Culebras, culebritas y culebrones

El género televisivo del culebrón sigue gozando de buena salud. Un amigo íntimo (amigo de hecho, aunque no de lecho…) me cuenta el insólito culebrón en el que lo han metido, por sorpresa, las culebras de mala lengua. Entre otras amigas íntimas (de hecho, pero no de lecho…), tenía una en cierta manera especial. Ella le envía un mensaje rompiendo con su amistad porque, dice ella, que él anda diciendo, a todo el que lo quiera oír, que se acuesta con ella. O sea, que es su amante. Mi amigo íntimo me cuenta que lo que no pasa por la mente no pasa después por la lengua, de modo que como a él nunca se le ocurrió acostarse con ella, difícilmente, ni siquiera por notoriedad inútil, ha podido decir que se acostaba con ella. Supongo que me siguen. Ella, la culebrita, le dice a dos amigas íntimas de ambos que se enteró de que él decía que se acostaba con ella por un mensaje que recibió de otro amigo íntimo donde, sintiéndolo mucho, le comunicaba que su amigo íntimo decía que se estaba acostando con ella. Yo le expliqué a mi amigo que eso era normal en nuestros países, de ahí la popularidad del culebrón melodramático y televisivo. Le conté que hace muchos años yo tenía unos amigos, un matrimonio, más o menos íntimos, y que un día ella empezó a decir en privado que yo llamaba por teléfono a su casa cuando no estaba su marido y la amenazaba con secuestrar a su hija de dos años. Nunca me enteré de tal asunto en el momento, sino muchos años después, cuando se sabía ya que la muchacha era una histérica que se inventaba cualquier cosa con tal de llamar la atención. O desviar la atención del marido, porque en aquellas alturas del pasado ya le estaba poniendo cuernos con el vecino, en cuanto el marido se marchaba a trabajar. La vaina es terrible porque el mundo está lleno de culebras, culebritas y culebrones. Le dije a mi amigo íntimo, hablando de su caso, que a mí me parecía que lo que estaba ocurriendo es que la chica que decía que él decía a todo el mundo que se acostaba con ella lo había dicho para darle celos a un novio que vivía lejos de ella y que, inmediatamente después de enterarse del culebrón, acudió veloz y amoroso a ocupar su lecho de amor y pasión, y a tranquilizar a la culebrilla. Digo que el asunto es terrible porque mi amigo, que es casado, está indignado, se siente vejado y humillado, y amenaza con poner el caso en las manos de un abogado invencible. Además, el culebrón le ha pasado factura psiquiátrica, y el hombre, mi amigo íntimo, quiere ir a una consulta con un doctor que le borre de la cabeza el culebrón. Estas cosas pueden suceder en cualquier parte de la España en la que yo vivo, pero no creo que puedan ocurrir en Panamá, por ejemplo, donde voy (y vengo) cada vez que puedo a descansar entre amigos y amigas íntimas, con ninguno de los cuales y ninguna de las cuales ni me acuesto ni me levanto, sino que las quiero y los quiero como amigos que son. Si oyen decir por ahí que tengo una amante o lo que se entiende como tal, desmiéntanlo rápidamente. Yo, lo he confesado en público unas cien veces, estoy sexualmente exhausto, no me busquen porque no me van a encontrar. Soy un abuelo respetable que recuerda con dulzura los amores y amoríos de su vida, más de los que pueden imaginarse, pero no hablo nunca de ellos, sino que los escribo en mis novelas. Mi amigo íntimo me ha cedido la historia, y me sigue contando todo cuanto ocurre en el culebrón para que lo meta en una novela, tal vez “Boulevard Balboa”, pero yo le he dicho que en esa novela panameña no voy a meter a ninguna culebrita ni ningún culebrón. Estoy convencido de que Panamá es un país muy serio donde, por tanto, no ocurren estos hechos tan sórdidos, ni hay envidias ni nadie habla mal de nadie, sino que todo el mundo se respeta como si fueran japoneses. Ahora recuerdo, para quienes duden de mi definitivo cansancio sexual que el viejo sabio Francisco Ayala me dio tres consejos para después de cumplir más de 65 años de edad. Yo tengo ya 87, 67 de día y 20 de noche, y puedo darles a ustedes, mis lectores, los mismos consejos que Ayala me dio a mí cuando entré en mi primera vejentud: primero, dormir mucho; segundo, fornicar lo menos posible (en mi caso, nada de nada), y tercero, trabajar lo menos posible. Todo eso lo cumplo al pie de la letra y me encuentro muy bien, encantado de haberme conocido y tratándome a mí mismo como una reina de las de verdad.

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