Cumbre de la Lengua en Panamá

En Zacatecas, García Márquez sacó los pies del tiesto y bramó, provocativamente, contra la ortografía española, las “v” y las “b”, la acentuación, la “j” y la “g”; antes, a Rulfo, un tipo ya silencioso que parecía no tener nada que ver con Comala,le preguntaron qué había que hacer con las “diferencias” de las distintas “hablas” de América y España. El gran escritor echó una calada profunda a su impenitente cigarrillo y dejó para la Historia una boutade a tener en cuenta: “Había que volver latín”, dijo ante el asombro de sus interlocutores. “Estaría muy bien”, me dijo sobre este asunto Álvaro Mutis, en una entrevista muy divertida que le hice para mi programa “Los libros”, en La 2 de TVE y su Canal Internacional. Claro que en “Noticia de un secuestro”, el narrador, el propio García Márquez, levanta una y otra vez el teléfono de su casa contestando de esta manera: “¿Haber?, en lugar del esperado “¿a ver?”, propio de zonas del Caribe y Centroamérica. Estoy seguro de que algo saldrá de las alocuciones oficiales de Mario Vargas Llosa, Sergio Ramírez y Juan David Morgan, pero nunca vamos a olvidar que la riqueza de la lengua española viene precisamente de su permeabilidad para adaptarse a las “hablas” locales. No es lo mismo el español de Puerto Rico (“Arrecuérdate que desayunas café con pan”, escribe Luis Rafael Sánchez en “La guaracha del Macho Camacho”) que el español -galdosiano- que escribe Juan David Morgan en su biografía sobre el pirata Morgan (que, dicho sea de paso, y por enésima vez, no es pariente suyo ni en las lejanías de sangre); no es lo mismo el español que escribe Piglia (que escribe en un español porteño bastante culto) que el que escribe en sus geniales crónicas periodísticas el colombiano Alberto Salcedo Ramos. El mexicano del Distrito Federal hablará y escribirá de una manera, y el frontero, en pelea perpetua con el inglés, hablará de otro, un español de batalla y resistente. Hay otras muchas lenguas españolas (la que hablan, por ejemplo, los indios de Guatemala, la que hablan los indios de Bolivia o Paraguay). Como diría un Caribe, ahí está la vaina de la gran lengua española, esparcida por todo el mundo, que es de todos y no es de nadie en particular, aunque los rasgos de la comunidad hispanohablante, entre la comunicación y la alta cultura, son exactamente un universo interminable, que crece con los años y se expande con suma facilidad. Así somos de “porosos” los que hablamos español en cualquier parte del mundo. El español de Panamá es un español muy cercano al que hablamos en Canarias, frontera panamericana de la norma atlántica, incluida la fonética; el cubano y el venezolano se diferencian en casi nada y, a veces, pasan por ser la misma cosa, sobre todo en las zonas orientales.
En un Congreso Internacional de Escritores, la autoridad académica de Dámaso Alonso aseguró en una sesión de trabajo que lo que antes se llamaba “castellano” era un estado de lengua ya pasado; que ese estado de lengua se había convertido en “español” en América y que, al fin, terminaríamos hablando lo que él llamó (sic, y con toda su auctoritas) “hispanoamericano”. A Carlos Barral, eurocéntrico y, sin embargo, trasatlántico americano, le escuché decir más de una vez que “el castellano ya no se hablaba ni siquiera los martes por la tarde a las cinco en la ciudad de Valladolid”. Naturalmente, era una boutade para llamar la atención, era lo que llaman en la Colombia costeña “una mamadera de gallo”.
Tanto Víctor García de la Concha como José Manuel Blecua desmienten, junto a los académicos españolas e hispanoamericanos, a quienes sostienen de manera bastante gratuito que los académicos son unos viejitos que se reúnen para hablar de la nada y luego no hacer nada. A la vista está el trabajo grandioso que se hace: las publicaciones, las investigaciones, los congresos, cuya cumbre final se lleva a cabo en Panamá desde esta misma mañana. Porque eso es lo que es un Congreso de la Lengua de esta envergadura: una cumbre de investigadores, de habladores, profesores y escritores. La lengua española lo merece y se cumple con creces las expectativas. Desde hace años a hoy pueden observarse los cambios benéficos que se han llevado a cabo en las academias, su encuentro y entronque común, su legitimidad multilateral. Eso nos hace grandes a los que hablamos esta lengua que crece en todo el mundo. Y hace grande a la lengua con la que ya podemos ir a casi todo el mundo. Como escribió uno de los inventores de nuestra lengua literaria contemporánea, el ya citado escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, “la vida es fenomenal, tanto pal de alante como pal de atrás”. Aplicado a la lengua, sale igual: “la lengua española es fenomenal, tanto pal de atrás”.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *