Sobre la cultura subvencionada

La cultura subvencionada siempre me pareció y me parece sospechosa. Ahora, con bastante justicia, hay un clamor general porque el gobierno español, y en general los de todo el mundo, no miran con buenos ojos los ámbitos culturales que, muchas veces, necesitan de subvención, de financiación oficial, de cierto paternalismo institucional para sobrevivir. Pero ¿cuántos mediocres se ha elevado a a los altares de una supuesta excelencia cultural gracias a las bendiciones oficiales? Todos conocemos a gente, muchos de ellos creadores que prestan su talento a la “causa” política a la que “pertenecen”, que se pliegan en su propia actitud y en la de los demás -aquí están los sectarios- para poder “triunfar” en las lides y en los negociados en los que se baten. Mal asunto. Los conozco: suben hasta el cielo empujados por los suyos y bajan al silencio cuando los suyos se van del poder. Esa subvención es mala, porque el triunfo de los mediocres y de los chupatintas ideológicos no es más que un fraude moral y estético. Ya lo sé: la independencia se paga, pero al final aquellos que demuestran su independencia y su juicio crítico terminan, tal vez más tarde que pronto, por demostrar sus razones. Sin embargo, el cultureta subvencionado no tendrá inconveniente en falsificar incluso los datos históricos en beneficio propio y de la “causa” que le da de comer. No nos extraña nada que ahora se diga desde la Cataluña subvencionada que el Quijote fue escrito en catalán y que, en realidad (hay realidades tan fantasmagóricas que provocan hilaridad), Cervantes era catalán y se llamaba de otra manera muy distinta a la que siempre hemos conocido. Agárrame ese cangrejo, que va por agua a la mar.
En España, y en casi todas la partes del mundo, se ha llegado a entender por parte de las instituciones que la cultura sólo es subvencionable si se deja manipular por el poder, si se somete al mandato del poder, si deja ese espacio crítico al poder de la “causa”. Ahora hemos llegado a otros extremos: nada de subvenciones para la cultura. Pero ¿cuándo la cultura no ha viajado en el furgón de cola de la existencia oficial e institucional? Dicen los analfabetos que la cultura es un lujo caro que en tiempos de crisis no se puede pagar. Aunque ellos siguen cobrando lo mismo por lo mismo: por no hacer nada y no decir más que tonterías, en las que se enfangan por falta total de pensamiento y discurso. Así somos “todos ellos”.
Subvencionar la cultura de excelencia: me parece perfecto, con excepciones. Subvencionar la cultura de los mediocres: ni un euro, por favor. Convengamos que, en muchas ocasiones, se nos ha dado gato por liebre, se han subvencionado proyectos “culturales” que son, ya en el proyecto, un sonrojo estético y ético. No digamos en los resultados, siempre inclementes, o todo lo contrario: clamando al cielo. Hubo un tiempo en que todo el mundo estaba subvencionado. Quien no tenía una subvención cultural no tenía apellido ni proyecto y estaba condenado al purgatorio del silencio o al silencio del infierno. Floreció la mediocridad disfrazada de excelencia, pero ya se sabe lo que ocurre con la mona: ni vestida de seda nos puede engañar.
Ahora, en la debacle y ruina generales, lloran muchos la falta de apoyo institucional a sus “proyectos” culturales. Que me los piquen menudos, que los quiero para la cachimba. Es en las crisis donde el temple de un verdadero creador independiente sale adelante, no en la riqueza subvencionada. Empresa subvencionada, empresa fracasada. A la vista están los cientos de ejemplos que podemos poner encima de cualquier mesa para debatir de estos asuntos. Nada hay, desde luego, que puede mirarse culturalmente desde el dogma, pero nada debe de haber que se disfrace de cultura, de proyecto cultural, y se pida a la Administración, cualquiera que ella sea, un dinero o unos dineros que estaría bien dedicarlos a una empresa de más altas miras. No digo nada que no tenga, a mi modo de ver, sentido común. Quienes tergiversan y buscan “el íntegro”, son los cientos de mediocres que pululan por las instituciones pidiendo limosna más para sus propios menesteres cotidianos que para el proyecto cultural que dicen defender.

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