Una anécdota de Fraga Iribarne

Hace unos días murió Fraga Iribarne, el último vestigio del viejo franquismo en la derecha española. Nunca tuve ocasión de saludarle y, finalmente, era para mí una anciano que me provocaba nada más que indiferencia. De modo que jamás lo conocí personalmente. Pero en el año 1979, cuando gané el Premio Plaza y Janés con la novela “Los dioses de sí mismos”, que fue juzgada con mucha severidad por la crítica literaria al uso (al uso, esencialmente de los periódicos”, recibí una llamada de Fraga Iribarne al teléfono de mi casa. Como medida de prudencia, porque no sabía por dónde venían los tiros, en primera instancia no le contesté. Después, traté de saber para qué me quería preguntando a gente de su entorno. Supe, finalmente, que esta indignado porque el nombre de su mujer, Carmen Estévez, a la que había amado hasta la extenuación y que había muerto un poco antes, había sido usado para un personaje femenino de mi novela, una revolucionaria universitaria que respondía al sobrenombre de “La Galga”, la novia de todos los revolucionarios del 68 que aparecen en la novela.

Ahí me enteré de que la mujer de Fraga Iribarne se llamaba en la vida Carmen Estévez y que, según el político gallego, yo había cometido un grave error que debía resolver cuanto antes. Opté por el silencio administrativo (la callada por respuesta, lo mejore que podía hacer en ese momento) y así devolver la moneda que el franquismo me había regalado a través del Ministerio de Información y Turismo al levantarme en 1971 un expediente administrativo contra mí y contra José ángel Valente, que me llevó catorce meses después ante un consejo de guerra en La Isleta, Gran Canaria.
Al enterarme de la muerte de Fraga Iribarne, con el tiempo por juez y la memoria por testigo, me he acordado de esta anécdota que hoy me parece incluso divertida. Durante los últimos años de su vida, cuando ya era presidente de la Xunta de Galicia, vía a Fraga tres o cuatro veces en reuniones públicas donde pude haberme encontrado con él, saludarnos, cruzar dos o tres palabras, como las he cruzado con otros de igual diferencia ideológica. Nunca nos dijimos nada, ni saludarnos. Nos mirábamos con distancia, como reconociéndonos cada uno en su propio estilo y, en todo caso, nos saludábamos en silencio, como diciendo “¡pero mira quién está ahí!”. En la muerte de ese viejo león del franquismo, que luego se camufló de demócrata (porque no inútilmente finta el fantasma), he vuelto a leer algunos párrafos de aquella novela, “Los dioses de sí mismos”, un poco la autobiografía de mi generación, la del 68 que en 1972 llega al poder y hace como todas: algunas cosas bien y muchas cosas mal. En el guión de la Historia está previsto que así sea, que entre anécdotas y realidades importantes, cada generación quiera hacer unas cosas que luego no hace sino de otra manera y casi siempre mal. Fraga quiso ser presidente de un gobierno español de la monarquía, un imposible Cánovas. Pero, en fin, en la Historia está el hombre del que acabo de contar una anécdota de mis propias memorias y que atañía (atañe) a nuestras respectivas formas de estar, ser y ver el mundo.

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