La memoria y la alta literatura

Incluso los fabricantes de best-sellers, convertidos en marcas comerciales por las casas editoras de sus “productos”, quieren ser considerados escritores literarios de alta literatura. Verdad que no todos los autores-fabricantes de best-sellers son escritores de baja literatura, ni mucho menos, pero tales escribidores suelen padecer una enfermedad mortal para la literatura (alta o baja): cuando escriben, e incluso antes de escribir, piensan y repiensan con sus editores si el asunto a escribir es comercial o no. Si, a priori, deciden que no lo es, el asunto, aunque sea un tema de alta literatura, se desecha y se manda al rincón de los penosamente olvidados. Conocí de primera mano la historia de un escritor “muy vendido” durante décadas que articulaba tres finales para sus novelas. De acuerdo con el editor, escogía la definitiva: la que más comercial fuera, según incluso los propios “comerciales” a los que se les pedía consejo para tal asunto. Un día, un gran escritor amigo mío, me dijo que la noche anterior se había leído “media novela” del tal escritor (“de novelas de ferrocarril”, decía mi amigo el gran escritor). Estaba insomne y nervioso. Salió del Hotel Wellington a tomar una copa en un Vips cercano y compró una novela del citado escribidor. Le pregunté, almorzando con él al día siguiente, cómo se titulaba, de qué trataba y cómo se llamaban sus protagonistas. Dudó un poco al principio, pero luego me contestó con una contundencia feroz: “¡Ni me acuerdo, era tan fácil de leer que ni me acuerdo!”Fácil de leer: casi siempre baja literatura (literatura B). Ningún recuerdo tras su lectura, ninguna impresión. Nada o la cosa ninguna. Sin embargo, la alta literatura, según acaban de decidir unos expertos científicos en la revista “Science”, no sólo no se olvida (porque impresiona, porque hay que hacer un esfuerzo de gimnasia mental e intelectual para leerla, porque sorprende, porque es imprevisible y muchas cosas más), sino que “eleva el espíritu” y, sobre todo, y ahí está la vaina, desarrolla la memoria y ayuda a ahuyentar esa enfermedad (y toco madera) que lleva el nombre que parece alemán y termina incluso robándonos las cosas más cercanas y los nombres de las personas que conocemos, hasta que nos hace olvidar de nosotros mismos. ¡Eureka, pues! Gran descubrimiento: que la memoria es un músculo muy particular que crece y se mantiene activa mientras más la forzamos a recordar, mientras más gimnasia difícil le hacemos padecer para nuestro bien. Algunos teóricos de la literatura sostienen que no hay baja ni alta literatura, sino mala o buena. No, señores, puede haber alta literatura mala y lo contrario, aunque realmente lo lógico es que la alta literatura sea más difícil de escribir que “El código Da Vinci” o “Panamá, Panamá”, que se leen de un tirón, y se olviden de otro tirón, porque seguramente se escribieron de un tirón y sin apenas redactarla bien (ya están los correctores de estilo editoriales para situar las comas en su lugar y puntuar debidamente). A la mayoría de los lectores de best-sellers no les gusta lo que llamamos alta literatura, y a estas alturas está de más que expliquemos aquí que es la alta literatura, porque no son exactamente lectores que hacen un esfuerzo cuando el texto literario lo exige; no son lectores que busquen en un libro un tesoro que, incluso, les llegue a cambiar su vida y su visión del mundo. Por eso no leen poesía, porque (dicen que) la poesía es aburrida. Lo que buscan en un texto literario no es la dificultad de su lectura, la complejidad del asunto, la complicación de los caracteres principales, el gran tema o el tema doméstico (ahí tienen “Madame Bovary”, gran tema, por supuesto, pero doméstico), las relaciones humanas siempre complicadas. Lo que desean es un pasatiempo, un entretenimiento, les gustan los best-sellers porque son fáciles de leer, se leen de un tirón, “enganchan” desde la primera página a la última, por eso se lo leen en la cama “antes de dormirse”, soñolientos y cansados, y no con los cincos sentidos, como si estuvieran jugando una partida de ajedrez. Y desprecian la alta literatura, aunque hayan leído “Cien años de soledad” porque se convirtió en best-seller. La paradoja es que, a algún lector o lectora de novelas de entretenimiento que cree que le lectura es sólo un pasatiempo (“de ferrocarril”) y haya leído “Cien años de soledad”, le preguntamos si le costó mucho leerla y te contesta sonriente: “¡Qué va, es facilísima”. Discrepo. Muestro mi protesta más enconada ante esa estupidez. Quienes me dicen que no les costó nada leer “Cien años de soledad” no han entendido nada. O no la han leído (bien, quiero decir).

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