Una tertulia en Jimmy

Jimmy es un restaurante muy popular en Ciudad de Panamá. Siempre que llego a este ombligo del mundo, recalo en Jimmy para degustar la guaina frita y el solomillo que lleva su nombre, con un par de Balboas, bien frías. Y con tres o cuatro amigos en los que se consolida lo mejor de la vida. El mundo de los afectos está muy cerca del de la sensualidad y mezclarlos de vez en cuando produce un tercer placer que se distingue de entro todos los demás. Esta vez la comida fue con Jorge Eduardo Ritter, tremendo tipo, inteligente, extrovertido y preciso; Juan David Morgan, un novelista que crece conforme escribe, y mi adorable Olga Sinclar, la mejor artista de Latinoamérica. Ella dice una verdad que ya dijo Picasso y que Sinclar ha convertido en uno de sus lemas: el pintor pinta lo que venda y el artista vende lo que pinta. Muy cotizada, con todo merecimiento, Sinclair posee una vitalidad fuera de lo común que con su sola carcajada deja fuera de combatas a los hombres que tratan de seducirla. Por eso también, pero sobre todo por sus obras plásticas y su trayectoria, se le tiene un inmenso respeto muy bien ganado. Ritter, amigo de García Márquez, fue en Panamá ministro de gobierno y canciller, pero ahora es lo que quiso ser siempre: un escritor con un talento poco común y un ciudadano que anda por el mundo como o por su casa; Juan David Morgan, antes Jorge Thomas (ese era su pseudónimo hasta hace unos años) tiene sus mejores novelas ancladas en la historia de su país, en la independencia de Panamá y en la creación del canal, “Con ardientes fulgores de gloria” y “El caballo de oro”, son sus títulos. Algunos editores españoles sienten por la literatura de Morgan un creciente interés, lo que en estos tiempos de crisis de valores y de rumores del final del papel no es poca cosa.
Ese día en Jimmy, Juan David trajó a colación en la sobremesa al poeta Ricardo Miró, un mito nacional que es además un síntoma de la vitalidad poética panameña. Contó que el poeta era invitado a saraos, bautizos y bodas para que, al final, recitara algunos versos repantigados, creados y compuestos al socaire de la fiesta. Pero el poeta, además de un hombre excepcional, era también un ser humana. Comía y bebía en las fiestas como cualquier otro. Y un día se emborracho en una boda y se quedó dormido. La madre de la novia, que lo había invitado, lo despertó cuando ya los novios se iban del festejo y recriminó a Miró por su pereza. Miró se despertó y le preguntó a la señora de la casa cómo se llamaba el novio y cómo la novia. “Vergara y Clara se llaman”, dijo la madre de la novia. Entonces Miró, recompuesto poeta en trance, lanzó al aire su cuarteta más arriesgada: “”Esta noche a horas postreras/ a su hermosa novia Clara/ le intoruducirá Vergara/ las dos sílabas primeras”. Y no pasó de ahí. Lo echaron a paragüazos de la fiesta. Pero la anécdota quedó y es una atribución que no todo el mundo admite. Los poetas que se convierten en fetiches nacionales, así como cualquier otro tipo de personaje, se transforman con el tiempo en intocables, seres sobre cuyas vidas se habla de puntillas y sin querer herir de ninguna manera al personaje y su entorno. Pero, al fin y al cabo, son seres humanos, con sus flaquezas, grandezas, pequeñas miserias y efectivas solidaridades. Morgan lo contó con humos y admiración hacia el poeta y así lo entendimos todos los presentes que corroboramos con un aplauso y una carcajada aquella bendida (y dicen algunos que grosera) ocurrencia).

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Me voy de Panamá, uyna vez más. En esta ocasión rumbo a Miami, por unos días. Miami es una geografía de combate para muchos cubanos. Florida, que fue en su momento histórico territorio español y a hoy es norteamericano, es también un territorio cubano y, en general, latinoamericano. Comentamos en la tertulia del Jimmy que ahí, en Miami, se dan encuentro de arrasas y nacionalidades que han convertido la ciudad, sus plazas, playas y mercados en una geografía universal donde bulla la vida con una fragancia fuera de lo común. Tengo cientos de amigos en Miami, a los que espero ver dentro de muy pocas ahorras, en cuanto llegue a esa tierra que hace que no visito más de diez años. Pero allí estaré, recordando los versos de Miró, la broma de Morgan, la inteligencia de Ritter y la personalidad deslumbrante de Olga Sinclair, un diamante pulido por su vida y su voluntad, convertido en obra de arte todo cuanto toca como artista un universal. Su obra cuelga en las paredes de los mejores museos del mundo. Es una artista consagrada a la que su padre, el gran artista Alfredo Sinclair, le dijo una vez que la madurez del artista para convertir la nada en obra maestra llaga de los 50 a los 70 años de edad. Ella no ha llegado, pues, a esa edad, pero la madurez de su arte supera con creces todoas las edades. Me honro en su cómplice amistad y recuerdo, mientras vuelo hacia Miami, a los grandes amigos que dejo y tengo en Panamá, bendito país.

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Una respuesta a Una tertulia en Jimmy

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