Elogio del escritor en el exilio

El autor del “Relato de un náufrago” aconsejaba entre bromas y veras a sus amigos los escritores no correr el riesgo de vivir demasiado tiempo seguido en el país en el que habían nacido. “Sucederá”, decía García Márquez que un día cualquiera hasta el lustrabotas que no te conoce de nada te preguntará con la mayor confianza del mundo: Oye, Gabito, ¿es verdad que tú una vez te ganaste el Nobel?”. Añadía que la cultura viaja siempre en el furgón de cola. Y es verdad. Además, también es verdad que en el furgón de cola de ese furgón de cola viaja la literatura hacia una suerte de exilio que ya lleva dentro, encerrada en sí misma, la alta escritura literaria. De ahí tal vez el genus irritabile vatum, el genio irritable de los poetas, del que hablaba John Dos Passos en sus memorias: no es muy cómodo amar con descaro la tierra en la que nacimos y al mismo tiempo odiarla con pasión.
“Yo nací en una excrecencia venezolana en la desembocadura del Orinoco”. Ese es el principio de una de las novelas más hermosas de V. S. Naipaul. Se refiere a la isla de Trinidad, donde no quiso volver a pesar de las peticiones de su hermana. “Querido Vidia”, le escribió ella desde la otra metrópoli, de Nueva Delhi a Londres, donde Naipaul se encontraba ya como pez en el agua, tras sus exitosos estudios. “Tienes que volver a Trinidad y ayudarnos, como nuestros padres nos han ayudado a nosotros” le escribió su hermana. Naipaul le contestó sin tardanza: “Yo no volveré a Trinidad, porque los lugares pequeños hacen a la gente mezquina”.
“Yo nací”, y ahora me refiero a mí, “en una extravagancia volcánica, en unas islas en medio del Atlántico, a muy pocas millas del desierto africano del Sahara y bajo el Trópico de Cáncer”. Así comienza mi novela ” La playa”, aún en proceso de redacción, donde el protagonista, en primera persona, relata una larga estancia suya fuera de Salbago, que es el nombre literario que propongo para la isla; una larga estancia de cuarenta años en México, y el regreso a la llamada de la patria chica merced a la herencia de una casa espléndida en la playa. El protagonista sigue reflexionando, y definiendo su isla. Afirma que Erasmo de Rotterdam, en su “Elogio de la locura” (título de una mala traducción que ha corrido con mucha suerte a través de los tiempos), dice que en esa isla de larga data romana nació la “estulticia”, lo que es una carta de presentación bastante asombrosa para mi tierra. “La mejor epopeya histórica de Salbago “, sigue reflexionando el protagonista de la novela, “es la emigración a América y las peores efemérides son no dejar entrar al Almirante Nelson y dejar salir al General Franco camino de un desastre total para la modernidad y la civilización de España”. También fue, durante mucho tiempo, tierra de destierro y exilio lejano para ilustres revoltosos, como Miguel de Unamuno, que escribió sobre esa aventura y estancia un libro hermosísimo titulado “De Fuerteventura a París”.
En efecto, y ahora digo yo, nací en una tierra bellísima y, sin embargo, con vocación de exilio, de huida intelectual, de deseo de otra tierra, Canarias, una excepción histórica y geográfica en toda regla. Vean si no: somos geográficamente africanos, somos mentalmente hispanoamericanos, somos políticamente españoles y somos, desde el punto de vista de la mentira de raza, como bien dijo el sabio cubano Fernando Ortíz, blancos como gringos o morenitos a lo sumo parecidos en el color de la piel a los sicilianos. Y, desde luego, incluidos en la norma fonética atlántica, hablamos y pensamos muy parecido a la gente centroamericana, entre Venezuela y Cuba, o sea Panamá, más o menos. De manera que estamos al sur del sur europeo, sin ser europeos pero siéndolo, somos o éramos, en la época de la grandes navegaciones, los últimos de Europa y los primeros de América, o viceversa, sin llegar ni mucho menos a ser americanos ni europeos del todo.
El asunto, ya lo ven, es difícil de entender, porque hablamos y escribimos un español americano, somos nacionalmente, permítanme los señores académicos este desbarre lingüístico, españoles, pero nuestro camino natural fue siempre la emigración a América en grandes avalanchas históricas, legales e ilegales. Españoles, pues, raros, pero españoles al fin y al cabo, con todas las desventajas e inconvenientes de serlo, y con todas sus grandezas también nos pensamos hispanoamericanos,y así andamos por la vida, hablando e imaginando la otra tierra prometida, América, el futuro mejor de una historia inconclusa y de una gente muy humana, como todas, que nos ha hecho tal como somos.
De ahí, de ese universo pequeño y raro, salió, sin embargo, la más grande figura literaria de España y del español después de Cervantes, Benito Pérez Galdós, que se marchó de Canarias con 19 años, viajó a Madrid, se hizo inmenso en aquel entonces poblachón manchego, en la segunda parte del siglo XIX, y pasó a la eternidad, no sólo por su gran escritura literaria, sino porque los monárquicos españoles y las cuadrillas de envidiosos hicieron piña y causa común para que no le otorgarán nunca el Premio Nobel de Literatura, que en ese mismo año de la candidatura de Galdós fue regalado a José de Echegaray. Galdós sólo volvió a la tierra en que nació un par de veces y después de muerto sus paisanos lo ningunearon durante largo tiempo, el mismo que Alfonso Armas Ayala y otros liberales galdosianos trabajaron para abrir la casa natal del gran escritor en la calle Cano de la capital grancanaria. No escribió mucho sobre su tierra, aunque consta en su correspondencia el interés por todo cuanto en ella ocurría y la queja de las malas cosas que sucedían y que no eran de su agrado. Sí escribió y mucho, sobre Madrid y sobre España, en momentos históricos en los que mi país y el suyo se movía en terrenos sumamente delicados económica y políticamente. Como hasta el momento presente algunos de nosotros, Galdós supo que el mundo caminaba sólo hacia adelante y que la realidad que le brindaba aquel tiempo suyo, como éste nuestro a nosotros, era una realidad novelable. Así fue su vida, su escritura y su memoria, su permanencia en la tierra y su eternidad en el tiempo, porque el escritor a veces tiene que marcar una distancia muy clara con ese terrible vicio de la patria chica, la terrible y repetitiva llamada de la tribu, tal lo lo definiera un sabio del siglo XX, el filósofo y pensador Karl Popper.
Como bien escribió Derek Walcott en su magnífico poema “Homeros”: “Amar un horizonte es insularidad”. El horizonte, entonces, como reclamo y defensa frente a la llamada de la tribu,a la exigencia pequeña de quedarse en casa, a salvo en la cultura de la queja local y en el útero materno. La insularidad, pues, como memoria cercana para viajar por el mundo y llenar de otras vidas la superstición de quedarnos en casa, lejos del peligro de las tormentas y de los riesgos que Ulises ha de correr para llegar a Ítaca, su isla. Porque eso dice la literatura y la tradición: que Odiseo, en sus correrías por al Mediterráneo tras la guerra de Troya, desoyó la sugerencia de la diosa bruja Calipso, que le ofrecía la vida eterna si se quedaba a su lado como rey de aquella tierra mágica y mitológica. ¿El hombre más inteligente de la tierra conocida, el astuto Odiseo, el triunfador en la guerra y la paz, el heredero de las armas de Aquiles, el aventurero, el gran mentiroso que engañó a los dioses y a los hombres con tal de ganar la jugada, deja de lado la eternidad para volver junto a Penélope como rey de Ítaca? He leído la”Odisea” en griego homérico y en las traducciones españoles de los mejores helenistas que, felizmente para mí, fueron mis profesores en la Universidad de Madrid, hace ya muchos años. Y creo que el mentiroso Ulises nos engañó con la literatura, con los espléndidos hexámetros dactílicos que tal vez no fueron escritos por un hombre sino por una mujer, Nausícaa; que a él, al viajero, marino y descubridor de tierras prodigiosas le gustaba en realidad el exilio, que aceptó la oferta de Calipso, que nunca murió, sino que se quedó en la eternidad viajando por el mundo, entonces el Mar Mediterráneo; que fundó Lisboa, regó de hijos el campo de la vida, escribió unas memorias secretas, interminables y nunca encontradas, y que todavía, escondido en una antiquísima librería de viejos en Dublín, vive entre nosotros, camuflado de héroe invencible, en uno de los mejores libros escritos a lo largo y ancho de la historia de la literatura, enseñándonos a resistir y a enfrentarnos a todos los desastres de la vida a través de su propio leyenda mitológica.

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