“Réquiem habanero por Fidel”

Me he pasado estos quince primeros días de agosto revisando el texto de una novela que me publicará Alfaguara en uno de los tres primeros meses del año que viene: “Réquiem habanero por Fidel”. Una noche me levanté al baño y, medio dormido, oí una voz -la mía misma- que me decía que Castro se iba a morir y yo no tendría una novela que terminara mi trilogía habanera. Al día siguiente, dejé todo cuanto estaba haciendo y me puse a escribir “Réquiem habanero por Fidel” con una fe loca en lo que estaba haciendo y como si el sátrapa cubano estuviera en las últimas. Anduve metido en esos jardines cubanos más de un años y medio, hasta que de repente, y sin morirse el dictador, acabé de escribirla. Entonces me di cuenta de que había estado escribiendo una tragicomedia. Si “Así en La Habana como en el cielo” es un drama y “El Niño de Luto y el cocinero del Papa” es una tragedia, “Réquiem habanero por Fidel” es una tragicomedia. Hice dormir el original durante un año y mi agente terminó por contratarla para Alfaguara. Estoy feliz con ese resultado porque me gustan los libros que hace esa editorial; me gustan, quiero decir, como objetos, bellísimos libros que van ganando terreno estético cuando el libro casi siempre es un elemento de cambio social y no es ya un objeto sacral sino para unos pocos.
Al terminar de corregir “Réquiem habanero por Fidel”, terminé de reírme. Empecé a hacerlo en la primera página, cuando la vedette cubana que viva en Barcelona llama a su padre, ex-coronel del G2 cubano para decir que esta vez sí era verdad que “el viejo se murió”. Al viejo coronel, que anduvo por Angola y en otros menesteres de la falsa Revolución hasta llegar, al final de su vida, a taxista en un barrio de La Habana, se le aflojaron los músculos y se preguntó de sopetón qué va a ser ahora de nosotros, los que lo hemos seguido con una fe religiosa e invencible. Toda la novela es un repaso de la vida pública y privada del coronel y la disección de algunos casos importantes en los que anduvo metido durante su vida de policía al servicio de los Castro. Por ejemplo, el “caso Padilla”. El coronel fue, en este asunto tan importante para la historia de Cuba y de toda América Latina, el “policía bueno”, mientras que el teniente Álvarez fue el “policía malo” que le tiró a la cabeza al poeta Padilla el original de “En mi jardín pastan los héroes”. El golpe le dejó una amplia cicatriz al poeta. La realidad y la ficción se mezclan en la historia real y ficticia de Max Marambio y de algunos otros niños mimados de la Revolución fracasada que terminaron por ser traidores a ella y a sí mismos. Me he divertido tanto releyendo y corriendo el “Réquiem…” que me he hecho de nuevo la misma ilusión que cualquier escritor joven con uno de sus textos narrativos: que los lectores que se acerquen a sus páginas terminan por reírse tanto como yo lo he hecho. Porque la novela está llena de historias complicadas como La Habana y hechos históricos o domésticos que llenan la cotidianidad de la vida en la capital de Cuba, en la isla y en todo el archipiélago. Ahora que Fidel Castro, según nos dicen sus gacetilleros oficiales, se ocupa en su interminable senectud de estudios de biología, agárrenme ese cangrejo que va por agua a la mar, releer esta novela en pleno verano me ha provocado una frescura de mente que me da muchas fuerzas para seguir escribiendo todos los días dos o tres horas, como lo he hecho desde hace unos años para acá, al dejar la radio, la televisión y todos esos entretenimientos alimentarios que, finalmente, no fueron más que una anécdota en la vida del escritor que soy.
No me pregunten por qué aquella noche me desperté soñando con la muerte de Fidel Castro. Como pueden imaginarse, no es nada original por mi parte. Hay millones de cubanos que desean lo mismo, lo digan o no, aunque ya sabemos que el negocio y el dinero de la isla y sus tierras adyacentes ya están repartidos entre quienes serán los nuevos ricos de una transición que llegará cuando la gerontocracia caiga en el final de sus días, gracias precisamente a la precisa biología que ahora estudia el sátrapa. “Réquiem habanero por Fidel” no tiene en cuenta, al final, si Castro murió en la novela o en la vida real continúa caminando en su locura de vejez. El texto es independiente de la realidad histórica. Y yo estoy feliz con el resultado que espero que todos ustedes pueden leer en cuanto pasen los meses de verano y otoño.

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