Una ciudad, un barrio

A veces, una ciudad o un barrio se convierten en territorio literario. El escritor, a través de su palabra y su experiencia transforma un barrio o una ciudad en un material literario que, aunque provenga de su experiencia personal y vital no tiene exactamente la misma existencia en la realidad que en la literatura. Leo con calma “Diario de invierno” (Anagrama, 1012), el último libro de Paul Auster, un escritor cuya literatura ha resultado siempre muy atractiva para los lectores europeos y no tanto para los norteamericanos. Fue miembro del jurado que premió a Auster con el Príncipe de Asturias de las Letras hace unos años. Para entonces ya era, como se suele decir, un escritor consagrado editorialmente. Su “Trilogía de Nueva York” es un caso claro de lo que queremos decir más arriba: una ciudad, un barrio, modelados en palabras por el escritor, rehecha desde recuerdos, experiencias personales y caminatas por sus calles y plazas: Nueva York y Brookyn. Sí, vivió en Nueva York y vivió en Brooklyn, como vivió en decenas de otras casas y territorios que nos describe minuciosamente en “Diario de invierno”, un strip-tease de la memoria de un escritor que tiene la suficiente vida vivida y escrita para plasmarla en un libro muy bueno, con la escritura ritual de Auster, que nos relata y retrata parte de su biografía de escritor.

Entré en Brooklyn y en Nueva York con los libros de Paul Auster bajo el brazo, como si fueran unas guías que me llevarían a los cielos de esos lugares ya míticos en la vida y la literatura, que en el caso de Auster (como en el de tantos escritores importantes) es la misma cosa. Tengo la impresión, tras leer “Diario de invierno”, que Auster, a pesar de ser un viajero incansable, no se ha movido en su vida de Brooklyn y de Nueva York. En un momento determinado, el escritor confiesa que Nueva York para él era nada más que Manhattan, y que todo lo demás, todos los demás barrios, estaba lejos.
Sucede con mucha frecuencia: es el barrio o la ciudad, la que sea, quien escoge o elige al escritor. El escritor se enamora de una geografía determinada donde sitúa su alma, como se enamora de una mujer, con pasión y amor, y es finalmente incapaz de abandonarla, salvo por espacios de tiempo en los que se recrudecen y activa el amor y la pasión por esa misma ciudad, ese mismo territorio, ese barrio en particular, que se convierte en manos del escritor en el mundo entero. Hay muchos casos en los que el escritor “inventa” otra ciudad basándose en aquella sobre la que esta escribiendo, una ciudad que incluso no importa que se parezca en casi nada a la real que nosotros conocemos, pero rara vez con la lectura de esa otra ciudad, más literaria que real, no se enriquece el conocimiento que tenemos de ese territorio transformado por el arte del escritor en literatura. Crear una ciudad, un mundo, un universo, con nombres y lugares reconocibles con palabras, las del libro donde se describe esa misma ciudad. Muchos escritores lo han conseguido y Paul Auster es uno de ellos. En “Diario de invierno” nos lo descubre (y describe) una vez más. Léanla, no perderán el tiempo…

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