Las pequeñas cosas

Hace unos días comentaba con un viejo amigo las circunstancias de la crisis que nos acucia. ¿Es una crisis pasajera o ya todo será así, incertidumbre, nostalgia de la fiesta pasada, idea reaccionaria sobre el tiempo pasado (que fue mejor?). Le respondí con un poco de autobiografía: le dije que me entretenía y hasta me dopaba (me drogaba) con las pequeñas cosas cotidianas que juzgaba, a estas alturas, como un privilegio de la vida. ¿Qué cosas?, me preguntó. La luz eléctrica, el agua caliente por la mañana en la ducha, un buen aunque pequeño desayuno, la ropa limpia, el coche, el trabajo digno y cómodo (a mis años), la escritura cotidiana, los amigos de vez en cuando; la tarde sentado, leyendo en mi sillón mostaza, unos minutos con los ojos cerrados para un recuerdo bueno, la buena memoria de las cosas, un ron blanco seco, un buen tabaco, quiero decir, un habano, una conversación con la mujer de mi vida, que dura (la conversación) un par de horas, y parece una confesión de confianza, una llamada telefónica a los hijos, a la familia, noticias del otro lado del mar, la luz eléctrica cuando comienza la tarde amarilla en Madrid y se va el día, las sábanas domésticas, un buen libro en la cama durante un par de horas, una buena película por televisión, un pijama limpio y fresco, la calefacción exacta cuando hace mucho frío, un poco de aire acondicionado cuando hace mucho calor en mi casa, una buena música, por ejemplo el concierto de Londres de Leonard Cohen, algunas melodías y boleros que jamás olvidará, el recuerdo de un viaje feliz, un buen sueño al final del día… Por ejemplo, le dije, todas esas pequeñas cosas que hacen una gran vida donde el poder no interesa gran cosa y donde la libertad, la limpia respiración y el albedrío personal terminan por colmar el día del escritor.

Mi amigo se quedó pensando: ha caído en los últimos tiempos a la arena del circo. Estaba arriba, en el poder, colgado del trapecio sobre el vacío y sin red, pero creía que nunca se podía caer, que ese acto, el de la dureza de la caída, iba con él, que ya no pertenecía al mundo del común de los mortales sino al de los poderosos. Memento morí, le ayudé a recordar. Cuando cayó a la arena del circo, los leones se le echaron encima. Él estaba con los huesos rotos, inmóvil en el albero, mientras los leones salían de sus fosas oscuras rugiendo con hambre: allí, en el trapecista caído del cielo como un ángel malvado había carne que comer. Desde al aire los buitres se precipitaban con velocidad sobre el vencido para arrebatar el instante de gloria a los leones. El trapecista pensaba ahora, tras mi enumeración de las pequeñas cosas que dan un día pleno, además de un buen pescado a la plancha y un buen vaso de vino, que él perdió durante un tiempo largo de memoria de esas cosas pequeñas que nos perfeccionan y ayudan a llevar la vida.
No me prometió nada, sino que me pidió, al final de nuestra conversación, que le apuntara en un papel las pequeñas cosas con las que curar sus huesos, levantar su figura, respirar libre y caminar firme hasta salir del circo.

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2 respuestas a Las pequeñas cosas

  1. Hoy en dia hay muchas paginas con tema sin esencia, pero despues de haber analizado la tuya tengo que decir que es algo provechoso. Que continues engendrando ese buen vigor

  2. Por ejemplo, le dije, todas esas pequeñas cosas que hacen una gran vida donde el poder no interesa gran cosa y donde la libertad, la limpia respiración y el albedrío personal terminan por colmar el día del escritor.
    Mi amigo se quedó pensando: ha caído en los últimos tiempos a la arena del circo.

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