Hay Festival, en Segovia

Este asunto de los festivales literarios tiene, como todo, dos caras. Muchos de los escritores asistentes no lo hacen movidos por su ego, que es por lo que nos movemos los escritores casi siempre (empezamos hablando de literatura y terminamos hablando del dinero que no tenemos), sino por la curiosidad intelectual de ver a otros escritores amigos o conocer a nuevos que seguramente valen la pena. Ando en estos festivales, aunque al Hay Festival, es la primera vez que voy, desde que era un jovencito presuntuoso y lleno de vanidad, que se creía que por estar en estas lides ya había llegado al cielo de la literatura. Los jóvenes escritores se sacan fotografías con “los grandes” en esos certámenes llenos de figuras y, años más tarde, pueden exhibirlas como trofeos de caza en tiempos ya pasados.
Tengo que decir que me divierto mucho en estas reuniones de escritores. Primero, porque, aunque ustedes no se lo crean, hay escritores que tienen un humor pegadizo y eso nos hace a todos más jóvenes; segundo, porque hay escritores que no tenemos una gran dificultad en ser y hacer amigos entre otros escritores que acuden a nuestra misma cita, y tercero, porque, en el fondo, nos reconocemos en la gente que nos reconoce.
Una vez en Póvoa de Varzim, en Oporto, Portugal, hice un juego de palabras que duró más de media hoy y que hizo reír, con sus chistes incorporados, a todo el auditorio. No me pregunten qué dije, fue una especie de milagro que enredaba verbalmente una historia con otra, sin solución de continuidad y -al menos eso me pareció y a la gente también- y con cierta brillantez. Eso, mi intervención, obligó nada menos que a Eduardo Mendoza, siempre sobrio, a estar más brillante y chistoso que yo, lo que resultó todo un divertido espectáculo en el que el talento del novelista quedó por encima de todo y de todos. En esos juegos literarios he hecho de todo, desde ver un muerto en un burdel -en un piso séptimo de un burdel- en el Distrito Federal de México, hasta bailar con una famosa escultura internacional que, entre todos los guapos escritores que había en aquella reunión de Baja California Sur, en la ciudad de La Paz, junto al mar, escogió al más feo, pero a uno de los más jóvenes: yo. He visto también en esas reuniones muchos disparates y excesos, muchas borracheras infames de escritores y escritoras famosos, espectáculo lamentable que ha ido haciendo mella en su imagen y en la vida de cada uno de ellos y ellas.También hubo tiempo para la aventura y la adrenalina, para la diversión y la seriedad, y en general son lugares donde campa la libertad por sus respetos y donde la diversión puede surgir en cualquier momento.
Mañana voy a Segovia a hablar en público con Vargas Llosa sobre su novela “El héroe discreto”. Una hora entera tenemos que llevar de palabras, las nuestras, sobre esa novela que marca una diferencia con el otro Vargas Llosa, el acérrimo crítico del subdesarrollo cultural, económico y social; el crítico acérrimo del racismo y de la falta de libertad. Este Vargas Llosa es más abiertamente optimista, en lo que se refiere al Perú emergente, y la crítica es un tanto melodramática, como si estuviera uno leyendo (o viendo) una telenovela latinoamericana. En cierto momento de la lectura de la novela de Vargas Llosa he creído que el texto es un encargo que Mario le hizo a Pedro Camacho, aquel escribidor de la novela de “La tía Julia y el escribidor”. Mientras escribo esto, también les comento que estoy terminando el texto de un manual titulado “Para leer a Vargas Llosa”, con ideas generales sobre la vida y la obra del novelista, sus ideas políticas, sus creencias públicas y su “solitaria” literaria. Pretendo, con el permiso de Vargas Llosa (que no si obtendré) añadir la conversación de mañana en el Hay Festival de Segovia, y otra que tuvimos ya sobre la literatura en general en la Universidad de Sofia, en Bulgaria, que estas dos conversaciones figuren como addendas del librito-manual que estoy terminando. En fin, otoño entretenido, porque dentro de unos dos o tres tres días me marcha en viaje a Tokio y Kioto, Japón, donde voy a estar por más de diez días hablando y hablando sin parar de literatura, el vicio que nos mueve y nos hace vivir creyéndonos que somos inmortales. La gente irá a Segovia, primero a comer cochinillo o cordero; y después a escuchar a los escritores. No es mala digestión. Y hay que hacerlo todo bien. A estas alturas, no se pueden conceder peldaños al error, de modo que habrá que estar a la altura, y en la buena medida de las cosas que se espera de nosotros.

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