Pérez-Reverte: dos marcas en lugar de una

Hace un par de días asistí -privilegiado- al espectáculo de esgrima que sirvió, sobre el escenario del Teatro Español de Madrid, de presentación del último libro (de la serie Alatriste) de Arturo Pérez-Reverte (a no confundir, por favor, con el otro Reverte, el escritor secundario). Me asombra Pérez- Reverte. Creo que es de aplaudir que un novelista, en un mundo que ya prácticamente no lee libros (o los lee una minoría muy cualificada), “venda” cientos de miles de ejemplares de sus libros; que, a través del respeto que se ha ganado a pulso a lo largo de muchos años de escritura, haya conseguido que su nombre se convierta en una “marca” garantizada para editores “vendedores” (todos quieren ser vendedores: vender es vencer) y que, además, haya conseguido una marca, además de la de su nombre, en uno de sus personajes favoritos y el más conocido de todos: el Capitán Alatriste. Mis preferencias por las novelas de Pérez-Reverte no son precisamente las de la serie Alatriste, la otra “marca” del escritor, sino por aquellas en las que el novelista lucha a brazo partido con escenarios que han representado para él pura experiencia vital (escenarios casi siempre de guerra, en la vanguardia, en la trinchera, en la primera línea de la muerte) tratando de convertirlas en una ficción literaria eficaz. Eficacia. Esa palabra, ese concepto literario, está muy devaluado por aquellos escribientes o escribidores cuya pretensión es escribir para vender inmediatamente, como si una novela o un libro de relatos fuera una lata de sardinas que, nada más abrirla, muestra el alimento que calma el hambre del lector. La literatura, Pérez-Reverte lo sabe como cualquier otro escritor de verdad, es algo más complejo que un calcetín; quiero decir que vender un libro no es lo mismo que vender calcetines o chorizos con denominación de origen. Por eso es un asombro que un escritor español, como es el caso de Pérez-Reverte, consiga situar vivos en los escaparates del llamado mercado del libro, no una “marca” sino dos: la de su propio nombre y la de su personaje más conocido, por eso mismo, Alatriste.

En el escenario de la presentación de “El puente de los asesinos” (así se titula el libro último de Alatriste), se dijeron muchas cosas. No hubo mucho optimismo por parte del escritor: el futuro para un escritor que ya frisa los sesenta años es oscuro, queda poco tiempo y hay que saber qué va primero y qué después; en fin, cual es el orden natural de las cosas, como diría la madre de Antonio Lobo Antunes, frase que le sirvió al novelista portugués para titular una de sus mejores novelas.
Hablo Pérez-Reverte de los jóvenes escritores que se le acercan y a los que él aconseja esperar: tienen tiempo, vivan, experimenten, tengan vida (les dice). Y, después, con tiempo y experiencia, con conocimiento, vocación y un cierto talento literario e intelectual, puede fabricarse ese edificio soñado para el joven escritor que es siempre una novela. Yo estaba sentado junto a un joven escritor español, muy vocacional, Ignacio del Valle, que es el prototipo de escritor joven, trabajador, casi estajanovista, con ganas de convertirse pronto en el escritor que sueña que va a llegar a ser. Allí, sentados en las butacas del Teatro Español, le dije de mi asombro por Pérez-Reverte: dos marcas, le dije. Asintió con admiración.
Ya dije (o no lo dije) que el teatro estaba hasta la bandera, de lectores, catedráticos, profesores y amigos de verdad de Pérez-Reverte. Conté tres o cuatro escritores conocidos en todo el teatro, incluyéndome yo. Pensé que aquellas ausencias eran una respuesta a Pérez-Reverte, que casi nunca se deja ver en presentaciones de libros. Pero desistí: yo tampoco me dejo ver y a las presentaciones de mis libros (que no tengo marca alguna y que no sé por qué se hacen al fin) van algunos escritores más que los que fueron hace un par de días al bautismo del último Alatriste. Se me desvió la cabeza hasta el lugar de siempre, a la envidia,tan español, tan de artistas frustrados o no, tan de escritores, tan de barrio bajo o de alturas de cama que dan vértigo. ¿Envidia? Más o menos también, aunque la desidia de la gente llega más lejos que la envidia y no dejamos, en estos días cercanos a la Navidad de hacer guiños elogiosos a la pereza que nos invade con la niebla de diciembre. Los escritores notamos la ausencia de nuestros colegas en cuanto echan os un mirada a los espectadores presentes. Pasamos lista. Hay casos tan flagrantes entre los escritores que el día de la presentación de su libro, y en las horas previas al acontecimiento, se pasan al teléfono él y sus secretarias circunstanciales llamando a la reunión: no faltes, te dicen, él te espera. Parece una exigencia más que una petición de cercanía amistosa. ¿Qué pensaría de todo esto el Capitán Alatriste? No lo sé, ya lo dije, no lo conozco tanto, y no lo saludaría aunque pasara por mi lado en una callejuela del viejo Madrid. Sé más o menos lo que piensa Pérez-Reverte, que es más o menos lo que pienso yo: que los escritores somos ya miembros honorarios de la orquesta del Titanic; que estamos tocando música mientras nuestro propio barco se hunde; que somos, los que lo somos de verdad, tan vocacionalmente escritores que nos hundimos en alta mar agarrados al salvavidas de nuestra propia vocación antes de prescindir de esa manía bellísima que es escribir todos los días. Aunque no todos consigan dos marcas y ni tan siquiera una.

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