Alcoholes

Muchos escritores creen que el alcohol es un elemento esencial para la creación literaria. Con esa razón tienen suficiente: ni desarrollan el talento en el trabajo diario, ni se refugian en la rigurosa seriedad de un horario de labor. Nada: tres tragos y al tajo. Picasso no bebió mucho en toda su vida y ha dejado en alto el pabellón del arte internacional y sin tiempo. Hay escritores que sí, que necesitan de los alcoholes para desarrollar su obra maestra, que escriben apenas sin darse cuenta.
En mi casa de la Sierra de Madrid, donde veraneo en la más absoluta soledad familiar y doméstica, tengo una fotografía vieja de Malcolm Lowry, el escritor de “Bajo el volcán”, una de las novelas que más me han impresionado en toda mi vida. Ilegible a ratos, fantástica en muchas páginas, gran novela siempre, “Bajo el volcán” es el resultado de un talento literario poco común con una borrachera de mezcal, un alcohol que a mí me supo a petróleo cuando lo probé. Por devoción literaria a Lowry, siempre tengo en mi casa una botella de mezclan “El gusano de oro”, pero no le echo un tiento ni loco. Es para las visitas, a poder ser escritores a los que les gusta el alcohol de maguey, el petróleo al que me refiero.
Durante un tiempo de mi juventud me aficioné a la vodka por prescripción “intelectual” de Carlos Barral, que bebió mucho en su vida, porque le gustaban los alcoholes, aunque sabía que ese brebaje no servía para escribir. Es decir, no mejoraba la escritura, pero podía empeorarla con su suma facilidad. Tanta vodka diario me hizo caer gravemente enfermo de pancretitis, doloroso ataque de muerte que me tuvo a las puertas de la otra vida durante cinco días. No volveré a beber alcohol en toda mi vida, le dije a los médicos que me salvaron la vida. “Volverás, nada más salir de aquí. El alcohol es muy bueno”, me dijeron proféticos. Pero ya no exageré: volví a beber, me emborraché con licores y alcoholes varios en muchos puertos y ciudades del mundo, pero no me pasé de la raya que me había mentalmente marcado durante la enfermedad, que me tuvo alejado de los “platós” intelectuales durante más de un mes de hospital sin comer ni beber nada: alimentado sólo con líquidos y vitaminas con jeringuillas que me atravesaban la piel y me dejaban exhausto, envuelto en una soñarrena donde iban y venían fantasma siempre enemigos. Fue una mala temporada, pero aprendí de la tajada. A amigos míos muy queridos, entre ellos Carlos Barral y Heberto Padilla, se los llevó en definitiva el alcohol para casa del carajo, y yo los recuerdo ahora como si fuera ayer, cada vez que me tomo un trago de amistad.
El año pasado me tomé a sorbos una botellita de absenta y sólo se me ocurrió hacer un retruécano, muy celebrado, con el verso de Neruda: “Me gustas cuando callas/ porque estás como absenta”. El resto fue aplauso, primero, y después silencio. En este verano, mientras leo y observo por las noches el cielo límpido de la Sierra de Madrid, me tomo una copita nocturna de ron Santa Teresa de naranja, un regalo que me hicieron el año pasado mis amigos venezolanos cuando estuvo en la FiluC, en Valencia. Es una exquisitez de primera dimensión, pero llama ese alcohol mestizado con naranja a seguir bebiendo y soñando con las estrellas hasta el amanecer. Yo ya conozco la noche de sobra, y sé que a ciertas edades el que no tiene buena noche no puede tener buen día. Habrá, lo saben ustedes, y hay grandes borrachos que son grandes escritores, pero no son grandes escritores porque son borrachos, sino además. Tengo amigos y enemigos que escriben borrachos porque creen que el dios Dionisos se posa sobre ellos en cuanto se empujan un par de tragos del alcohol que tengan a mano. En fin, cada uno se engaña como puede para llegar al destino de ser escritor. Yo, lejos ya de la bohemia enloquecida de mi juventud, descanso del alcohol y de la noche con las Perseidas, esas voladoras que hacen creer al borracho de la noche que mueve con sus ojos las estrellas más allá del infinito. De ilusión también se vive, dice el viejo refrán. Y tanto. Aunque conozco otros muchos escritores, y sin embargo amigos, que se han quedado en la cuneta: el supuesto medio, el alcohol, se convirtió al fin en fin en sí mismo. Dejaron de escribir, pero no dejaron de ser bebedores de litros de alcoholes que los hicieron fracasar. Así es la vida hoy y siempre. Una buena copa un día o dos no es malo para escribir. Lo malo es reventarse de alcohol y creer, mal fin, que esa es la manera de estar en el mundo como escritor.

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