había visto muchos años atrás en el Algonquin. Si no supiera que Mailer murió hace años, y a pesar de eso incluso, diría que el personaje que tenía al otro lado de la piscina en carne y hueso y en bañador era el escritor que se presentó a alcalde de Nueva York, que escribió muy buenos libros y novelas y que era aficionado a las broncas con un genus irritabile espectacular. O, por lo menos, eso me enseñaron las noticias de su biografía. De repente, Mailer llamó al camarero y le pidió claramente una Coca-Cola. El camarero le dijo que el Hilton no se servía Cola-Cola, sino Pepsi-Cola y ahí llegó la ira de Mailer: le dijo al camarero que la Pepsi sabía a medicina y que él quería una Coca-Cola para tomársela con un ron. Se lo dijo gritando: que buscara una botella de Coca-Cola donde fuera, pero que no quería Pepsi-Cola. Un segundo después, subió a la piscina del hotel el escritor chileno Jorge Edwards. Venía a buscarme para almorzar en el City Hall, a dos cuadras del hotel. Hacía un día luminoso y soleado en en Miami, y caluroso, aunque en esta época del año no debería de hacer tanta temperatura. “Es Mailer”, me dijo Edwards asombrado cuando vio al tipo aquel leyendo frente a nosotros en bañador. “No puede ser”, añadió inmediatamente. Se sentó en una hamaca a mi lado y me dijo otra vez que era clavado a Mailer, y que si no estuviera muerto lo habría confundido de verdad. ¿Y quién sabe si está muerto?, le pregunté en broma. En el Hilton están hospedados todos los escritores que invitados a la FIL de Miami y por su lobby, y como ven también en la piscina del hotel, se pasean incluso los fantasmas de los escritores más famosos. Nosotros, Edwards y yo en la cena de la noche anterior, no habíamos bebida más de dos botellas de vino blanco californiano, un poco ácido para mi gusto, pero bueno para el cangrejo del Stone Crab Joe´s en Miami Beach. Y no podíamos achacar al exceso de alcohol la aparición del fantasma de Norman Mailer en un día tan soleado y caluroso en la piscina del hotel. De modo que me vestí, bajamos a la calle y nos fuimos al City Hall a tomarnos un steak a la brasa con aguacate natural y una botella de un buen Malbec argentino, a olvidarnos del fantasma de Mailer y a hablar, entre otras cosas, de Silvito “El Libre”, el hijo del cantautor de la Nueva Trova cubana, que vive aquí, en Miami, y que no quiso compartir por más tiempo las maravillas consabidas del régimen de Fidel Castro y su hermano Raúl, llamado “El Chino” en las alturas de la nomenklatura habanera.

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