Taxistas

Mi criterio sobre los taxistas es definitivo en un punto: los panameños son de los mejores del mundo. Son un libro abierto, te van informando de cuanto sucede en el país, quién roba (muchos) y quién no (pocos); te cuentan todo de los lugares que vamos recorriendo y lo hacen con una simpatía excepcional. Es una asignatura que hay que aprender cuando se viaja mucho por el mundo: hablar con los taxistas. El otro día me tocó un negro gordo loco en Nueva York. Le pedí que me llevara el Kennedy y se bajó del taxi para meter mis maletas en él. Tenía la bragueta del pantalón abierta. “Open door, dead bird”, le dije en broma y sonriendo. El loco me contestó con una serie de improperios en una lengua extraña. No hice caso. Subí al taxi y el tipo se disparó a toda velocidad por la Madison, como si tuviera que llegar a un destino inmediato en el día de ayer y hoy se diera cuenta de que se había pasado el plazo. Oía música clásica y hablaba solo, mientras hacía volar al coche. Pero es que la noche anterior, en Manhattan, me contrataron otro que todavía era más loco, aunque ni gordo ni negro: llevaba tres teléfonos abiertos y hablaba todo el tiempo con uno o con otro, equivocándose constantemente al conducir. Tuve que corregirle el rumbo un par de veces y el hombre me decía que yo me había equivocado al darle la dirección exacta. Cosas de mi inglés inexistente y de la locura de un taxi driver de Nueva York.
En Madrid los taxistas son malos informadores: todos son de derechas, por menos, cuando no se les ha subido el termómetro y se han pasado veinte pueblos hacia su misma derecha. Despotrican de todo y hacen lo que les da la gana. Les marcas un itinerario y no lo mantienen y cuando les dices que van por aquí y por allá te preguntan, las más de las veces, la razón por la que tú decides por donde ir. Cuando te les enfrentas y les confirmas que es tu derecho, siempre se arrugan: “El cliente manda”, dice. Y algunos añaden: “Aunque no tenga ni idea de por dónde tiene que ir”. En Madrid hay un taxi inglés. El asunto es que un taxista decidió comprar un taxi inglés, exactamente igual que los que se fabrican en Inglaterra para convertirlos en taxis. He tomado ese taxi, por suerte, tres o cuatro veces, porque el dueño del coche camina muchas veces por la calle Diego de León, en el barrio de Salamanca, donde yo vivo. y hemos hablado muchas veces en los recorridos que he contratado. El coche es, como es natural, muy cómodo, pero tiene el inconveniente de que en verano no funciona mucho que digamos el aire acondicionado y que en invierno la calefacción no es muy alta. El taxista me ha dado hasta el precio de lo que cuesta su coche. Y me ha contado su aventura: la de convencer él solo a todos los demás taxistas de Madrid de que cambien su coche y compren uno como el suyo. Su fracaso hasta el momento es total: ni uno solo de los taxistas de Madrid le ha hecho caso, de modo que el taxista londinense de la capital de España está ahora muy ufano con su coche. “Soy el único taxista londinense que hay en Madrid”, me dijo una vez con toda razón.
En cuanto a Panamá, en mi último viaje, hace un par de semanas, tomé uno al azar, en Río Abajo. No tenía calefacción, los amortiguadores tenían “un problemita”, el tipo que conducía no era taxista y no conocía las calles de la ciudad. Un desastre. Entre aquel calor de sauna en el interior del taxi y el aire acondicionado del hotel donde me hospedaba, más la asistencia a ese edificio enfermo y condenado que es Atlapa, agarré una gripe que aún arrastro por Nueva York y Paría. ¡Ah, los taxistas de París! Parecen estrellas de Holliwood haciendo películas del fer-west. Conducen como si todos fueran héroes del viejo oeste americano y jamás te dirigen la palabra ni aunque te vean cayéndote muerto en el asiento trasero de su coche.
Tengo mucho que contar de los taxistas del mundo y tal vez haga cualquier día de estos un relato largo titulado como este escrito dominguero. Uno de Santo Domingo merece él solo un cuento. Y otros del Distrito Federal de México, ¡para que contarles! En Santo Domingo, detuve un taxi que tampoco tenía aire acondicionado y el hombre bajó manualmente una de las ventanillas del coche y me dijo: “Ahora acondiciónalo usted, más arriba el cristal, menos aire, más abajo, mucho más aire”… En fin, otro día les cuento de los mexicanos. O de los Estambul. Una gozada.

Esta entrada fue publicada en Articulos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *