La muerte de un dictador

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a muerto Kim Jong-il, dictador comunista de Corea del Norte. La incertidumbre presidirá su sepelio y la actualidad de los días sucesivos. La muerte de un dictador, comunista o no, trae siempre consecuencias, modificaciones, alteraciones de la la realidad, embustes oficiales y reajustes exteriores e interiores. Es decir, el desasiego. ¿Cuántos dictadores de verdad quedan en el mundo? Tal vez más de los que se pensamos. Quizá el doble de los que ahora mismo estamos pensando. A lo peor, la gente del poder absoluto cree que ser dictador es el único camino que hay en el futuro, en un mundo injusto en el que se supone que el dictador traerá la paz, el bienestar y la justicia. El siglo XX, que ahorfa boqque con la muerte poco a poco a los viejos dictadores, fue fecundo en monstruos totalitarios, a un lado y a otro del espectro político. Hubo un tiempo en el que creíamos, como si fuera un dogma, que los dictadores comunistas eranb distintos a los de derecha, porque los primeros no tenían fin, además de tardar mucho en morirse, mientras que los de signo contrario, los fascistas, imponían un régimen que con frecuencia moría con ellos. Todo empezó a cambiar cuando el llamado muro del socialimo real, con la Unión Soviética a la cabeza, se cayó como un castillo de naipes. Fidel Castro, el único superviviente de aquellos tiempos, lo llamó caribeñamente “el desmerengamiento”. Estuvo bien: el mundo comunista de la Unión Soviético parecía fuerte y pétreo, plomizo y capaz de invadir el mundo con su miedo nuclear. no fue así, sino todo lo contrario, y quienes creían que nunca iba a caer aquel imperio comunista vieron con asombro como el milagro se producía en menos de un año. Así fue, si así os parece.Cuba, es decir, Fidel Castro. Hay mucha gente que piensa que a la muerte de Castro noocurrirá nada porque ya hay preparado todo un universo interno que sobrevivirá a su creador, al dios-chamán-santo Fidel Castro. Estamos, digámoslo todo, en otro mundo. Corea del Norte es un bastión que China utiliza como peón de brega en su teatro exterior. Mientras ella, China, se desarrolla económicamente sin desarrollar sus derechos humanos, los coreanos del norte se mueren de hambre y miedo, de sed de justicia y libertades. El mundo corre, los viejos dictadores se van muriendo, aparecen por doquier pequeños alumnos que intentan la misma aventura, porque no hay nuevo bajo el sol y todo lo que se mueve parece querer el poder absoluto para ejercerlo absolutamente y por losa sigilos de los siglos. ¿Alguien creía que las dos Alemanias iban a terminar en una sola, en plena Guerra Fría lo creía alguien? ¿Alguien pensó que Vietnam sería uno, el que era al fin y al cabo? todavía hay quienes dudan de que las dos Coreas se congracien algún día cercano, pero la muerte de Kim Jong-il puede adelantar acontecimientos con los que no cuentan ni los estrategas del mundo, esos quejuegan con territorios, capitales y pueblos como si estuvieran jugando a los barquitos en el sofá de su casa. Velan, dicen, pornuestros intereses, sin que nosotros se lo hayamos pedido y sin que sepamos del todo cuáles son esos interese y si son nuestros. Si se gtrata de las libertades individuales, naturalmente son nuestros intereses. Si se trata de los derechos humanos, es obvio que esos son nuestros intereses. Y si se trata de la justicia también. ¿Qué más? Los intereses mueven las mentiras y las diplomacias, peroi a veces nos mienten, como toda la vida ha mentido a su pueblo sojuzgado Kim Jong-il, que ahora deja a su hijo, como los grandes caimanes, un territorio muerto de hambre y sed de justicia

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