Diez años sin Cela

Tal día como hoy, hace diez años, moría Cela en Madrid, en su habitación de la Clínica Cemtro. Fui uno de los primeros en llegar y el “encargado” (por cercanía y complicidad) de recibir a su hijo, Camilo José Cela Conde (entonces enfrentado a su padre) y pasarlo a la capilla ardiente. Cela hijo saludó a la viuda del escritor, Marina Castaño, con quien tampoco se hablaba, y hubo un momento que surgió del aire: un tono pacífico y resignado ante la muerte de aquel “pantagruel” que no le cayó bien a casi nadie. Cela tuvo amigos muy cercanos, con los cuales fue generoso hasta más allá de la amistad, y tuvo enemigos con los que nunca arregló sus cuentas. En el fondo, era un ser noble, o un noble bruto que cabalgaba sobre su propia existencia con un interés exagerado. Era hiperbólico para todo: para comer, para cometer desafueros donde la moral no entraba, para dormir, para pedir dinero por su trabajo, para hablar con exabruptos que ponían los pelos de punta y hasta para comportarse en público y en privado.
Conocí a Cela cuando yo era muy joven y estaba empezando a escribir. Acercarme entonces a aquel gigante fue un atrevimiento juvenil, pero el ya gran escritor nos recibió, a mí y a otro amigo escritor, con los brazos abiertos. Lo relato en mis memorias que, a más tardar, aparecerán a lo largo de los próximos doce meses en una editorial de Barcelona. Viajé con Cela a muchos lugares, y nos divertimos mucho siempre con sus exageraciones. Ya no lo tenemos, pero quedan tres o cuatro títulos de sus novelas que marcan si no una época sí un tiempo raro en el que la literatura, amenos en España, era cosa de tres o cuatro tipos mucho más raros que el tiempo que estaban viviendo bajo una dictadura franquista interminable.

A mí siempre me acogió con bastante complicidad. Escribí sobre él y sus libros y escribió sobre mí y los míos, de modo que fuimos amigos. Pero no le sucedió así con todo el mundo: no fue del agrado de la gente y los escritores de mi generación, que no le perdonaron ciertos excesos y un injustificado desdén por la obra de los que empezaban. Cela era así. Un día le reprendí, en su casa, cariñosamente porque no leía a los más jóvenes. “Hazme un resumen de sus obras y tráemelo escrito”, me dijo por toda respuesta. Naturalmente, no le hice caso. Sé que nunca leyó a los más jóvenes, que le eran indiferentes, y hubo un momento en su vida, sobre todo después de alcanzar el Nobel de Literatura, en que se convirtió en mascota social y aparecía en todos los saraos, reuniones y fiestas donde casi nunca está el lugar de un escritor de su estirpe. Tal vez esa conducta extraña, aunque no lo era para él, desangeló y desarregló su imagen literaria en los últimos años de su vida. Ahora hace diez años que nos dejó. Los medios informativos se han hecho eco de la fecha. y muchos de los que no se atrevieron a tirarle piedras en vida del escritor, ahora lo hacen sobre su memoria y los restos de su cadáver. Para no variar en este país.

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