Sobre los indignados

Asistí ayer a la presentación en la Casa de América, Madrid, del ensayo titulado “El puño invisible” (Taurus, 2011), del escritor colombiano Carlos Granés, asistente de la Cátedra Vargas Llosa, y ganador con este ensayo del Premio Isabel de Polanco. El ensayo hurga con profundidad en las vanguardias, sobre todo artísticas, pero en realidad lo que hace es radiografiar la médula del siglo XX con todas sus revoluciones a las espaldas. Hay, al final, un capítulo dedicado a loa indignados, la moda de declararse rebelde pidiendo seguridad, casa, trabajo (“curro”) y servicios sociales, todo lo contrario de lo que pedíamos los del 68 en las calles. Los del 68 en París fueron muchos, pero en Madrid nom fuimos más que un grupúsculo divertido y osado que lo único que no queríamos es todo lo que ahora tenemos y que, con toda justicia en estos tiempos, piden los indignados de la Puerta del Sol, Madrid, y otras ciudades del mundo, entre ellas Nueva York, ante Wall Street. El mundo está lleno de Gekkos, si hablamos de Wall Street y recordamos las películas de Oliver Stone, pero no hay meso Hessel, aquel ansiando indignado que, con un panfleto de menos de 80 páginas, se ha echado a las espaldas las listas de los libros más vendidos. Hessel sería el hermanlo de mi padre, mientras que los indignados de ahora serían los hermanos más jóvenes de mis hijos que, probablemente, ya no serían hijos míos sino de otro señor. Así es el tiempo, que pasa por encima de nosotros sin apenas avisarnos, como una apisonado de asfalto. Aquella escena de “La piel”, en la que el tanque de los vencedores entra en la ciudad reconquistada y se lleva por delante al tonto del pueblo dejándolo en el asfalto como si fuera un naipe, vale para hablar de cómo lamina el tiempo a las generaciones que se creen precisamente las llamadas a triunfar y doblarle el pulso al mundo. Nosotros, los del 68, los restos de aquelnaufragio que significó para nosotros un aire de libertad en medio del sofoco de la dictadura, hoy somos clases dirigentes, no sólo políticos, sino burócratas de la cultura, empresarios, banqueros, gentes que gastan el tiempo en hacerse ricos como si ese fuera el único lugar al sol que necesita el ser humano. Hessel, por su parte se pasea por el mundo como un libertador, con la sonrisa de anciano colgándole del dolor de estómago perenne y reclamando que le curen la úlcera que el tiempo ha ido abriendo en su melancolía, que es parte de la nuestra.

Vuelvo a “El puño invisible”. Algunas vanguardias europeas del medio siglo acabaron en el fascismo. Y Marinetti, creador del futurismo (una vanguardia como otra cualquiera), alteró su hoja de ruta y se pasó al enemigo. Terminó sirviendo al fascismo y siendo un escribidor de discursos del mismo Mussolini. Bueno, cada uno al final es dueño de gran parte de su destino y echar por la borda una biografía es lo más fácil del mundo si el protagonista es a la vez el biografiado y el prortagonista. Los surrealistas se vieron inmerso en una elección complicada, y se fueron en principio de cabeza al marxismo-leninismo para luego (André Breton) recular a toda velocidad y e echar a la hoguera cuanto dogma apareciera en cualquier catecismo, y cualquier catacismo también, menos el de los propios surrealistas que convirtieron su credo en un dogma y a los demás en infernales infieles. Sit transit gloria mundo, entre indignados, apocalípticos e integrados. ¿Dónde situarnos? Ya he dicho en estos papeles virtuales que relo con lentitud a Marcuse, aquel que los 60 criticó desde California a los Estados Unidos y su capitalismo unidsimensional, a la Unión Soviético y su marxismo dogmático, el mismo que se atrevió a decir, y se quedó tan campante, que la revolución se había acabado para siempre, siendo ese siempre lo mismo de siempre:hasta mañana. En “El final de la utopía”, Marcuse marca también el final de un ruido histórico que llegaba con la violencia, lo que Marx llamó la partera de la Historia (con una H mayúscula muuuy grande) y nosotros quisimos más que lo que quiso Julio Cortázar a Glenda Jackson: la revolución. Todos fuimos revolucionarios y luchamos por la libertad en la barra de cualquier bar que se nos pusiera por delante hasta eu cumplimos una edad decorosa y comenzam os a entender lo que los indignados piden ahora con toda justicia: curro, casa, coche, dinero para gastar y seguridades sociales. Más aceite da un ladrillo. Olof Palme le habló al mundo del Estado del Bienestar y nos quedamos todos pasmados con la socialdemocracia sueca: ese parecía ser un camino. Ahora, desaisajados ya de los cuatro puntos cardinales, nos miramos el bolsillo y hablamos de crisis de pobreza como si fuera una marca más del mercado. ¿Qué hacer? ¿Qué tenía en su mente hacer Olof Palme si no l,o hubieran matado a la salida de su cine en Estocolmo, la capital del a paz y la civilización? Los soviéticos de Bresniev creyeron que habían llegado de verdad al mejor comunismo del mundo porque las élites comuinoistas se habáin separado tanto de las exigencias del pueblo en general como los líderes del capitalismo se habían separado de las exigencias del llamado mundo libre. Tal por cual, la casa sin barrer y los indignados en la calle pidiendo lo que nosotros tenemos y no pedimos nunca. Esa seguridad que nuestros padres reclamaban para nosotros, ante nuestro desacuerdo, es lo que piden ahora los hermanos más pequeños de mis hijos. Y tienen razón. Una paradójica razón que no cesa de indignarse en calle y de socavarnos la conciencia buena que nos dice que somos honestos desde que nacimos hasta ahora mismo.

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Una respuesta a Sobre los indignados

  1. Hola. Me topé con tu sitio web por error mientras averiguaba otro sitio. Voy a recomendarsela a mi tecnico.

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