Japoneses

Sigo en Tokio, en la noche azul llena de luces. El miércoles pasado cené en Gompachi, en el barrio de Nishi-Arabu. Quentin Tarantino quiso rodar en este club-restaurante de comida japonesa (de primer orden) el final de su película “Kill Bill I”. Pidió permiso para rodar, pero le dijeron que no. Entonces, como saben los cinéfilos, Tarantino reprodujo el club-restaurante en los estudios de Los Angeles, tal como se había propuesto en el origen de la película, y rodó el terrible final de su film, con la protagonista, Uma Thurman, vestida con un mono amarillo y cargando una metralleta que disparaba a todo cuanto se movía delante de de ella. En nuestra cena, rememoramos la película mientras admirábamos el ambiente del restaurante, lleno de bullicio y alegría, una manera de vivir unas horas en este mundo magnífico que tantas veces parece olvidado de la mano de los dioses. Muchos amigos míos japoneses dicen que el Gompachi no es más que propaganda y publicidad, y que los turistas extranjeros se encandilan con el lugar y olvidan que hay otros restaurantes de comida japonesa “infinitamente mejores”. Yo adoro y admiro cada vez más a los japoneses: son disciplinados, limpios, educados, silenciosos, trabajadores, armónicos, cumplen sus horarios a la perfección, no llegan tarde a ningún lugar ni compromiso. Por lo menos en Tokio, ciudad fantástica que he visitado ya cuatro veces. Siempre que me marcho de Tokio, quiero volver. Me gustan sus calles, pasearlas y patearlas. Hago amistades con facilitad, en mi inglés macarrónico, que es muy pobre pero muy parecido al que hablan los tokiotas que hablan inglés: pura economía y velocidad, sintaxis loca y gran sonrisa “profidén”, se entienda o no se entienda nada. La otra mañana recorrí el Mercado del Pescado, el más grande de Asia, con unos amigos españoles y japoneses. Venía con nosotros Riukichi Terao, profesor universitario japonés, que es el único traductor de español al japonés y viceversa, del japonés al español. Es un tipo de baja estatura, que aprendió español en Mérida, Venezuela, y que habla nuestra lengua con la misma soltura y el mismo deje que un colombiano cualquiera de la costa caribe. Así es la vaina. He visto también al editor -Ido Rio- de mi novela “Madrid, Distrito Federal”, que saldrá de la imprenta en el próximo diciembre y “sobre la que tenemos”, según me dicen ellos, “muchas esperanzas”. ¡Los pobres!, la esperanza, ya se sabe, es lo último que se pierde antes de la muerte, ese misterio que no por cotidiano deja de ser el mayor enigma del mono curioso y embustero que es el ser humano. Digo mono y digo bien. Digo curioso y es verdad, hasta el punto de que hay científicos que sostienen que el mono selvático que fuimos inició el impulso de ponerse de pie y caminar en dos patas, en lugar de cuatro, para ver más lejos. Ahora, yo pienso igual que aquellos que creen que la mentira mueve montañas y, sobre todo, la vida del hombre. Hay mentirosos que llegan a la cúspide de la Humanidad, y también hay quienes dicen que el que más y mejor miente (y convence a los demás) es el mono más inteligente. Que me lo piquen menudo, que lo quiero para la cachimba. Mi estancia en Tokio ha sido bendecida por una charla junto a José Esteban en el Instituto Cervantes, durante el ciclo “Semana de las Letras”. José Esteban es amigo mío desde hace más de cuarenta años, o sea que a mí, contra lo que dicen algunos hideputas, me duran los amigos más que a las mujeres un marido (y fíjense que duramos los maridos, impertérrito el ademán). A veces, hablo en público más de la cuenta y siempre hay algún canalla que traduce miserablemente lo que yo no he dicho ni diré nunca. Ese mono mentiroso es además envidia pura y celos enfermizos. Por esas calumnias arbitrarias de los canallas, les cuento a mis amigos japoneses, he perdido yo muchos supuestos amigos en mi vida, pero ninguno de ellos es japonés. Los japoneses tienen un sentido del honor y de la palabra que los hace distintos y moralmente más elevados, no como nosotros los latinos, que mentimos más que hablamos y nos hacemos daño de una manera absurda y gratis. Tal vez venga un rato más a Tokio, dentro de seis o siete meses, otra vez a hablar de la lectura y la escritura de la alta literaturas, que provoca científicamente unos beneficios que ya quisieran otras gimnasias de mejor imagen. Por lo menos, puedo decir hoy que este viaje a Tokio me ha hecho mucho bien, me siento una persona mejor ahora mismo que cuando llegué: el contexto de respeto y educación de los japoneses es para llevárselo puesto encima cada uno y no olvidarlos jamás. Oká.

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