El regreso

Dicen que volver es morir un poco. Es verdad, pero siempre hay que regresar a algún lugar, a ser posible a la propia casa cuando nos espera la placidez cotidiana, que no siempre es así. He regresado una vez más a Madrid, desde Panamá, donde me hubiera gustado estar al menos un par de semanas más. Siempre que regreso a mi “sitio”, recuerdo la película “El regreso”, dirigida por Hal Ashby y felizmente interpretada por Jane Fonda, Jon Voight y Bruce Dern, entre otros. Es una película contra la guerra del Vietnam: una manera de ver las cosas desde una perspectiva realista. El lisiado en la guerra lo será de por vida (Jon Voight). La mujer de un general (o un coronel, que también hace la guerra en Vietnam, no recuerdo bien su rango militar) hace trabajos sociales con los heridos de la guerra, y conoce al herido para siempre. Se enamoran, viven una pasión enloquecedora e inolvidable: viven la vida de dos cuerpos jóvenes que se encuentran en la soledad y el dolor de sentirse inútil para siempre. Pero el general (o el coronel) también regresa. Y ella, honrada, le cuenta lo que ha sucedido en el tiempo de la ausencia. Recuerdo al coronel (o al general, ya saben no lo sé bien) entrando desnudo en el mismo mar donde los dos protagonistas, su mujer y el mutilado en Vietnam, paralítico para toda vida, han vivido su amor confeso y convicto. La película es una maravilla de guión, una maravilla de interpretación, una fantástica maravilla de ritmo y ejecución (y de dirección). No sé cuantas veces la he visto, pero desde que se estrenó en España, en 1978, cada vez que tuve ocasión fue a verla o la puse en mi casa, en mi televisor, que es donde más cine veo ahora, cuando ya tengo tantos regresos encima, sin ser coronel ni general.
A veces se vuelve con mala gana, porque el trabajo que ejecutamos no nos gusta, o porque simplemente no estamos hechos para ese trabajo, para ningún trabajo, sino para el goce y el ocio, para el placer, la contemplación y la reflexión. Mi trabajo es de ideas y de dirección: pensar ideas nuevas y ponerlas en marcha, a veces escribirlas y otras llevarlas a cabo, forma parte del placer que tengo como trabajo. Ya lo sé, me confieso un privilegiado de la vida, jamás quise hacer dinero porque creo que es más difícil ser un buen escritor que ser un hombre rico. El rico lo puede ser si se entrega desde el principio de su vida amasar dinero, “riqueza”, sin ningún otro principio ni escrúpulo. Un escritor bueno puede no ser rico, incluso puede ser pobre, pero será más rico que el rico, porque normalmente el rico sabe el precio de todo y el valor de nada, mientras que el escritor sabe el valor de todo, el valor de la vida, y no le importa nada o casi nada el precio de cualquier cosa. Ya ven, este regreso me ha dado por filosofar por escrito y contar algunas de las cosas que me pasan por dentro, regocijado con mi vuelta al trabajo, a la rutina, al cotidiano vivir que nos hace tal como somos. Esa es otra: la distinción entre la rutina y el hastío. La rutina puede, al menos en un escritor, representar el éxito literario, y otros éxitos además, mientras que el hastío es la consecuencia del hartazgo, del encontronazo de los deseos con la realidad, del golpe de la realidad con nuestros propios deseos.
Ahora que es tiempo de volver, también recuerdo canciones que tienen que ver con el regreso: volver para qué, para sentir otra vez que se desboca tu ausencia…, entonces, ¿a qué volver? Tiempos y memorias de juventud que felizmente me acompañan hasta esta plenitud de mi primera vejentud, a los 87 años y un par de meses (67 y un par de meses de día y 20 exactos de noche). De modo que no me puedo quejar: ni de mi humor ni del regreso, tal vez en mi fuero interno y más callado lo estaba deseando. Soy, dicen, un culo de mal asiento. Yo respondo: la cosa no depende de mi culo, sino del asiento, que a veces no es conveniente ni saludable. Lo demás ya será un año por delante en el que hay muchas cosas que hacer y muchas escrituras literarias que escribir. El músculo, pues, ha dejado de dormir, no como en el tanto clásico. Llueve en esta tarde sobre la Sierra de Madrid. Muy suavemente. Corre un aire agradable. Huele a tierra mojada. Todo es una delicia, incluso la noche cayendo sobre nosotros, un día de agosto, casi al final del verano.

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