Sobre Núñez de Balboa

Me han invitado, en una corta temporada, varias veces a dar charlas y conferencias sobre Vasco Núñez de Balboa. Todas las veces he rechazado esas invitaciones afirmando que no sé lo suficiente de Vasco Núñez de Balboa como para dar una conferencia. Algunos amigos, un poco descarados, me sugieren que arranque de una enciclopedia lo que haya de Nuñez de Balboa, añada algunos de mis cuentos y criterios sobre descubridores y conquistadores y ya está. Nunca en toda mi vida he hablado en público de nada ni de nadie de los que no estuviera suficientemente informado y documentado antes de que me invitaran a dar la charla. Sin embargo, tengo amigos y enemigos que le echan rostro duro al asunto y hablan de cualquier asunto por unos dólares y un billete de avión. Bueno, allá ellos con su irresponsabilidad. He visto y oído algunas de esas conferencias dadas por charlatanes que no saben nada del asunto del que están hablando, pero saben hablar de cualquier cosa de la que no conocen nada y son capaces de ello. El público, con la charlatanería, se queda absorto, como hipnotizado, y el charlatán, crecido ante el triunfo, ya sabe que tiene al toro dominado y que puede hacer con él lo que le dé la gana.
Uno de estos amigos me dijo hace un tiempo que viajara a Panamá y que diera, pues, una conferencia sobre Vasco Núñez de Balboa. “Hay un dinero y un billete de avión de ida y vuelta”, me dijo. Ya saben ustedes que yo por estar en Panamá hago cualquier cosa, pero no sin saber qué es lo que hago. Mi contestación fue mordaz y escueta: “Lo único que sé de Núñez de Balboa es que dicen que descubrió el mar del Sur, y que he vivido en dos ciudades distintas en calles que llevan su nombre”, contesté con ironía. El tipo insistió y yo insistí: no vale la pena que insistas, le dije. Y ahí quedó la cosa. Y sí, todavía vivo en Madrid en una casa que está en la calle Núñez de Balboa, en el llamado barrio de Salamanca, entre las calles General Oráa y María de Molina. Llevo viviendo en ese barrio de Madrid, mi ciudad querida, más de veinticinco años y me reconozco desde hace tiempo en sus calles y plazas, pero sobre todo en la calle en la que vivo, Núñez de Balboa. Cuando tomo un taxi en Madrid para ir a casa, siempre le digo al taxista que vaya a la calle Núñez de Balboa, “el descubridor del Pacífico”. A veces, el taxista, picado en su curiosidad intelectual me pregunta algo más de Balboa y, como no sé mucho más, le digo que al final lo mató Pedrarias, un tipo muy cruel, pero así era la vaina en ese tiempo en Panamá y otros lugares de América. Es mi manera de hablar de Panamá a alguien que tal vez no haya oído del país más que por el Canal. La prueba: “¡Ah, donde está el Canal!”, me dicen los taxistas españoles cuando hablo de Panamá. En cuanto a los panameños, muchos de ellos mulatos o directamente negros, les informo de que yo soy más africano que ellos. Se me quedan mirando como si les estuviera tomando el pelo. No, mi amigo, le digo, usted es africano de origen, pero americano de nacimiento, yo soy africano de nacimiento, pero español de nacionalidad. Los taxistas panameños no se asombran porque, lo dicho, creen que les estoy tomando el pelo. “Yo nací en una excrecencia volcánica, a unas cuantas millas de desierto del Sahara, en una isla en medio del Atlántico y sobre el Trópico de Cáncer. Y aquí me tiene, tan blanquito. Esa es la vaina”, les digo. Algún día tendré que dar una conferencias sobre Canarias en Panamá, para explicar la excepción que somos los canarios en el mundo entero: unos tipos que nacemos en África, somos políticamente europeos y cristianos, tenemos una educación española, pero pensamos y actuamos como latinoamericanos. Siempre dije que Canarias es un Archipiélago al que le falta el negro como elemento activo en su Historia, lo que es otra contradicción viviendo tan cerca de África. Y es un Archipiélago que debiera de haber estado en América, en el Caribe, entre Cuba y Venezuela, o sea Panamá, que es donde yo estoy muchas veces sentimental y mentalmente: viajando y pensando en las tierras que me gustan, las tierras que amo con pasión y con las que sueño a cada rato. Y a las que siempre quiero volver, aunque nunca a costa de Núñez de Balboa, el descubridor del Pacífico (que ya estaba allí cuando él llegó, por cierto), el tipo que da nombra a la calle en la que vivo en Madrid.

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