Una suave melancolía

En estos días finales del año -un año malo para miles y miles de personas en el mundo entero-, he leído una noticia sobre Luigi Pirandello en uno de los primeros periódicos de España. Tuve, y mantengo, por Pirandello una admiración literaria que estoy seguro que no decaerá nunca. Al leer la noticia de la reposición de una de sus obras de teatro, me ha entrado, tal vez también por las fechas, una suave melancolía invernal. Suave y fina, nada triste, una suerte de soleen, de sensación repentina de paso del tiempo. Porque en todos los viajes que hice hasta ahora a la isla de Sicilia, siempre encontré alguna excusa para viajar al sur, hacer el peregrinaje al Valle de los dioses en Agrigento y seguir, como el que se desliza hacia una parte de su destino, hasta Porto Empedocle. La primera vez que hice ese viaje lo realicé desde Catania en un Mercedes color mostaza. Llegué a Porto Empedocle pasadas bastantes horas del mediodía y me senté, no sin dificultad (el local estaba lleno) a comer en un restaurante de la playa, mirando a África, con permiso de Lampedusa, la isla a la que llegan hoy y siempre los inmigrantes clandestinos del continente tan cercano. Tuve dificultades para encontrar la mesa, pero le dije al dueño que era vicepresidente del Real Madrid C.F. y eso bastó para abrirme las puertas de aquel cielo gastronómico e inolvidable. Como sentí añoranza de aquella aventura sin riesgo, la segunda vez que estuve a ver la memoria de Pirandello en Porto Empedocle volví al restaurante donde me hice pasar por alto directivo del Real Madrid y esta vez dije que venía acompañado por el cocinero del Papa Juan Pablo II, el señor Ferri, que es un personaje de una de mis novelas. Tuve el mismo tratamiento de excelencia que la primera vez y ya, cuantas veces he vuelto, me he hecho pasar por mí medida en que ya me conocen allí y en los alrededores. La fijación por Porto Empedocle, y aquí viene la fina melancolía, es por Pirandello. Los guías de turismo recomiendan una visita a su casa natal, en el mismo Porto Empedocle, en un promontorio fantástico sobre el mar desde donde suele verse, en días claros, la silueta cercana de África. La verdad es que la gran casa-museo de Pirandello está en Roma, pero esta casita siciliana del Nobel de Literatura tiene un carácter sureño que hace que la querencia nazca y se convierta para siempre en recuerdo. A unos metros de la casa, dicen que está la tumba de Pirandello. Allí ha estado ya cuatro veces y siempre que voy a Sicilia, ya lo he dicho, recalo en Porto Empedocle para hablar unas palabras con el viento y dejarle un mensaje al escritor que revolucionó el teatro mundial hacia mediados del siglo XX. Ahora me ha entrado esta misma mañana una suave caricia de melancolía, al recordar mis viajes a Sicilia y al cerrar los ojos y sentir el aire tibio del sur acariciándome el rostro mientras veo el mar de Odiseo desde la tumba que recuerda a Pirandello. Y todo porque es fin de año y porque funciona, a la perfección, ese músculo tan fantástico que llamamos memoria, gracias al cual somos como somos y sabemos quienes somos.

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