El colombiano monárquico

Estaba en el despacho de Carlos Barral, en Balmes (Barcelona), en mayo de 1973 cuando llegaron de imprenta los primeros ejemplares de “Summa de Maqroll El Gaviero (Poesía 1948-1970)”, con su cubierta de acetato y prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda, un texto que se había publicado en la revista Eco un año antes y que está dedicado a Hernando Valencia Goerkel, médula espinal de la revista Mito. Leí aquel libro de poemas de Insulae Poetarum esa mista tarde con un extraño fervor de satisfacción. Más tarde leí algunas de las novelas de Álvaro Mutis, gracias a la edición de “Siete novelas” que publicó en Bogotá su editor Conrado Zuluaga. Después lo conocí en México, nos divertimos mucho hablando de monarquía y república. Bastante después lo vi en el lobby del Hotel Reconquista, en Oviedo, cuando le otorgaron el Príncipe de Asturias de las Letras. Estaba también allí García Márquez, que me llamó para hacerme tres preguntas muy sensatas: ¿todavía bebes ron?, ¿quién va a ganar este año el Cervantes? y ¿es verdad que estás dirigiendo la Casa de América? A la primera le dije que sí, a la segunda le contesté que no sabía y a la tercera le señalé al pobre Rodríguez Pantoja, un inútil al que nombraron director de la Casa de América y casi termina con ella (¡y este señor fue luego embajador en no sé que país del Golfo, y algún día habrá que contar de verdad la que armó como embajador en Filipinas!). Mutis se sonrió con lo del ron y hizo una mueca de disgusto cuando les dije a los dos que el que más me gustaba de Colombia era el peor de todos, puro alcohol de quemar: Tres esquinas. Dos o tres años más tarde, luego de verlo en México y volver a reírnos con su legitimismo monárquico, le hice la mejor entrevista que yo haya hecho nunca a ningún escritor en toda mi vida. Fue en “Los libros”, un programa de La 2 de TVE, que dirigía y presentaba en esos momentos. Él tomaba una botella de vino blanco y yo whisky seco. Le hice la pregunta: ¿cuál era la solución, entonces, para lo que conocemos como América Latina?. La respuesta fue una retahíla muy coherente con sus criterios y con una lucidez histórica asombrosa. Me había estado explicando que las repúblicas americanas eran una caricatura de la democracia; que la Independencia de América había sido un enorme error histórico que no había traído al Continente más que guerras civiles, monstruosos latrocinios y asesinatos y que lo que había que hacer era volver definitivamente a la Corona de España. Lo dijo y luego asintió con un gesto. Después se echó al gaznate un largo trago de vino blanco. Yo lo miraba y recordaba mis lecturas de “Diario de Lecumberri”, “Ilona llega con la lluvia” y “La nieve del Almirante”. Me daba cuenta de que Mutis era uno de los grandes poetas de la lengua y que su invento literario del Gaviero, Maqroll, era un espléndido retrato de un Conrad viajero, aventurero y poeta, a imagen y semejanza del propio Mutis. En la entrevista volvía una y otra vez sobre la Monarquía española y la indecencia de las repúblicas. Se reía en cámara, a carcajadas, cuando recordaba que a Simón Bolívar lo habían echado de Santafé de Bogotá las élites locales al grito popular de “¡longanizo!”, escena que escribiría García Márquez en “El general en su laberinto”, novela que tenía que haber escrito Mutis pero que se “la dejó” a García Márquez con cuatro palabras: “Escríbala usted, que puede”. De modo que a Mutis le encantaba hablar de Historia y darle para atrás al disparate del tiempo; le gustaba mucho hablar de poesía y una vez lo vi discutir a gritos, aunque amistosamente, con otro gigante de la poesía de la lengua española, el mexicano Jaime Sabines. Fue en casa de Paco Ignacio Taibo I, durante algunas de aquellas tenidas interminables, llenas de tequila, amistad, larga conversación y mujeres hermosas e inteligentes. Algo parecido al cielo en el Distrito Federal de México, territorio confuso que tanto conozco, lleno de ruidos y peligros constantes. Releo algunos de los poemas de “Summa de Maqroll El Gaviero” esta mañana que escribo mi columna para El Cultural y recuerdo la bonhomía exacta de aquel colombiano monárquico, a quien se rifaban las mujeres; un tipo que se sabía de memoria el “Ars Amandi” de Ovidio Nasón y el “Pedro Páramo” de Juan Rulfo, aquel que dijo en Salamanca, en pleno Congreso de la Lengua, que lo mejor que podíamos hacer los hispanohablantes era volver todos al latín: a hablarlo, leerlo y escribirlo. Me quedo, pues, esta mañana leyendo con calma y pena, en plena armonía con mi recuerdo del poeta, sus “Reseñas de los hospitales de Ultramar”

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