En New York con Reinaldo

Fue a principios de los años 80. Viajé a Nueva York a encontrarme con Reinaldo Arenas. Como director editorial de Argos Vergara quise comprarle los derechos de algunos de sus novelas que estaban libres de contrato. Nos encontramos y fuimos a comer al restaurante de Truman Capote, en la 55 con la Quinta, el Costa Vasca. Reinaldo temblaba y miraba a todos lados. Hablaba en muy baja voz, como si supiera con seguridad que agentes del G2 cubano estaban vigilándonos. Le dije que abandonara por un momento su paranoia, que estábamos en Nueva York y no en Guanabo ni en La Habana. Pero él no cejaba. Puso una mano fría y sudorosa sobre una de las mías y me dijo: “No te olvides J.J., en cada cubano que conozcas hay un agente de Fidel Castro, y en Reinaldo Arenas también”. Me sonreí. Comimos y bebimos en complicidad. Como si fuéramos amigos de toda la vida. Le hablé de los derechos viejos de sus obras y de la nueva, “Otra vez el mar”, que contraté junto a otras cuatro novelas suyas. “Otra vez el mar” salió en primera edición en la Bibliotheca del Fénice que dirigía Carlos Barral, pero he de confesar que era una edición de escritura rápida, la novela textualmente estaba terminada y, además cuando le enviamos las pruebas de imprenta a Manhattan para que las corrigiera, no lo hizo y las reenvió de nuevo. La novela se publicó llena de erratas, cosa que solventó una edición de Tusquets unos años más tarde.
Reinaldo y yo hablamos de literatura, había leído mucho, y de la persecución a los homosexuales en toda la isla y el archipiélago de Cuba. Años más tarde, en sus memorias tituladas “Antes que anochezca”, Arenas confiesa haberte tirado a más de cinco mil hombres durante su vida en Cuba, una cifra que para estar suspendida en la nada la homosexualidad en la isla a mí me pareció y me sigue pareciendo una exageración literaria de un escritor descomunal. Hablamos mucho de Virgilio Piñera y me hizo jurar que lo leería y le publicaría algunos de sus libros de cuentos, cosa que nunca pude hacer porque los derechos eran un terrible galimatías. Le recordé a Reinaldo, siempre tembloroso y lleno de sudor de miedo paranoico, que Virgilio fue el único escritor que se levantó a hablarle a Fidel Castro cuando el Comandante cubano acabó con el turismo intelectual “revolucionario” en el discurso famoso que terminó con una frase tan eterna como absurda: “Dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada”. Entonces, al final del discurso, Castro miró a los presentes que guardaban absoluto silencio y sumisión. Les conminó a que hablaran, pero todo el mundo siguió en un mutismo total. Entonces, inesperadamente, se levantó el que menos esperaba la gente: Virgilio Piñera. “Comandante, con su permiso, yo quiero decirle que tengo muchísimo miedo”, dijo el escritor. “¡Había que tener los cojones como el caballo de Espartero para levantarse y hablarle a sí a Saturno!”, le dije a Reinaldo en Nueva York.
Después, lo recuerdo muy bien, publiqué sus novelas en Argos Vargara, y lo traje a España desde su casa de Nueva York para la promoción de sus libros. Le di algunos consejos: que no hablara mucho de la persecución de los homosexuales con los periodistas, porque todos eran castristoides y no iban a hacerle ni caso. Que hablaba de su literatura, de su aventura de escritor en una dictadura “comunista”, de sus maneras de escribir. En fin, que hablara de él como escritor y de literatura. No me hizo ningún caso y habló todo el tiempo de lo que yo le aconsejé que no hablara. En los periódicos, al día siguiente de la rueda de prensa, no salió absolutamente nada. “Te lo dije”, le dije. “Tenía que hacerlo”, me dijo.
Lo vi después en Manhattan un par de veces. Y en Miami, en reuniones y fiestas de cubanos que tampoco lo comprendían mucho y entre los que él no se encontraba a gusto. Reinaldo Arenas: tremendo tipo, gran escritor, enorme provocador, ser humano libre, loco por la libertad. “En el color del verano”, también publicada por Tusquets, hay una larga perorata textual en la que el escritor sobrado de recursos literarios y vitales se ríe a carcajadas de Fifo (Fidel Castro), y hace reír como en pocas ocasiones en sus espléndidas novelas al lector cómplice que entra en sus páginas. Guardo un recuerdo enorme de Reinaldo Arenas, de sus locuras, de su vida de homosexual conspicuo cuyo territorio no tenía fin. Leo de vez en cuando algunas páginas de “Celestino antes del alba” o de “El mundo alucinante”. ¡Qué brillantez de escritura, qué lucidez! Hace tiempo que Reinaldo Arenas sobrevuela la necesidad de un homenaje serio, que lo ponga en el alto lugar de la literatura que merece. Me refiero a la literatura universal, no a la cubana ni a la de nuestra propia lengua.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *