Flaubert en el Perú emergente

“El héroe discreto”, la última novela de Vargas Llosa, relata un asunto de provincias en el Perú emergente. Es, además, la más flaubertiana de las novelas de Vargas Llosa, más incluso que “La tía Julia y el escribidor”. Ni un error en el párrafo, ni un fallo en la frase. Siempre “le mot just” como unidad literaria de la novela. Felícito Yanaqué es un empresario emergente de Piura, ciudad en que el novelista vivió en su adolescencia y cuyo recuerdo dio pie a algunas historias de “La casa verde”; Ismael Carrera es un rico empresario de Lima. Los dos tienen su historia empresarial, la historia en la que el novelista cree desde su vital ideología: el trabajo perseverante desarrolla el talento y la riqueza. El triunfo en la vida depende de la suerte, pero la suerte hay que buscarla con tenacidad insaciable.
El Perú actual, parece decirnos el novelista desde el fondo de su relato, es el producto firme del trabajo, de la estabilidad política, del pacto de clases sociales, de la civilización. Y es, en verdad, así el Perú actual, al menos en las zonas urbanas, donde el desarrollo económico es más que visible. Las clases medias eran, hace tan sólo unos años, un porcentaje mínimo (sobre el 7%), hoy llegan al 28% en una crecida social que satisface al novelista. De ese Perú escribe Vargas Llosa “El héroe discreto”. Dos de esos empresarios ascendentes y ricos del país son atacados por la parte perversa del progreso: la delincuencia en el ámbito familiar y cercano, en el caso de Felícito Yanaqué; la envidia doméstica en el caso de Ismael Carrera. Los dos sufren el ataque de los suyos para robarles. También es ese el resultado del enriquecimiento del país: las delincuencia, el robo, la sordidez de la extorsión, la envidia social. En la novela, aparecen otros elementos y personajes de la novelística de Vargas Llosa, el sargento Lituma, don Rigoberto con su aventura familiar (“Elogio de la madrasta” y “Las cartas de don Rigoberto”), ya a punto de jubilarse, con su sempiterna manía por la cultura, especialmente por las artes plásticas. Hay, sin embargo, un cambio en los parámetros clásicos de las novelas de Vargas Llosa: aquí, en “El héroe discreto”, los padres no son exactamente los personajes malvados condenan a sus hijos a una existencia infernal; los padres, en esta novela (lo que resulta insólito en Vargas Llosa), son los buenos de la historia.
En el Perú actual, el de la estabilidad política, el ascenso de la clase media y la pujanza económica hay, empero, un temor: que la burbuja llegue en cualquier instante y se regrese a la pobreza secular a la que ha estado sometido. La novela de Vargas Llosa dice lo contrario: que la vida siempre premia al que trabaja, al combatiente diario, al luchador con fe; que la vida siempre premia al hombre honrado y esforzado que crea riqueza y país; que la vida es el medio y que el Perú es un país como otro cualquiera, que tiene una democracia occidental como otra cualquiera y que puede llegar a ser, y va camino de ello,un país rico como otro cualquiera.
¿Es un sueño? Este Perú pujante, también lo dice la novela en los “sucesos de provincia” que relata, tiene muchos, profundos y difíciles que resolver, pero hoy en día el país es una tierra de acogida. Ya los peruanos no se van del país por motivos económicos. Al contrario: regresan. Y vienen extranjeros, muchos y bien formados, a trabajar al Perú. Un gran empresario limeño, que en el pasado sufrió en carne propia los crímenes de Sendero Luminoso (mataron a su padre delante de él cuando era apenas un adolescente), me contó en un almuerzo amistoso que tuvimos hace un tiempo en tiempo en Lima, que hizo un “casting” para contratar a cien profesionales del mundo entero para sus empresas. Más del 30% eran españoles, jóvenes universitarios “con una formación bárbara”. ¿Y la hipotética burbuja, y el resurgimiento de Sendero Luminoso, y la pobreza selvática, y el narcotráfico internacional, y la diferencia injusta entre las clases sociales, y…? Sí, los problemas reales o supuestos son innumerables, y hay que atacarlos todos a la vez: la clase media exige consumo, las clases bajas quieren ascender a la clase media y las clases altas y altísimas, siempre hablando en términos económicos, quieren ser más altas y más altísimas. Ese es el Perú actual, en de “El héroe discreto”, no el de sórdido de “Conversación en La Catedral”, ni el de “Historia de Mayta”.
En los últimos viajes que he hecho a Lima, con bastante frecuencia por razones de la Cátedra Vargas Llosa, de la que soy director, he encontrado una ciudad muy distinta a la de hace tan sólo diez años. Es, como decía Salazar Bondy, “Lima la horrible”, pero no sé por qué su limpieza actual, la calma social, el trabajo que crece sin parar y la vida de la gente expresan una diferencia abismal con el ayer reciente. ¿Eso que ha querido escribir y describir Vargas Llosa en “El héroe discreto”? Una de las razones por las que Vargas Llosa pierde en 1990 las elecciones frente a quien luego fue un dictador y un ladrón, fue Alberto Fujimori, un candidato inventado por el APRA y la izquierda peruana para que no ganara Vargas Llosa, es porque pronosticó lo que los peruanos no creyeron: que el Perú podía ser un país rico. De hecho lo es. Y aunque es la más flaubertiana de sus novelas, “El héroe discreto” sigue el pie de la letra lo que dijo Balzac: que la novela es la historia privada de las naciones.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *