Aparta de mi ese cáliz

Mucha de la gente con la que hablo casi todos los días, me dice casi todos los días que está a punto de irse a vivir fuera de España. Que la situación actual no sólo los asfixia económicamente (¿a quién no?), sino que los mata sentimentalmente; que la corrupción en España va en aumento, como el paro, y que el país ya no tiene remedio. Encima, los catalanes independentistas se han puesto pesados con la sardana cotidiana que nos dice adiós, pero nunca terminan de irse. De modo que mucha gente quiere apartar de sí el cáliz de España, que tiene una historia muy complicada. Tengo la impresión de que los españoles, en general, no somos ni peores ni mejores que cualquier otro pueblo, que conforma un país múltiple, de varias culturas y lenguas; tengo para mí que quienes ahora se quieren ir, despreciando al país y buscando fuera lo que no pudieron encontrar dentro del cáliz de España pueden estar cometiendo el error de su vida. España es un país con un buen clima, de inviernos casi siempre suaves y de sol veraniego que invita a playa y montaña, a ocio en general. Que no trabajamos lo suficiente, según los alemanes, no es verdad exactamente: trabajamos de otra manera, no de una forma marcial y tenemos una medida del tiempo meridional, mucho más suave que el gélido panorama de los países nórdicos, que en muchos casos pueden servirnos de ejemplo de convivencia.
Recuerdo, porque ya tengo muchos años, cuando España era un país gris, militarizado, un pueblo miedoso a los pies del franquismo. Si la Guerra Civil fue mala, mucho más larga y lóbrega fue la posguerra. Pero Franco se murió, y muerto el perro, digan lo que digan, desapareció la rabia. Sí, quedaron restos, en las derechas y en las izquierdas, pero los vicios de esta España democrática no son los mismos que los de la dictadura, que era la corrupción total, como cualquier otra dictadura en el mundo. Me dicen algunos que se van porque España no ha cambiado tanto como sostenemos los más optimistas del país: agárrame ese cangrejo que va por agua a la mar. Un deslenguado Alfonso Guerra, que fue vicepresidente del gobierno español de Felipe González durante algunas de sus legislaturas, llegó a decir en público que cuando ellos, los socialistas, salieran del poder luego de gobernar durante algunos años, a España no iba a conocerla ni la madre que la parió. Y así fue, y no pueden dolernos prendas al reconocerlo. Esta España no es aquel cáliz del que huyen estos nuevos exiliados, aunque otra cosa muy distinta es el exilio económico de quienes no encuentran un trabajo digno que es deber incumplido del país buscarles a todos. Sobre todo a los jóvenes, que no encuentran salida a las apetencias, ilusiones y ambiciones de su profesión y juventud. En este caso, también hay que reconocer que España es un desastre y que estamos fracasando con nuestra juventud, la más preparada históricamente de todo el tiempo que España es España, más de cinco siglos. Porque no hay que olvidar que este país, este cáliz, esta España puede que se encuentre en una larga temporada de decadencia histórica, y que no pase por su mejor momento. Tampoco hay que olvidar que en peores garitas hemos hecho guardia y que, a pesar de ser un país de exiliado, también lo hemos sido de acogida en todos los sentidos.
Ahora tocan otra vez, nos están tocando, las verdes: hay que aguantar.
En mi caso particular, confieso mis privilegios, tal vez ganados muchos de ello con mucho trabajo, a pulso y con los años de la perseverancia. No siempre fue así, hubo batallas que ganar, hubo guerras perdidas, hubo terremotos y divorcios, hasta que me llegó la hora de la placidez de estos años, en los que me río de todos y de todo, empezando por mí y por cuanto hago en público o en privado. Pero, ¿y la armonía interior? Esa no se la pienso dar a nadie.
Ahora mismo, el cáliz de España está ubicado en la desesperanza. La gente no cree en el país, que es como decir que la gente no cree en sí misma, porque si la gente no es el país, ¿qué es el país? Sí, es verdad, las clases dirigentes dan un ejemplo para no seguirlo; sí, es verdad, la crisis no sólo es económica: es de valores más serios que los números. Pero el país está en pie, renqueando como un viejo monstruo. Y en paz. Un ejemplo para quienes buscan la violencia social por el más mínimo contratiempo. De modo que me quedo a vivir en el cáliz, en España, en Madrid, la ciudad de mis sueños, uno de los amores más claros y benefactores de mi vida.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *